Carretera fracturada tras el terremoto de magnitud 7.7 en la provincia de Nusa Tenggara Oriental, Indonesia el pasado 15 de agosto.
Carretera fracturada tras el terremoto de magnitud 7.7 en la provincia de Nusa Tenggara Oriental, Indonesia el pasado 15 de agosto. Foto La Hora - EFE/EPA/MADE NAGI

En los últimos meses, se han producido varios terremotos de gran magnitud en distintas zonas del mundo. El 24 de junio, dos grandes sismos, de magnitudes 7.2 y 7.5, sacudieron Venezuela con apenas unos segundos de diferencia. A finales de julio, un terremoto de magnitud 7.1 golpeó el sur de Japón. El 10 de agosto, otro de magnitud 7.4 se registró en Colombia. Apenas cinco días después, un sismo de magnitud 7.7 sacudió la isla de Flores, en Indonesia. Poco después, la tierra volvió a temblar, esta vez en Granada (España), aunque por un terremoto de magnitud 4.8, muy inferior a la de los anteriores. El 18 de agosto, tres nuevos sismos de magnitudes 4.8, 4.2 y 4.0 han afectado nuevamente a la región andaluza.

Ante una sucesión así, es fácil pensar que algo está ocurriendo a escala planetaria. ¿Estamos atravesando una época de mayor actividad sísmica?

La respuesta corta es que no tenemos evidencias de que la Tierra atraviese una fase de mayor actividad tectónica global. El hecho de que varios terremotos grandes coincidan en pocas semanas puede resultar llamativo, pero la proximidad temporal no implica que estén físicamente relacionados.

EL MOVIMIENTO DE LAS PLACAS TECTÓNICAS Y LOS SISMOS

La superficie terrestre está fragmentada en placas tectónicas que se desplazan continuamente, normalmente a velocidades de unos pocos centímetros al año. En sus bordes se acumulan esfuerzos durante años, décadas o siglos hasta que se supera el límite de resistencia de las rocas y se produce una ruptura brusca que genera la sacudida sísmica, es decir, el terremoto.

Placas tectónicas en las que se divide la corteza terrestre, la capa más superficial del planeta. Atlas Nacional de España/IGN, CC BY
Placas tectónicas en las que se divide la corteza terrestre, la capa más superficial del planeta. Atlas Nacional de España/IGN, CC BY

Pero este proceso no está sincronizado a escala planetaria. Una falla en los Andes, otra en el Caribe y otra en el sur de la península ibérica responden a contextos tectónicos bien diferentes. No conocemos ningún mecanismo capaz de acelerar simultáneamente el movimiento de las placas tectónicas a escala planetaria y desencadenar, en cuestión de semanas, una oleada mundial de grandes terremotos.

Entonces, ¿por qué a veces parecen concentrarse temporalmente? Esto es fundamentalmente una cuestión de aza. Pensemos en el lanzamiento de una moneda. Aunque la probabilidad de obtener cara sea la misma que de obtener cruz, podemos obtener varias caras seguidas. Eso no significa que la moneda haya cambiado.

Con los terremotos ocurre algo parecido. Puede haber periodos con varios grandes eventos y otros relativamente tranquilos sin que haya cambiado la tasa de actividad sísmica global. De hecho, los análisis estadísticos del catálogo mundial de terremotos de magnitud 7 o superior muestran que las aparentes agrupaciones globales pueden explicarse por la variabilidad aleatoria, junto con las secuencias locales de réplicas.

PERO ALGUNOS TERREMOTOS SÍ ESTÁN RELACIONADOS

La situación cambia cuando reducimos la escala. Después de un gran terremoto es habitual que se produzcan numerosos sismos de menor magnitud en la misma región: son las réplicas. La ruptura principal modifica los esfuerzos de las rocas circundantes y favorece nuevas rupturas. Su frecuencia suele disminuir progresivamente con el tiempo.

Un caso distinto son los dobletes sísmicos, en los que se producen dos terremotos de magnitud comparable, con epicentros próximos y separados por un intervalo de tiempo corto. El reciente doblete de Venezuela es un ejemplo.

Cuando dos grandes terremotos ocurren muy próximos, sí puede existir una relación entre ellos. La ruptura del primero redistribuye los esfuerzos en la corteza terrestre y estos aumentan en algunas zonas. Si una falla cercana ya se encontraba próxima a su punto de ruptura, ese incremento de esfuerzo puede favorecer o adelantar un nuevo terremoto. Este mecanismo se conoce como transferencia de esfuerzos de Coulomb.

Pero este mecanismo no puede extrapolarse a terremotos distantes. Los cambios estáticos de esfuerzo disminuyen rápidamente con la distancia y afectan principalmente al entorno próximo de la ruptura. Por eso, una posible relación entre los dos terremotos venezolanos no implica que estos puedan explicar otro ocurrido mucho más lejos, como el de Colombia.

NO TODOS LOS GRANDES SISMOS SE CONVIERTEN EN NOTICIAS

Hay otro factor que influye en nuestra percepción: no todos los grandes terremotos tienen la misma repercusión.

En el mundo se producen, en promedio, alrededor de 16 terremotos de magnitud 7 o superior cada año, aproximadamente uno cada tres semanas. Sin embargo, muchos pasan desapercibidos porque ocurren bajo el océano, a gran profundidad o lejos de zonas habitadas y no causan daños.

La magnitud tampoco determina por sí sola el impacto. Dos sismos similares pueden tener consecuencias muy distintas dependiendo de su profundidad, la distancia a las poblaciones, las características del terreno y, sobre todo, la vulnerabilidad de edificios e infraestructuras.

Lo que hace especialmente llamativa la sucesión reciente no tiene por qué ser un aumento excepcional de la actividad sísmica, sino el hecho de que varios terremotos han afectado a zonas pobladas y han causado daños importantes. Si esos mismos eventos hubieran ocurrido en regiones no habitadas, probablemente habrían recibido mucha menos atención.

A ello se suma nuestra tendencia a buscar patrones. Cuando un terremoto destructivo ocupa las noticias, prestamos más atención al siguiente y resulta natural relacionarlos, aunque geológicamente sean independientes.

Por eso conviene distinguir entre cuántos terremotos ocurren y cuántos afectan a poblaciones y se convierten en noticia. La sucesión de varios sismos destructivos cercanos en el tiempo puede aumentar enormemente nuestra percepción del riesgo sin que haya aumentado la actividad tectónica global.

La reciente sucesión de terremotos en Venezuela, Japón, Colombia, Indonesia o Granada no indica, por sí misma, que la Tierra haya entrado en una fase de mayor actividad sísmica, especialmente convulsa. Nuestro planeta es tectónicamente activo y seguirá generando grandes sismos, pero eso no significa que haya comenzado una inesperada “temporada de terremotos”.

The Conversation

María Belén Benito Oterino, Catedrática en el área de Mecánica de los Medios Continuos y Teoría de Estructuras de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, Universidad Politécnica de Madrid (UPM)

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

Artículo anteriorAcuerdo de Aranceles o TLC :Ministra García regresa de Washington con avances y una lista de pendientes
Artículo siguienteUna investigación seria