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La crisis de legitimidad en Guatemala, gestada por generaciones, ha creado una serie de creencias entre el pueblo, los políticos y los profesionales que contienen grandes verdades. En todas estas frases subyace una crítica, no a la ley en sí, sino a la perversión del proceso de su aplicación y a la complicidad manifiesta en la participación y el silencio.

Pasemos a ver las expresiones populares al respecto:

La ley es para el de caites, no para el de corbata: Una creencia popular muy arraigada que dicta que la justicia es selectiva y solo castiga a quienes carecen de recursos o conexiones políticas.

A falta de justicia, el garrote: como advertía Miguel Ángel Asturias: Aquí la ley es el puñal, y la justicia es el grito de los que no tienen voz: Ante la lentitud y la desconfianza, el pueblo suele creer que la justicia comunitaria o el linchamiento son más efectivos que un proceso judicial que duraría décadas.

En resumidas cuentas, la ley se acata, pero no se cumple, lo que termina inclinando la balanza de la justicia hacia otro dicho: Para el amigo, todo; para el enemigo, la ley.

Veamos ahora las expresiones propias de los profesionales del derecho:

No soy justiciero, soy abogado: El abogado que pronuncia esta frase advierte que su trabajo no es hacer lo que es correcto o justo en un sentido ético o social, sino utilizar la arquitectura de la ley (plazos, recursos, tachas) para favorecer a su cliente. Es la aceptación de la ley como una herramienta de combate y no como un instrumento de equidad.

Litigar es más política que derecho: Entre abogados existe la noción de que no gana quien mejor conoce la ley, sino quien mejor sabe moverse en los pasillos de las cortes o cuenta con el apoyo de cámaras empresariales o grupos de poder.

La ley se usa para el trámite; la influencia, para la sentencia: Esta frase refuerza la idea de la comercialización. Se cree que los pasos legales son solo una puesta en escena necesaria, mientras que la decisión final ya fue comprada o negociada fuera del juzgado.

El derecho es el arte de la dilación: Existe la creencia en muchos litigantes de que un buen abogado no es aquel que demuestra la inocencia, sino el que sabe usar el sistema para que el castigo nunca llegue, logrando la impunidad por agotamiento.

Estas frases ilustran también el divorcio entre la academia (el derecho) y la realidad social (la justicia) en Guatemala.

Pero la excepción es necesaria. Contrario a lo negativo, nos encontramos con una frase capaz de dignificar la situación:

No queremos indulgencia, queremos justicia. La indulgencia solo cabe al culpable: La justicia es una obligación del Estado: dar a cada quien lo que le corresponde según la ley y los hechos probados. En cambio, la indulgencia (el perdón, la rebaja de pena o la vista gorda) es un acto de gracia o, en nuestro contexto, un acto de arbitrariedad. Esta frase es el grito de quien se siente atrapado en una estructura que comercializa la justicia; es el rechazo frontal a la justicia negociada.

El ámbito político también nos ofrece frases aleccionadoras sobre nuestro sistema judicial:

Nadie es superior a la ley: Una frase de cajón, usada por el político no como convicción, sino como un escudo de impunidad. Es una frase para la galería, para dar satisfacción a la opinión pública, mientras por debajo se busca cómo comercializar la institución o presionar al juez.

Soy respetuoso de la independencia de poderes: Esta expresión adquiere presencia cuando se evita opinar sobre casos de corrupción evidentes que involucran a aliados. Invocar la independencia es, en realidad, una forma de silencio interesado.

Es una persecución política o judicialización de la política: Aplicable cuando el escándalo es mayúsculo y alcanza al político. Aquí se intenta despojar al proceso de cualquier ciencia o verdad para convertirlo en un ring de boxeo. Si el político convence a la población de que es una persecución, el veredicto judicial deja de importar ante el veredicto de su grupo de interés.

Hay que fortalecer la institucionalidad: Un decir constante cuyo contexto real es: no toquen la estructura. Fortalecer, en el lenguaje político guatemalteco, ha sido sinónimo de asignar más presupuesto a dependencias cooptadas, sin cambiar las reglas de selección ni la organización de las personas. Curiosamente, se utiliza más cuando la ley es más ambigua.

Los decires de los políticos son, en realidad, formas de silencio ruidoso: hablan de la Constitución y del Estado de Derecho para evitar actuar en la reforma de la estructura. Hablan de justicia para ocultar la indulgencia de lo que ya negociaron ilícitamente en privado. La alta política puede acomodar y alimentarse de muchísimos errores judiciales; liberar y compensar es cosa de políticos, no de justicia.

Lo mostrado, podemos resumirlo en una reflexión: No son los hombres los malos, tampoco las leyes; los incumplimientos en su aplicación y resolución es lo que hace malos a los hombres. Esta frase dicha por Francisco Gavidia antes de mediados del siglo XX, es quizás el eje más potente de la crisis de legitimidad en Guatemala. Desplaza la culpa del individuo (la moral personal) y del papel (la ley escrita) hacia el proceso y la vivencia, dentro de un contexto donde solemos linchar figuras públicas, pero dejamos intactas las estructuras. La reflexión resulta revolucionaria, aunque todavía dista mucho de cumplirse.

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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