0:00
0:00

La inoperancia de este gobierno no solamente se observa en las carreteras abandonadas, los puertos olvidados y la entrega de la Universidad de San Carlos a los corruptos, sino también en el subdesarrollo de la ciencia y la tecnología nacional. Al frente del gobierno hay un tipo cobarde, tibio y ahora mentiroso que quería aparentar ser demócrata y realmente mostró ser inútil. Lo mismo es válido para su vicepresidente, Karin Herrera, que se la pasa en silencio o hablando superficialidades o jugando a niña exploradora de clubes de ciencia, quitándole al Ministerio de Educación esa función.

Dentro de los no logros de este gobierno de ineptos está que los indicadores de producción científica y tecnológica están igual o peor que a su llegada. La inversión en ciencia y tecnología en el 2023 era 0.030% del PIB y en el 2026 es 0.029%, realmente la misma o un poco menor: La más baja de la región. 

En un país que enfrenta sequías e inundaciones recurrentes, donde no hay tratamiento de agua, donde no existe reúso del agua, un país caracterizado por desnutrición crónica infantil, altísima pobreza, vulnerabilidad climática y una economía que depende de remesas, commodities y mano de obra barata, la ciencia y la tecnología deberían ser herramientas de supervivencia y progreso. Sin embargo, como bien señala Alfonso Matta en su reciente artículo “Guatemala y su costo de no investigar” (La Hora, 8 de junio de 2026), seguimos pagando un precio altísimo por nuestra indiferencia colectiva hacia la investigación. Realmente es incapacidad gubernamental de darle prioridad a la investigación científica y tecnológica, así como indiferencia de la mayoría de las universidades, especialmente la San Carlos, de promover la investigación científica y tecnológica. 

Estos rectorcitos corruptos tienen intereses politiqueros, no académicos; así que tienen abandonada a la ciencia y a la tecnología nacional. 

Matta lo resume con crudeza y precisión: Guatemala invierte apenas alrededor del 0.03% del PIB en Investigación y Desarrollo (I+D), una de las cifras más bajas de América Latina —unas 25 veces por debajo del promedio regional—. Esta inversión mínima está sostenida casi exclusivamente por el sector público y las universidades, mientras el sector privado prácticamente brilla por su ausencia. Los dueños de la finca quieren una economía extractiva, repetitiva, por lo que no invierten en innovación en sus monopolios y empresas. 

Hay que aclarar que existen escasos ejemplos de investigación en Guatemala desde la iniciativa privada: CENCICAÑA, el centro de investigaciones tecnológicas para la mejora de la productividad de la caña en Guatemala es una de ellas. De hecho, la caña guatemalteca es un producto muy eficiente que ha introducido innovación tecnológica. Lástima que este centro de investigaciones no estudia los efectos negativos de los monocultivos porque con esa visión miope quiere llenar de caña a todo el territorio, destruyendo toda diversidad biológica y ecológica, no digamos el sobre y mal uso de agua que hacen. 

Otro buen ejemplo era el ICTA, Instituto de Ciencia y tecnología Agricola, era. Aunque ahora de nuevo está realizando investigación tecnológica, esperemos que avancen. Otro buen ejemplo era el INCAP, Instituto de Nutrición de Centro America y Panamá, era. Ojalá este importante instituto pueda volver a brillar, pero esto no parece ser prioridad de la secretaria de Ciencia y tecnología de Guatemala, SENACYT, la Doctora Karin Herrera, que hace poco y lo hace mal, no digamos la burocracia detrás del desfinanciado e impertinente Consejo de Ciencia y Tecnología, CONCYT, que tiene tan poco presupuesto que parece no existir. 

En resumen, en Guatemala no hay científicos en las empresas y casi no se generan patentes locales y seguimos comprando conocimiento extranjero, subsidiando el desarrollo de otros países.

Ciertamente hay muchas universidades que ofrecen programas de ingeniería, decenas de programas. En Guatemala existen más de 40 programas de ingeniería distribuidos entre las diferentes universidades del país, abarcando desde las ramas clásicas (Civil, Industrial) hasta especialidades tecnológicas y ambientales. Sin embargo, tanto los profesores de esos programas de ingeniería como los alumnos en general no crean, no desarrollan, no diseñan nuevos sistemas, nuevos artefactos, nuevas soluciones a los problemas económicos o sociales del país. No son realmente ingenieros, son técnicos, tecnócratas que se especializan en adaptar, reparar y utilizar innovación científica y tecnológica de otros países, esto es, de países que sí hacen ingeniería de verdad y sí desarrollan ciencia y tecnología.

El resultado de no invertir en ciencia, tecnología e innovación es baja competitividad, bajísima productividad, salarios bajos, fuga de cerebros y una desigualdad que se profundiza. Los efectos de esta actitud y cultura de ausencia de investigación científica y tecnológica los analizaré en la siguiente entrega. 

 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

post author
Artículo anteriorCae más de un 5 % el petróleo de Texas tras acuerdo de paz entre EE. UU. e Irán
Artículo siguienteAtrofia y muerte civil