Adrian Zapata

zapata.guatemala@gmail.com

Profesor Titular de la USAC, retirado, Abogado y Notario, Maestro en Polìticas Pùblicas y Doctor en Ciencias Sociales. Consultor internacional en temas de tierras y desarrollo rural. Ha publicado libros y artículos relacionados con el desarrollo rural y con el proceso de paz. Fue militante revolucionario y miembro de organizaciones de sociedad civil que promueven la concertación nacional. Es actualmente columnista de el diario La Hora.

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Las elecciones son un chiste. Tenemos treinta “partidos políticos” legalmente inscritos. De ellos 21 han proclamado candidatos presidenciales, de los cuales 11 ya han recibido las credenciales que formalizan las inscripciones respectivas.

Dos inscripciones han sido rechazadas. Una de ellas corresponde a un partido de izquierda que ocupó el cuarto lugar en la contienda electoral anterior, en el 2019, el MLP. Ese no es el único partido de izquierda o, por lo menos, progresistas. Hay otros cuatro, URNG, WINAQ, SEMILLA y VOS. No fue posible construir una opción electoral conjunta por parte del “progresismo”. El punto de quiebre en ese intento se da cuando se tienen que definir las candidaturas a los cargos de elección. Los intereses particulares hacen secundarias las coincidencias ideológicas, políticas y programáticas que sin duda tienen. En dichos partidos hay candidatos y cuadros con mucha capacidad y experiencia, pero decidieron pelear entre ellos los porcentajes con los cuales serán derrotados.

El actual establishment no le teme a ninguno de estos cuatro partidos. Por el momento solo sirven para pintar de democrático el proceso electoral en marcha. Le temen al MLP por su beligerancia y potencialidad de capitalizar la combinación de desesperación que viven las mayorías pobres y excluidas con la indignación ciudadana generalizada ante la grosera y descarada corrupción impune que ha caracterizado la actual administración. La alta votación que obtuvo Thelma Cabrera en las elecciones del 2019 no fue una adhesión a su proyecto de transformación revolucionaria del país, pero sí una manifestación de rechazo e indignación a la podredumbre existente. Por eso la institucionalidad cooptada no quiere arriesgarse y prefiere eliminar de la papeleta dicha opción política.

Con el MLP fuera de la contienda, las derechas se sienten en la comodidad de no tener que agruparse y prefieren dividirse porque le apuestan principalmente a su presencia en el Congreso y en las Municipalidades, para continuar con la cooptación de la institucionalidad estatal que ahora tienen, protegerse con la inmunidad que la ley otorga a quienes resulten electos y garantizar que poseerán capacidad de negociación con quien finalmente triunfe en las elecciones para poder participar en la distribución del botín que significa para ellos los negocios con el Estado.

En síntesis, tanto derechas como izquierdas están dispersas por las razones expresadas anteriormente. Es difícil imaginar que cinco partidos de izquierda puedan tener visiones programáticas diferentes sobre lo que debe hacerse desde la conquista del poder político. De igual manera, es impensable que haya veinticinco partidos de derecha que puedan tener similar discrepancia programática. Esta afirmación no niega las diferencias puntuales que hay al interior de ambas corrientes ideológicas, pero en ninguno de los dos casos hasta el punto de hacer imposible las alianzas entre ellos para conquistar el poder.

Y a ese abanico de “partidos” se le llama “pluralismo político”. La boleta electoral sobre la cual tendremos que marcar nuestra “opción” será un cartón de lotería de una rifa donde los que triunfen se ganarán los premios que se rifan, correspondientes con los intereses particulares de quienes “compiten”, a los cuales he hecho referencia en esta columna.

Por eso afirmamos que estamos presenciando un pluralismo pervertido que en lugar de fortalecer la democracia la deslegitima.

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