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«Yo nunca he sido niño. No he tenido infancia» pronunciada por un adulto del siglo pasado, la frase evocaba el trabajo prematuro, las manos encallecidas, el pan ganado antes de tiempo. Hoy podría decirla también un joven que no conoció el hambre ni la intemperie, sino otra forma, más silenciosa, de la orfandad.

¿Podrá el infante actual quien crece rodeado de pantallas y algoritmos, teniéndolo todo y, sin embargo, solo, expresar a mitad de este siglo lo mismo? ¿Se sentirá satisfecho, contento? Son preguntas que vale la pena sopesar despacio, a la luz de lo que sostienen los psicólogos.

Y en esa duda hay una certeza: la familia nuclear y el espacio protegido de la escuela, agonizan bajo el peso de la aceleración. El porvenir que se vislumbra para las próximas generaciones no es una mera ausencia de infancia, sino la instauración de una infancia hipermediada y, paradójicamente, solitaria.

Desde la psicología del desarrollo, la infancia ha sido concebida como un tiempo de moratoria vital: un espacio de juego, simbolización y ensayo donde el cerebro y la psique se estructuran sin la urgencia de la supervivencia productiva. Los psicólogos contemporáneos ya han lanzado la advertencia: la sobreexposición temprana a pantallas, algoritmos y flujos ininterrumpidos de información a la que se somete a niños de apenas dos años, constituye un proceso de adultización prematura. El niño actual procesa estímulos complejos antes de haber consolidado las estructuras cognitivas y emocionales para digerirlos. Lo señalado desde lo social y desde lo psicológico, apunta a un nuevo cerebro de niño.

Y un nuevo cerebro-niño, implica una nueva forma de entender la satisfacción. La psicología contemporánea apunta a una satisfacción de carácter anestésico: las plataformas digitales ofrecen gratificación instantánea, pero bajo esa superficie de aparente contento, los índices clínicos de ansiedad, depresión infantil y alexitimia —la incapacidad de identificar y expresar las propias emociones— se disparan. Los especialistas añaden, ya no como advertencia sino como realidad, que el niño del siglo XXI rara vez está solo en términos físicos, acaso tampoco sensoriales, pero vive en una soledad vincular radical. La pantalla actúa como mediador omnipresente que suplanta la alteridad, el encuentro con el otro: el conflicto con los hermanos, la negociación con los amigos en la calle, la presencia atenta del adulto y del anciano. El resultado no es la ausencia de vivencias, sino una hiperestesia sensorial acompañada de anestesia afectiva: mucha sensación, poca emoción.

Cuando la generación laboral actual mire hacia atrás y reflexione sobre sus primeros años, es probable que no concluya con un «nunca he sido niño» en el sentido de haber sido lanzada prematuramente al trabajo duro o a la miseria material de siempre. Su frase, más sutil y desoladora, podría ser: «Estuve en todas partes, tuve todo el saber del mundo en la palma de mi mano, y sin embargo nunca supe quién era, porque nadie me miró a los ojos sin una pantalla de por medio».

Acaso el adulto joven de mediados del siglo XXI descubra que, en su haber, el pasado ya no cuenta. ¿Será eso posible? ¿Será que, dueño de todos los datos y huérfano de todas las miradas, termine repitiendo la frase con que abre este artículo? Quizá la pregunta ya no sea si fuimos niños, sino si con alguien, alguna vez me hermané.

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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