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Cobardía, desinterés y falta de amor. La sustitución de la academia por la militancia, el clientelismo y la corrupción ha sumido a estudiantes, catedráticos y profesionales en una pasividad cómplice. Ante este panorama, resulta evidente que el pueblo no debería seguir pagando impuestos para sostener a una Usac que hoy opera como un antro de pudrición institucional: nada le aporta y mucho le cuesta.

El caso de la Usac es un ejemplo claro de que somos un país cuya existencia parece condenada a ser colonia no Nación. La dolorosa radiografía que muestra la Universidad, ni es fenómeno aislado ni una simple anomalía institucional; es el síntoma de una patología estructural profunda. Cuando una Universidad Nacional —que por definición jurídica e histórica debió ser el faro del pensamiento crítico y el órgano técnico del Estado— se transforma en un botín clientelar, se consuma la fractura de los mecanismos que sostienen la viabilidad de una nación.

Desde la sociología clásica europea (como Max Weber) hasta el pensamiento político crítico (Karl Popper), las instituciones académicas autónomas están diseñadas para albergar a mediadores técnicos: profesionales y académicos cuya legitimidad emana del saber y que sirven de puente entre las decisiones del poder y la realidad de la población.

Cuando los intelectuales y burócratas universitarios abandonan la excelencia académica para convertirse en operadores políticos y zánganos en busca de enriquecimiento ilícito, la Universidad Nacional se vacía de contenido. El conocimiento deja de ser un valor de emancipación y se transforma en una mercancía de cambio inmoral. En su clásica obra La traición de los intelectuales (1927), Julien Benda advertía precisamente el fenómeno que vivimos: al momento en que los hombres de pensamiento abandonan los valores universales (la verdad, la justicia, la razón) para adoptar pasiones políticas, ambición de poder, sectarismo, beneficio material o total indiferencia, legitiman el abuso de poder en lugar de fiscalizarlo. A ello cabe añadir a los estudiantes, sujetos a menudo condicionados desde el hogar para la dependencia.

Desde la perspectiva postcolonial y de la sociología geopolítica nacional, las potencias o las élites depredadoras locales fomentan activamente la destrucción del pensamiento crítico. Un país sin una masa crítica universitaria analítica, no conformista y que rechace la acomodación —como la que necesitamos y no tenemos en la Usac— es incapaz de generar tecnología, ciencia o políticas públicas soberanas. Queda, por lo tanto, reducida la Usac a ser un proveedor de materias primas de baja categoría y mano de obra barata, perpetuamente dependiente de directrices antidemocráticas. Hoy nos enfrentamos a una rendición absoluta frente al fraude y la usurpación.

¿Por qué el pueblo calla ante el desmantelamiento de su universidad? Los psicólogos sociales y teóricos de la alienación explican esta pasividad a través de procesos que anulan la capacidad de respuesta colectiva. Tras décadas de observar cómo la corrupción coopta impunemente los espacios de poder, la población general desarrolla la convicción psicológica de que ninguna acción individual o colectiva puede alterar el rumbo de las cosas. El silencio no es necesariamente aprobación, sino el resultado del agotamiento emocional y la desesperanza institucionalizada. Cuando la subsistencia diaria es precaria, la defensa de un concepto abstracto como la «Autonomía Universitaria» pasa a un tercer plano para el ciudadano común, quien percibe que la institución ya no le entrega profesionales útiles ni respuestas a sus crisis humanas, sino solo egresados con títulos devaluados y malos valores. ¡Dichosos los migrantes!, parece ser el lamento de quienes ven en la migración al único sujeto de valor que queda.

Estamos, entonces, en medio del colapso del tejido social y la entrega de la soberanía en todos los ámbitos. Hablamos de la pérdida de la brújula moral. Históricamente, las grandes transformaciones y la resistencia ética contra la tiranía encontraban su sustento en las aulas universitarias. Al apagar esa llama, la sociedad pierde el espejo donde mirarse críticamente y da continuidad al destino colonial: a un país donde sus intelectuales se venden y su población se resigna creando el terreno idóneo para la colonización cultural y económica. Sin un pensamiento propio arraigado en la realidad de su territorio, el país no se gobierna; se administra desde fuera o desde despachos que solo buscan la extracción de valor, dejando a la población en el desamparo total.

La Universidad Nacional no es un privilegio corporativo para proteger plazas o salarios, tampoco es botín; es una responsabilidad social otorgada para defender la verdad objetiva frente a las pretensiones ilegales e inmorales de tiranos y grupos corruptos de turno. Cuando la propia comunidad universitaria entrega sus mandatos por prebendas, la indignación ciudadana es el único vestigio de dignidad que queda frente a un panorama tan desolador y la claudicación de un territorio como nación.

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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