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El tema de los fraudes electorales en Guatemala sirve para demostrar, sin lugar a ninguna duda, el manoseo que se hace de la justicia y el papel que jugó el Ministerio Público de Consuelo Porras, exfiscal que sigue gozando tranquilamente su vida a pesar de lo que la ciudadanía piensa de su desempeño. Y es que hace cuatro años, cuando se hizo más que evidente que Walter Mazariegos llegó a la Rectoría por un burdo y descarado fraude (mismo que repitió en esta nueva oportunidad) los fiscales del MP no movieron un dedo para evitar el manoseo y, por el contrario, emprendieron acciones penales que se siguen hasta la fecha con aquellos que denunciaron y evidenciaron el manoseo.

Un año después se realizó la primera vuelta electoral en la que sorprendió que Bernardo Arévalo terminara punteando, situación que movió a Porras, Pineda y Curruchiche a inventar un fraude electoral que les permitiera meter las manos en la decisión que libremente había tomado la mayoría de guatemaltecos. Si el MP hubiera puesto un diez por ciento de la voluntad que puso contra Arévalo para castigar el fraude en la Usac, sin duda que Mazariegos hubiera terminado en la cárcel, como deberá ocurrir ahora si es que el país está realmente dando algunos pasos, aunque sean pequeños, para enderezar el rumbo.

Todos vimos cómo los fiscales del Ministerio Público allanaban las instalaciones del Tribunal Supremo Electoral y se llevaban la papelería en un esfuerzo por anular una elección que los tomó de sorpresa, pues les desagradó que el ciudadano guatemalteco dispuso en aquella oportunidad escoger a alguien que no era de las mafias. En el caso de la Usac, en cambio, no se allanó la Rectoría, sino se actuó contra estudiantes y profesionales que protestaban contra el fraude.

Repasar el historial del Ministerio Público a lo largo de los ocho años en que estuvo bajo la dirección de Consuelo Porras será una ardua tarea para los historiadores ahora que poco a poco iremos viendo cómo actuaron en aquellos casos que fueron cínicamente enterrados para que no se produjera ninguna investigación seria sobre el enriquecimiento ilícito de los que gobernaron y que, aún ahora, se dedican impunemente a lavar el dinero que fueron acumulando en el ejercicio del poder.

Pero el señalado contraste entre la reacción por el fraude que inventaron tras la elección de Arévalo y la complaciente actitud para avalar el burdo fraude de Mazariegos deberá ser, sin duda alguna, uno de los elementos torales a la hora de escribir la historia de esos macabros ocho años.

Redacción La Hora

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