Adrian Zapata

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Profesor Titular de la USAC, retirado, Abogado y Notario, Maestro en Polìticas Pùblicas y Doctor en Ciencias Sociales. Consultor internacional en temas de tierras y desarrollo rural. Ha publicado libros y artículos relacionados con el desarrollo rural y con el proceso de paz. Fue militante revolucionario y miembro de organizaciones de sociedad civil que promueven la concertación nacional. Es actualmente columnista de el diario La Hora.

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Por: Adrián Zapata

Hace más de cuarenta años viví un tiempo en Cuba, que nos acogió a mi familia y a mí, cuando en Guatemala reinaba la represión militar, apadrinada por los Estados Unidos y la oligarquía criolla.

Era, de alguna manera, la “época de oro” de la revolución cubana. Como militantes revolucionarios vivir en Cuba cimentó nuestras convicciones, aunque sin duda había mucho de idealismo en ello.

Recuerdo no tener que preocuparme por la educación de mis hijos. En las escuelas ellos contaban con uniformes, libros, útiles escolares, merienda, almuerzo, etc. Si destacaban podrían acceder a escuelas especializadas en deportes (PreEides). Ellos, igual que todos los niños, tenían las mismas oportunidades. Recuerdo con nostalgia y orgullo cuando iba a los actos escolares y mis hijos al unísono con sus compañeritos decían «Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”.

En relación a la salud, tampoco viví angustia alguna. Había médicos familiares y para casos un poco más complicados estaba el “policlínico”, siempre cercano. Cualquier situación grave se resolvía en un hospital especializado.

Vivíamos en un edificio habitado por obreros, donde se pagaba un porcentaje mínimo del ingreso recibido para tener el usufructo correspondiente. Por el gas, pagábamos dos pesos mensuales (mi ingreso era de 325). Los vecinos mayores nos contaban cómo eran de precarias sus vidas antes de la revolución, cuando la isla era el prostíbulo de los gringos (así decían) y el cambio radical que habían tenido, al punto que ahora sus hijos eran universitarios.

El acceso a bienes de consumo siempre era limitado, ya que la población contaba con capacidad de compra, pero la producción era insuficiente porque se debía satisfacer una demanda tan amplia. En todo caso, había una “libreta de consumo” que permitía comprar en la bodega (la tienda) lo mínimo necesario. Por eso, cuando había una cola para adquirir algo, primero nos formábamos y luego preguntábamos para qué era. Siempre faltaba lo que estuviera disponible.

Cuando hubo elecciones para los cargos del Poder Popular local (base de la estructura de esa particular democracia), no había partidos que postularan candidatos. Eran los mismos vecinos quienes promovían una candidatura u otra y, al final, con altísima participación, se elegía. Los electos tenían que llegar cada tres meses al parque del municipio, a rendir cuentas de su trabajo.

También recuerdo las multitudinarias concentraciones del pueblo en la Plaza de la Revolución oyendo, sin parpadear, los cautivadores e interminables discursos de Fidel.

Entiendo que todo eso pasó. La caída del campo socialista aisló la economía cubana. El golpe fue terrible, no sólo por el aislamiento mismo, sino por los justos términos de intercambio que prevalecían en esas relaciones socialistas. Y no había a que mercado vincularse, porque el brutal bloqueo imperialista no dejaba resquicio.

Con Obama, hubo cierto respiro. Con Trump se terminó. Con la pandemia la situación se ha hecho dramática.

Es comprensible la desesperación de importantes sectores de la población cubana. Es condenable la hipocresía de quienes condenan a Cuba, pero continúan ejecutando o apoyando ese criminal bloqueo.

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