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Hoy estamos viviendo un proceso de transformación humana que se desarrolla silencioso y en anonimato en muchos aspectos ajenos a nosotros, en diversos lugares del mundo y esferas humanas.

En la trasformación que se está dando, lo que me parece de primordial importancia y que me motiva a escribir la presente opinión, es la relación entre exacto y preciso con correcto.

En un partido del actual campeonato mundial, pudimos observar cómo el árbitro de acuerdo al reglamento, aplicó una tarjeta amarilla a un simulador de una falta. Fue preciso y exacto en su dictamen, acorde a la norma, pero no fue justo. Ese mismo árbitro, ante otras faltas similares, no actuó conforme la norma.

¿Qué significado tiene en la vida de los pueblos y los individuos ese actuar así? El ejemplo sintetiza perfectamente un dilema que la humanidad lleva siglos intentando resolver: la coherencia entre aplicar la norma de forma mecánica y actuar con verdadera justicia. Ese dilema en nuestro medio se ha convertido en modus vivendi. En el ejemplo, el árbitro fue exacto porque la regla escrita respalda la tarjeta al simulador. Sin embargo, no fue justo (ni correcto) por dos razones fundamentales: la falta de consistencia (medir con distintas varas situaciones iguales) y la falta de proporcionalidad. Esto nos lleva a lo llamado “La paradoja de la regla”. Una norma aplicada de manera selectiva deja de ser un instrumento de orden y se convierte en un instrumento de poder o de conveniencia o de explotación y enriquecimiento ilícito. Ese es un problema primordial en la vida social y política de nuestra nación.

En la vida social, La paradoja de la regla llevada al plano de la política, la justicia y las instituciones, tiene consecuencias profundas: Una primera de ellas es que, gobierno tras gobierno, venimos arrastrando la erosión de la confianza institucional: Cuando los ciudadanos ven que las leyes se aplican con rigurosa exactitud para unos (generalmente los más vulnerables o los opositores) pero se ignoran o se flexibilizan para otros, el pacto social se rompe. La ciudadanía deja de creer en el juego limpio del sistema.

En el plano de lo cotidiano, el vivir inmerso en esa desproporción entre mandato y acto provoca en el ciudadano un impacto profundo, destructivo y silencioso en su mente, su moral y los actos diarios habituales que realiza. En psicología existe un concepto llamado indefensión aprendida aplicable a esa situación. Cuando el individuo se da cuenta de que, haga lo que haga, no puede controlar o predecir el resultado de una situación, simplemente deja de intentarlo. El ciudadano siente que el «árbitro» (el sistema, la policía, el juez, el jefe o el burócrata) aplicará la regla a su antojo. Al perder la previsibilidad, el ciudadano se llena de ansiedad, impotencia y resignación. Sentir que «el juego está amañado» anula cualquier deseo de superación o participación activa.

En otro plano, cuando la incoherencia se vuelve la norma, la fe en el mandato se evapora. El ciudadano adopta una postura cínica: ¿Para qué voy a pagar mis impuestos a tiempo, respetar la fila o denunciar una injusticia si al final la ley se aplica solo a los tontos? La apatía es un mecanismo de defensa; el ciudadano se repliega a su vida privada y abandona el espacio público, dejando el terreno libre para que los abusos continúen.

Y finalmente, tenemos que hablar de la anomia para describir el colapso de la aplicación de las normas sociales. Si el árbitro del partido no es justo con las faltas, los jugadores entienden que para ganar tienen que empezar a golpear y a simular ellos también. En la sociedad pasa igual: el ciudadano honesto empieza a sentir que la honestidad es una debilidad. La falta de acoplamiento entre norma y justicia empuja a la gente a buscar atajos, a corromper y a dejarse corromper para sobrevivir en un sistema que no los protege.

El resultado de esos comportamientos es un “sálvese quien pueda” (Ruptura del tejido social). La desconexión entre lo legal y lo correcto destruye la confianza vecinal y comunitaria. Ya no miramos al otro como un conciudadano con el que compartimos un destino, sino como un competidor o una amenaza. Se pasa de una lógica de cooperación a una de supervivencia pura: «Si el sistema no me cuida, me cuido yo solo y a los míos, a costa de quien sea».

Al final, el daño más grave no es económico ni material; es moral. Cuando el ciudadano común pierde la brújula de que “hacer lo correcto tiene sentido”, la sociedad se convierte en una jungla donde solo sobrevive el más fuerte o el más astuto.

El gran reto de nuestra época (especialmente hoy en día, donde la tecnología y los algoritmos prometen una precisión matemática para gobernarnos) es recordar que lo humano no se puede reducir a una fórmula exacta. La política, la convivencia y la justicia necesitan empatía, coherencia y, sobre todo, la flexibilidad de entender que las reglas se hicieron para servir al ser humano, y no el ser humano para servir a las reglas.

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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