Nicté Serra
Escritora

Nacer en el rancho tiene sus gracias y claro, las desgracias no faltan. Depende de cómo lo vea. Fíjese, la tradición en estos campos es que la parturienta no se mueva de casa y que sea la partera quien viene a la hora del alivio para recibir al crío. En los años de antes, toditas las viejas parían en su cama. Doñas y mozas. La demanda por las comadronas era casi tan alta como la de las señoritas de la alegría que andaban por las calles del pueblo.

En estos tiempos, las patronas se van a componer a casas de salud. A veces hasta les acuchillan la tripa con excusas dudosas, que si el niño no les cabe por la salida, que si traen el cordón enrollado. Babosadas.  Nosotras, las de campo, seguimos pariendo en nuestros ranchos. Como lo hicieron nuestras nanas y abuelas y bisabuelas. Como lo hicieron las nanas y abuelas de nuestras tatarabuelas.

Para las hembras de mi familia es tan natural como desplumar chumpes. La comadrona se apalabra con anticipación, por aquello de que se sobrevenda. Durante las últimas semanas viene de vez en cuando a medir barriga y tantear el tamaño de la salida. También revisa que la criatura guarde orden dentro de su vieja. Que si la cabeza está en su sitio, que si le retumba el corazoncito, que si responde a los puyones. Más arrechas que el doctor del centro de salud son las comadronas para escuchar al crío todavía embarrigado. Si hasta le platican.

También son las encargadas del asunto del ombligo. Es tan importante hacerlo todo en orden que, por unos billetes extras, la comadrona regresa diez días después del parto a ver en qué anda el ombliguito y se asegura de que la cosa sea como debe ser. Dios guarde que haya mala práctica en el oficio del enterramiento, es el recién nacido quien la paga con una vida desgraciada si no se hace todo en obediencia.

La historia de mi Juana es jodida. Va creer usted que la partera, Candelaria, andaba toda aturdida y no nos decía por qué. La Juana tuvo dos criaturas de un solo, la niña y el niño. Viera cómo costó que salieran, si se vino en sangre, la Juana. La Candelaria no sabía que eran dos. Cómo no se dio cuenta, ni me pregunte, si la barriga era más grande que un cerro. Que los corazones repiqueteaban al mismo tiempo, dijo. Va. Bendito el señor porque sobrevivieron las crías y la Juana también. Por un cachito, si casi se nos muere.

Pues vuelvo al ombligo, es que es una tradición estricta ¿sabe? Empieza con el corte que hace la comadrona a la hora del parto. El cordón se debe cortar a una cuarta de la panza del recién nacido, ni más grande ni más pequeño, pues podría fastidiarle el futuro a la cría en asuntos de arrumacos. Dicen las ancianas que si al varón no le dejan el muñón de a cuarta, cuando sea hombre su aparato será pequeño y tímido a la hora de crecerse, o muy largo y perezoso para la misma tarea. En las niñas el asunto del tamaño influye en la fertilidad y en la fogosidad. Es muy necesario medir bien la cuarta del cordón.

Cuando el ombligo se ha secado y empieza a desprenderse, se manda recado al rancho de la comadrona para que llegue cuanto antes. Primero, se remoja en agua fresca. Con esa misma agüita se lavan los ojos del muchachito para protegerlo del mal de ojo. Después viene lo importante. ¡Ay de quien no obedezca la ordenanza de los ancestros!

Viera que los ombligos de los mocosos de la Juani no se caían ni a mentadas. Todos andábamos muy preocupados, hasta la patrona, Doña Felicia. Las crías habían nacido chiquititas, parecían muñecas de feria. No tenían fuerza para mamar, por eso doña Felicia le trajo pachas de vidrio a la Juana, que parecía ánima en pena por lo pálida que quedó después del parto. Cuando a los trece días, la Candelaria todavía medio sonsa del susto, vio que no se caían los ombligos, dijo que se los quitaría con tijeras remojadas en agua bendita. Y el Chente, re asustado por sus hijos dobles, le hizo caso. Los ombligos ya están secos, dijo la patrona Felicia, todos nos quedamos tranquilos. Ella sí que sabía de todo.

Así lo hizo la Candelaria. Y quemó incienso para pedir perdón por meter la mano. Los chirises ni lloraron. Todo bien, doña Felicia vino a dirigir la cortada. Pero el Chente, mula, hizo una que no sirve. Agarró los ombliguitos negros para ponerlos en agua fresca. Andaba re pendiente de lavarle los ojos a los patojitos. Estaban tan pequeños que el mal de ojo hubiera sido una desgracia.

Si es varón, el ombligo se entierra en el campo. El tata escoge tierra limpia, es decir, un terreno que no tenga sembrado. Él, o la partera, se encargan de enterrarlo a lo profundo, bien abajito. La tradición dicta que se haga el mismo día que se cae. Es para protegerle la vida y para que crezca arraigado a la tierra de sus antepasados. Para que la trabaje como su papá, el abuelo y todos los de antes. Y por aquello de que el hijo nazca ingrato y le dé por irse a ver mundo, el ombligo enterrado sirve para que vuelva a su madre tierra, o querencia, como decían las bisabuelas que ya guardan gloria. También para que siempre quede vinculado al abrazo de su mamá.

El ombligo de la hembra, para variar, se sepulta de otra forma y con otros fines. Debe enterrarse bajo el fogón de la casa donde nace. Buena sepultura en la entraña de la cocina augura que la nena será mujer de casa, diestra en oficios domésticos, dedicada y aplicada para preparar las comidas, suavecita para obedecer.

Los ombligos de los chirises, en nuestra tierra y nuestra familia, son importantes, como si fueran ellos mismos, no es chiste. Por eso hay que prestar atención en los enterramientos. Mala vida, mal de ojo o mala suerte les caen del cielo si no lo hacemos.

Vuelvo a ese día. La Candelaria no se dio cuenta de que el Chente ya estaba preparando las agüitas contra el mal de ojo. Cuando entró en la cocina y vio los dos caracolitos negros nadando en el guacal, le preguntó cuál era del Tonito y cuál de la Rosita. Mire que se puso lívido mi yerno. No tenía ni idea. Se agarró el sombrero, lo tiró al suelo. Se tapó la cara, chilló como ardilla coja. El Chente se dio cuenta de que metió la pata bien metida. No habló en días.

Por eso lo jodido. Ya ve, La Rosita es una hembra rebelde como ninguna y anda por ahí encaramada en los árboles, en la milpa, nadando en el río, montada en su yegua flaca y a nadie le hace caso. No sabe hervir frijoles, mucho menos tortear. Va cumplir diecisiete años y anda diciéndole a quien la oiga que no quiere marido, solo necesito novios, dice la descarada. Pero es un encanto mi Rosita.

El pobre Chente ni dice nada. Lo que lo mata es ver al Tonito metido en el fogón de su nana todo el día. Cocina sabroso el condenado, mejor que todas las hembras del caserío, no es broma ni exageración. Y ahora en las modernidades, dice que se va ir a la capital para salir en la tele cocinando su mole secreto y los jocotes en dulce y todo lo que se inventa. A la Juani le da ilusión. Es que, con tantito oler los peroles del Tonito, cualquiera se emociona. Al Chente le da dolor de cabeza. La Rosita, que cuida a su hermano como si fuera su hijo, y eso que él nació cinco minutos antes, dice que ella lo va llevar. Y yo, pues ni digo nada. Si mis nietos son re cariñosos conmigo. ¿Qué me queda?

Pues qué más le cuento. Ya sabe la historia de este jodido patas arriba.  Eso sí, por mi mamaíta que guarda gloria le juro, el ombligo de la Rosita es milagroso. Ese bodoquito mal enterrado, es el causante de magníficas cosechas. Porque hay que hablar con ley, la parcela del Chente, desde el entierro confundido, se puso bien buena, es la mejor de este pueblo y de los pueblos vecinos, fíjese.

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