La semana pasada, con la participación de algunas organizaciones sociales, tres partidos políticos que podríamos clasificar de izquierda, así como conocidos intelectuales, asistieron a una reunión donde se dio a conocer lo que han llamado Pacto Democrático por Guatemala.
El Pacto anunciado es meritorio. Además de describir las condiciones económicas, sociales y políticas prevalecientes en el país, anuncia que “Frente a esta realidad, asumimos el compromiso de construir una amplia convergencia democrática capaz de defender las instituciones, promover las transformaciones necesarias y abrir una nueva etapa para Guatemala”.
Esta declaración permite considerar que quienes la suscribieron, o al menos estuvieron presentes en la actividad donde se dio a conocer, expresan una visión estratégica, de largo plazo sobre la necesidad de alcanzar transformaciones estructurales en Guatemala.
Sin embargo, en un párrafo del Pacto claramente manifiestan su objetivo coyuntural, al decir que “Asimismo, nos comprometemos a explorar las condiciones necesarias para impulsar acuerdos políticos, programáticos e idealmente electorales que permitan construir una alternativa amplia de cara a los desafíos nacionales y al proceso electoral de 2027”.
Es cierto que una visión de largo plazo y un propósito coyuntural no son contradictorios, pero parece obvio que la motivación que inspiró este Frente y particularmente este Pacto, tiene el horizonte del próximo proceso electoral como lo fundamental.
Este paso dirigido a promover la unidad de los actores progresistas en Guatemala es relevante y la coyuntura electoral, prematuramente instalada en el país, es un espacio que podría ser pertinente para ello.
Pero las expectativas sobre la incidencia que pueda tener esta iniciativa deben ser moderadas. En términos electorales, la apelación a un voto cuantitativamente significativo es limitada. Pareciera que allí están quienes, reiteradamente, en coyunturas electorales, inician procesos de convergencias que usualmente finalizan cuando llega el momento de definir las candidaturas.
Me parece que para avanzar en la necesaria unidad de las fuerzas progresistas, es decir, de las izquierdas, hay que precisar la diferencia entre las sociales y las políticas, ya que su naturaleza, objetivos y composición son distintas. Las primeras están constituidas por organizaciones y movimientos sociales y también por individuos; sus luchas usualmente responden a reivindicaciones particulares. Las segundas, los partidos, persiguen alcanzar el poder político del Estado como un medio para impulsar las transformaciones de diverso tipo que requieren los intereses populares. Sin embargo, en determinadas condiciones, pueden coyunturalmente coincidir en propósitos estratégicos, de interés nacional. Estos momentos, como ya se dijo, pueden ser los procesos electorales.
Y este es el caso del Frente Democrático. Aunque con dos limitaciones sustanciales. La primera es que las izquierdas sociales que allí se manifiestan son débiles. Esta realidad es correspondiente con la debilidad que ahora sufren actores que en el pasado eran muy significativos. El movimiento estudiantil es casi inexistente. El movimiento sindical ha sufrido un gran desgaste y no tiene simpatía popular. El movimiento campesino se encuentra sustancialmente dividido.
La segunda limitación esencial es que la conducta de los partidos políticos de izquierda en las coyunturas electorales se repite una y otra vez. Se comportan como los polos iguales de los imanes.
No se atraen, se repelen al momento de definir las candidaturas.
Esas limitaciones no niegan el valor del Frente, pero sí establece límites a lo que puede aspirar.
En Guatemala, en estos momentos históricos, la posibilidad de que prevalezca una derecha extrema, está a la vuelta de la esquina. El conservadurismo guatemalteco y el fundamentalismo norteamericano apoyarán la opción electoral que exprese esa visión cuasi fascista.
Ante ese escenario, las fuerzas sociales y políticas que se opongan a tal posibilidad deben converger con una gran amplitud. En esa dirección, el Frente aporta y de manera importante, pero no es el espacio donde se puede edificar la amplia y potente alianza que se requiere.
En las actuales condiciones nacionales, el eje a construir para enfrentar la opción conservadora/fundamentalista es la alianza entre los pueblos indígenas, representados por sus autoridades ancestrales, y una deseable coalición de partidos políticos progresistas. Sin embargo, ¿estarían los liderazgos de los pueblos indígenas decididos a dar ese salto político?; y ¿estarían los partidos políticos progresistas dispuestos a no priorizar los intereses electorales de sus dirigentes?







