Vivir significa, entre otras cosas, experimentar las tensiones en un camino que tenemos que recorrer. No lo pedimos, simplemente hemos sido puestos en esa condición y, sin demasiadas advertencias ni conocimientos, simplemente emprendemos la marcha. Toca a cada uno dar un sentido y animarse de algún modo para agarrar ritmo.
En ese trayecto, lo típico son los plazos no realizados o, más bien, la frustración por el incumplimiento de las metas. A menudo queda ese sentimiento que a veces induce a culpa, preguntas infinitas sobre qué hice mal y si era posible haberlo hecho de otro modo. Aunque a veces cabe la posibilidad de espíritus menos reflexivos que, en su marcha, la reflexión esté ausente.
No es el caso de la mayoría, creo. Lo habitual, si se puede decir así, es encontrarse entre lo querido y lo queriente. Quiero decir, entre lo que se obtiene de hecho y aquello a lo que idealmente se aspiraba. Más concretamente, la insatisfacción vivida por no obtener «de verdad» el objeto (o el sujeto) deseado. Y sí, hay que abrazar la suerte, pero esto no quita la fricción experimentada.
Caminar, por ejemplo, con el sentimiento de no gestionar la propia vida. Percibir que el trayecto se recorre en la inconsciencia, en automático, respondiendo a las precariedades de las circunstancias. Muy ocupados, a veces, en bagatelas que gastan la vida sin que redunden en una existencia dichosa y plena. Como soldados que agotan el tiempo de trinchera en trincheras, gastando las municiones en asaltos que, aunque se ganen, no permiten la conquista última planificada.
La vida es, como apuntan algunos pensadores, un “ya, pero todavía no”. Momentos casi siempre precarios cargados de finitud. La convicción de una duración mínima como la ingesta de un dulce que pronto se acaba. Y luego, por ello, hay que seguir, pasar, con dosis de amargura que hay que administrar, conforme cierta sabiduría personal.
Esa vivencia que para Unamuno era un “sentimiento trágico” adquiere otro nivel en tanto que seres sociales. Quiero decir que, o bien vamos haciendo el bien, repartiendo actos de bondad, o bien vamos metiendo zancadillas o destruyéndolo todo. Creo que es más lo segundo. No se trata solo de que seamos termitas con voluntad de vida, sino, sobre todo, sujetos tóxicos con carácter lupino. Depredadores y, en algunos casos, con maldad asentada conscientemente en nuestro interior.
Caminar, pues, consiste en esa suerte de insatisfacción constante. Vacíos vividos desde la tensión, los nervios y el miedo. Ya esto sería suficiente, pero no es así. Labrarse la vida, a veces, implica dejar cadáveres o cuanto menos repartiendo heridas, como si fuera parte aceptable de lo humano. No creo que sea un destino. Hay un mundo distinto y posible. Vale la pena hacer reformas para conseguirlo.







