En la antigua Grecia se creó el modelo de la democracia, palabra que significa que en un país el poder reside en el pueblo que elige libremente a sus autoridades para que le representen. Formalmente Guatemala es un país democrático que cada cuatro años designa a sus principales autoridades, sin embargo, en la práctica aquí funciona la partidocracia, palabra que, según el Diccionario de la Lengua Española, ocurre cuando se produce un abuso del poder de los partidos que alcanzan un poder excesivo y terminan siendo el factor decisivo en las decisiones del Estado, por lo que los gobiernos dejan de representar al pueblo y quienes en verdad mandan son los “líderes” de los partidos.
Un partido debe ser una agrupación política cuyo rumbo lo deciden los afiliados mediante procesos internos en los que no solo se designan candidatos sino además se marca la línea conforme a su visión de cómo promover de mejor forma el bien común. En Guatemala hay una enorme proliferación de partidos políticos y en cada período desaparecen varios y se forman otros, mientras algunos cambian no solo de nombre sino de línea política, pero ello no ocurre porque así lo decidan quienes estamparon su firma como miembros del partido, eso si las firmas no fueron falsificadas como tan corrientemente se hace.
Una de las modalidades de nuestra partidocracia, aparte del caudillismo que aún prevalece en algunas organizaciones, es que las agrupaciones políticas se han acomodado para subsistir en medio de un sistema que abandonó el interés de los ciudadanos para concentrarse en los negocios, en los amaños que enriquecen a quienes se convierten en “políticos”, razón por la que una de las prácticas corrientes es la de venderse al mejor postor.
A esto le debemos sumar la preocupante realidad que la gran mayoría de partidos tienen vínculos, actores y vasos comunicantes con el crimen organizado y el narcotráfico y eso nos lleva a un peligroso escenario. Más cuando hay quienes creen que pueden coexistir con esos poderes tan grandes y estiman que es mejor “no revolver” la porquería sin darse cuenta que cada día que pasa, las mafias son más fuertes, más poderosas y tienen mayor control en toda la esfera estatal.
Esos movimientos se multiplican cuando se aproximan elecciones generales y ahora vemos cómo diversos actores ya cerraron el negocio y otros están moviendo sus fichas para adquirir algún partido, situación que es mucho más sencilla, aunque más cara, que la de andar promoviendo una línea política y recorriendo el país para lograr la cantidad de afiliados que hacen falta. Siempre es más fácil conseguir a los “expertos” que se dedican a falsificar firmas para “cumplir” con el requisito legal.
Falta menos de un año para las próximas elecciones generales y se empieza a notar no solo el interés por crecer en las encuestas sino también por encontrar el vehículo adecuado para lograr la “postulación” para los diversos cargos de elección popular. Pululan las organizaciones que dicen ser partidos políticos, pero que no son en realidad instrumentos de la auténtica y verdadera democracia, sino cajas registradoras que, como todo en Guatemala, se abren o cierran conforme van sonando las monedas y marcha el ritmo del crimen organizado.








