No sé si sea propio del guatemalteco, generación tras generación, traer desde la cuna –con mayor facilidad y frecuencia de lo previsto– una suerte de resignación ante todo lo que parece insoportable e injusto.
Politólogos, literatos y sociólogos afirman que la razón fundamental de ello es la falta de confianza. Es algo que nos hace sentir un poco perdidos cuando queremos dar un paso hacia el futuro, ya que una voz en nuestro interior nos dice: ¡Es preferible no hacerlo! Esto fuerza a nuestra voluntad a quedarse al margen de cualquier acción que implique luchar por el mañana, empujándonos a adoptar la renuncia como símbolo; como si se tratase de una bandera que ondea únicamente ante los vientos del presente.
Vivimos entonces una cómoda forma de rechazar al mundo. Sin embargo, somos plenamente capaces de concientizar toda una serie de fantasías y falsedades deliberadas. La pasión y la manera de darles satisfacción a esos autoengaños nos resulta la vía más fácil para solucionar y olvidar; para darle carrera a nuestra existencia.
En un individuo, y en una sociedad acostumbrada a sobrevivir, el fracaso parece insoportable. Ante ello, lo mejor es ignorar e improvisar, levantando una cortina de humo que tape el presente a fin de evitar el costo de la lucha y sus resultados impredecibles.
Ante ese conducirnos, uno se pregunta: ¿qué ha pasado con el pasado? ¿Por qué este se nos vacía? ¿Será por eso que vivimos entre la melancolía y la agresividad hasta terminar en una ancianidad cuajada de grises por tantos dolores? ¿Somos, entonces, vidas a las que nos parece imposible construir futuros, concluyendo que es mejor un hoy lleno de sufrimientos y limitantes? ¿Cómo explican nuestros psicólogos esto? Los viejos de las áreas rurales siempre dicen: «El silencio es la mejor medicina para desacuerdos propios y ajenos«. ¿Acaso eso no es un rechazo a actuar y una cuestión generacional?
Yo creo que el desprecio del pueblo hacia el gobierno y la justicia, el percibirlos como entidades indignas y oscuras, lleva a muchos ciudadanos a moldear una realidad deformada: un monstruo imposible de destruir. El Estado se vuelve algo totalmente ajeno al individuo, e incluso a la Constitución de la República. Así, se termina viviendo una cotidianidad ajena a las instituciones, tratando constantemente de escapar de sus garras y mandatos.
Sociólogos guatemaltecos como Edelberto Torres-Rivas, han analizado profundamente cómo las estructuras de poder autoritarias e históricas en el país moldearon una “ciudadanía de baja intensidad” o fragmentada. Este retraimiento conductual no es una falla biológica del guatemalteco, sino el resultado sociológico de décadas de violencia política y exclusión, donde participar o luchar por el futuro históricamente se pagó con la vida. La desconfianza, entonces, opera como un mecanismo de defensa sociopolítico y una estrategia de sobrevivencia heredada.
Esta percepción de las instituciones gubernamentales es compartida por politólogos contemporáneos –como Phillip Chicola y Marielos Chang y ASIES– quienes suelen referirse a este fenómeno como el colapso de la representatividad debido a la “captura del Estado” por redes político-económicas ilícitas. Cuando el ciudadano común constata que las instituciones operan para el beneficio de unos pocos y no bajo el mandato de la Constitución, ocurre una “desafección política democrática”. El ciudadano deja de sentirse parte del Estado; lo ve como un opresor o un recaudador ajeno. Escapar de sus garras (a través de la informalidad o la migración) se convierte en la única respuesta racional ante un sistema sordo.
Es en este entramado donde cobra una dolorosa vigencia la frase de los ancianos rurales: “El silencio es la mejor medicina”, la psicología social centroamericana (muy influenciada por Ignacio Martín-Baró y por los psicólogos comunitarios guatemaltecos que trabajaron en los informes de recuperación de la memoria histórica como el REMHI) ofrece dos conceptos clave. El primero es la Indefensión Aprendida: un principio psicológico donde el individuo, tras sufrir constantes estímulos adversos de los que no puede escapar (pobreza, corrupción, impunidad, explotación), aprende que haga lo que haga, nada va a cambiar. La voluntad se paraliza y de ahí surge el reflejo de: ¡Es preferible no hacer ni meterse en nada!
El otro elemento psicológico clave es el silencio como estrategia de sobrevivencia. En el contexto del conflicto armado y la represión, el silencio colectivizado no era pasividad ignorante; era una técnica de control de daños. “Ver, oír y callar” fue la consigna para salvar la vida. Los psicólogos explican que ese silencio se enquistó en el tejido familiar y transgeneracional, convirtiéndose hoy en esa melancolía y agresividad reprimida que terminaron heredando las generaciones que siguieron al conflicto.







