
La llegada de una época futbolística esperada por millones de personas puede avivar aficiones y aflorar emociones intensas, agrupadas por colores y banderas numerosas. Sin embargo, en un torneo no siempre se tienen los resultados esperados, ya que surgen desacuerdos con lo que transcurre en los partidos y la mayoría quedará fuera paulatinamente, mientras se define quiénes avanzan a la siguiente etapa. Esto puede desencadenar sentimientos de ira y actitudes violentas. Por lo tanto, saber controlar estos impulsos y conocer qué hay detrás de estas actitudes puede ayudar a comprender mejor este fenómeno social y saber salir de esta burbuja para autocontrolarse en estas situaciones.
Úrsula Cabrera, psicóloga clínica, nos ayuda a profundizar en este espectro, en cómo la mente procesa estas situaciones y los factores que influyen -y que se pueden moldear- en la pérdida de autocontrol vinculada a las aficiones por el deporte.
RECONOCIENDO LA BURBUJA
Adentrándonos en el cómo se crea un ecosistema en el que las cosas se pueden salir de control y se acepta, Cabrera destaca que la mayoría de la afición futbolera la ocupan los hombres -con una cuota por encima del 60 %-, un factor que se mezcla con rasgos culturales como la aceptación de la muestra de la hombría a través de la agresividad.
Este coctel genera las condiciones para normalizar que los impulsos violentos tomen las riendas, y no solo en cuestiones de deporte -aclara-, sino en respuesta general a los retos, decepciones, frustraciones y situaciones desagradables del día a día.
Como resultado, apunta a que se ha creado una «una burbuja de aceptación a conductas y discursos de odio por ser ‘fan del deporte’”, dentro de la cual se permite que cuando la adrenalina suba al máximo se desfogue «a como el puro instinto mande, mezclado con lo que se aprende es lo normal y aceptable para la sociedad».
«Hay una cultura de aceptación de estas actitudes donde hasta se justifican las acciones disfuncionales y agresivas en lo correspondiente al fútbol», continúa. Por lo tanto, enfatiza que es importante entrar en conciencia sobre esta situación y las consecuencias de los actos violentos, empezar a moldear las emociones por medio de la psicoeducación y evacuar sanamente el enojo y la frustración. Por ejemplo, recomienda optar por técnicas para el manejo de la ira y de comunicación asertiva.
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UN DETONANTE EN EL DEPORTE
El hecho de que durante los partidos se libere la tensión en forma de enojo puede no tener vínculos únicamente con la afición y lo que está sucediendo en el campo de juego, sino que deja entrever que hay algo más detrás, explica la profesional. «Cuando hablamos del factor personal, vemos ya las formas en que el individuo ha aprendido a expresar su enojo, tristeza y frustración. Si no ha tenido las herramientas para un desahogo saludable, al sentir una pérdida actuará de la única forma que ha aprendido que es válido», afirma. Y al aceptarse en el entorno del futbol este tipo de conductas, quien recurre a ellas «no tiene que afrontar su propia realidad ni hacerse cargo de sus acciones».
En este sentido, expone que se ha encajado la cultura del fútbol a la forma de expresar masculinidad, por lo tanto, cuando los hombres no logran expresar el llanto ligado a la tristeza en la vida cotidiana suelen embotellar esas emociones, y luego las desencadenan en el futbol, en un entorno donde encuentran sentido de pertenencia y aceptación a esas conductas. «El momento de euforia que se percibe en los partidos da cabida a ese desfogue de emociones, todo un desbordamiento de lo que se tenía negado y restringido, en ese punto encuentra una salida», menciona.
Además, suma el componente de las bebidas alcohólicas u otras sustancias, lo que puede desinhibir los frenos sociales. En el caso del alcohol, afecta la actividad cerebral, en especial la corteza prefrontal, donde se encuentra el «freno» de las acciones, «ya que es el responsable del pensamiento racional», ilustra. Esta situación crece cuando «el consumo de sustancias representa una forma de alienación voluntaria para adormecerse y no sentir por un momento la pesadumbres de una realidad que nos oprime».
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QUE EL FUTBOL NO ECLIPSE LA VIDA
Cabrera hace hincapié en que «mientras más reducido es el mundo de una persona, más fácil se ahoga en un vaso de agua». Esto lo vincula a que debe haber más «formas de llenar la vida y no solamente tener esta ayuda a disminuir los niveles de desconsuelo».
Manifiesta que el futbol no debe ser el sentido de valor de un individuo, o sea, «que su identidad sea más que solo el fanatismo». Expone que esto se debe a que si no se tienen otras actividades también se puede estar más influenciado por lo que sucede en la cancha. «Si el fútbol ocupa la mayor parte de la vida de la persona, aquellas pérdidas y decepciones se viven con mayor intensidad», refiere.
Y esto se agrava por el factor de que lo que ocurre en los partidos no está en manos de la afición, y «tener una inflexibilidad ante las circunstancias fuera de nuestro control genera molestia, enojo, frustración». Por ello, indica que se debe tener más pasatiempos, una red familiar que aporte un sentimiento de seguridad, amigos y más formas sanas de socialización; aún cuando no se tienen tantos recursos, casos en los que se pueden incluir actividades al aire libre o juegos de mesa, que llenen el tiempo más allá del trabajo y el futbol.
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El futbol no equivale a la violencia, sin embargo, se debe tomar en cuenta que «cualquier extremo es dañino». Por ello, reconocer la burbuja y, si se identifican hábitos no saludables, se debe tener fuerza de voluntad para modificarlos y convivir armónicamente, explica. «Límites claros y definidos pueden ayudar a mantener una vivencia más saludable del deporte, pero estos van a venir desde dentro, ligados a creencias y valores específicos de la persona». Y aún cuando estos factores estén apegados al aprendizaje, «la conducta es moldeable, todo lo aprendido se puede desaprender», concluye.
Licda. Úrsula Cabrera, psicóloga clínica. / Número telefónico para consultas: 3149-5352.







