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Guatemala no empezó a expulsar personas de su lugar de origen ayer; es el resultado de un proceso de acumulación de tierras y exclusión por siglos. Desde la época colonial y la Reforma Liberal de 1871 se consolidó un modelo de latifundio y minifundio, que dejó a gran parte de la población sin el medio básico de subsistencia. Esto obligó, inicialmente, a una migración local y temporal, producto de un desequilibrio socioeconómico esclavizante, que perdura por generaciones.

La gran ruptura ocurrió tras el Conflicto Armado Interno (1960-1996). La política de “tierra arrasada” no solo causó miles de muertes, sino que obligó a comunidades enteras a huir hacia México y Estados Unidos. Fue el origen del éxodo masivo actual y el inicio del desarraigo. Muchas familias que hoy migran, son hijos o nietos de aquellos desplazados internos en quienes la migración se volvió una estrategia de supervivencia generacional, provocando tanto la ruptura con su entorno, como la creación de una nueva cultura transnacional.

A este factor histórico se suma el político, caracterizado por un Estado débil, que entrega el control al crimen organizado y poderes fácticos, empujando a la gente a buscar protección en otros horizontes. Por consiguiente, la organización y el funcionamiento del Estado guatemalteco, permite calificarlo como un Estado Expulsor.  Más que una falla del sistema, la migración funciona para el Estado como una válvula de escape. Políticamente, es más fácil exportar el descontento social que resolverlo. Si los jóvenes —quienes suelen ser los más aptos y capaces— se marchan, desaparece la presión por el empleo y las protestas, mientras el país recibe el flujo de divisas, generándose un “vacío de ciudadanía” que se traduce en un sentir popular de que el país no ofrece nada y obligándole a buscar otros lares.

Es evidente que vivimos en una sociedad que ha normalizado el éxodo. La migración pasó de ser una tragedia, a un rito de iniciación y vía de ascenso social. Guatemala sobrevive hoy gracias a las remesas, que representan cerca del 20% del PIB. Esto crea una paradoja cruel: el éxito ya no se mide por la capacidad de prosperar en casa, sino por la capacidad de irse

De tal suerte que la fábrica migratoria separa familias dejando a los niños al cuidado de abuelos, generando un ciclo donde esos mismos hijos, al crecer, buscan reunirse con sus padres en el norte, alimentando la banda sin fin de la producción migratoria. El sistema extrae la mano de obra joven y sana —la verdadera riqueza del país— y la envía al exterior, importando a cambio divisas para mantener a flote una economía que no genera oportunidades reales y estables a los que se quedan.

Si al largo plazo, las consecuencias del funcionamiento de la fábrica migratoria son alarmantes. Al exportar nuestra población de entre 18 y 35 años, el país pierde su activo más valioso, condenando su débil fuerza productiva a un envejecimiento prematuro y a la pérdida de saberes y herencia cultural. Depender de las remesas paraliza la gestión pública, pues dado que el dinero remesal cubre necesidades básicas (salud, educación, infraestructura), el Estado siente menos presión para invertir en desarrollo creando de esa manera un círculo vicioso: a menos inversión, más migración; a más remesas, menos exigencia ciudadana y a menos participación ciudadana, menos eficiencia estatal.

Finalmente podemos decir que estamos consolidando una cultura de la ausencia. Estamos criando generaciones de huérfanos de padres vivos, lo que se traduce en crisis de salud mental, falta de referentes de autoridad y mayor propensión a la violencia. A esto se suma la trampa del consumo sin producción: una economía de burbuja, donde las remesas alimentan el comercio y la telefonía, pero no procesos productivos. 

Mientras otros países compiten por atraer talento, la fábrica migrante guatemalteca regala su capital más fértil, condenando al país a ser un territorio de paso y de espera, en lugar de un proyecto de nación. Exportar el futuro para sostener el presente, es la receta más segura para quedarnos sin país. Tristemente el ser guatemalteco empieza a definirse por la capacidad de dejar de estar en Guatemala, algo visible en la arquitectura de casas a nivel nacional o en la formación de buenos y famosos deportistas, artistas, profesionales guatemaltecos con origen, creados, formados made in USA. Ciudadanos de por allá, don nadies de por acá.   

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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