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En Guatemala, el tema de los viajes de diputados al extranjero se ha convertido en un símbolo de la distancia entre quienes ejercen el poder y el pueblo que los eligió. Cada año, el Congreso aprueba partidas presupuestarias destinadas a cubrir viáticos, boletos aéreos y gastos de representación para legisladores que, en teoría, viajan a foros internacionales, reuniones parlamentarias o encuentros diplomáticos. 

Sin embargo, la realidad es que la ciudadanía rara vez conoce qué beneficios concretos se derivan de esas giras, ni qué resultados tangibles se obtienen para el país. Lo que sí se sabe es que los recursos públicos se gastan sin que exista un mecanismo claro de rendición de cuentas. Los mal llamados “Padres de la Patria” ni ellos mismos, muchas veces, saben a qué fueron.

Los 13 diputados que realizaron viajes internacionales con viáticos pagados por el Congreso de Guatemala en abril y mayo de 2026 pertenecen principalmente a las bancadas Vamos, Cabal, UNE, además de Valor e independientes siendo estos tránsfugas, un mal que no ha querido reconocer el parlamento porque todos se tapan con la misma chamarra.

El problema no es únicamente el costo económico, aunque este es considerable en un país donde la mayoría de la población enfrenta carencias básicas. El verdadero trasfondo es la opacidad y la oscuridad en la que actúan. Los diputados viajan, regresan y continúan con su labor legislativa como si nada hubiera ocurrido. 

No presentan informes detallados de las actividades en las que participaron, no explican qué acuerdos se lograron ni qué propuestas se defendieron en nombre de Guatemala. En muchos casos, ni siquiera se transparentan los gastos realizados, lo que contraviene los principios elementales de fiscalización y de transparencia que deberían regir en una democracia.

El Congreso de la República de Guatemala tiene asignado un presupuesto general de más de Q163,783 millones para 2026, dentro del cual se incluyen partidas para viajes y viáticos de diputados. En apenas 18 días, los últimos 13 diputados que viajaron al extranjero gastaron al menos Q261,598 en viáticos, equivalentes a 65 salarios mínimos, en comisiones a Brasil, Rusia, Paraguay y Perú.

La ausencia de reportes oficiales genera un vacío de información que alimenta la desconfianza ciudadana. ¿Qué fueron a hacer? ¿Qué temas se discutieron? ¿Qué beneficios concretos obtuvo el país? Son preguntas que nunca encuentran respuesta. 

En cambio, lo que queda es la percepción de que los viajes se convierten en privilegios personales, más cercanos al “turismo político” que a la representación institucional. Y mientras tanto, los recursos públicos se diluyen en boletos de avión, hoteles y viáticos que no se traducen en mejoras para la vida de los guatemaltecos.

La fiscalización de estos gastos debería ser una obligación, no una opción. En otros países, los legisladores que viajan deben entregar informes públicos, detallando reuniones, acuerdos y compromisos adquiridos. Aquí, en cambio, la práctica ha sido la discrecionalidad. 

El Congreso aprueba los viajes, los diputados viajan y el pueblo paga la factura sin tener derecho a conocer qué se hizo con su dinero. Esta dinámica erosiona la credibilidad de un ente estatal desgastado que en seis meses únicamente han aprobado o reformado 15 leyes y refuerza la idea de que la política se ejerce de espaldas a la población guatemalteca.

En un país donde los hospitales carecen de insumos, las escuelas enfrentan precariedad y las comunidades rurales luchan por acceder a servicios básicos, resulta indignante que se destinen recursos a actividades cuyo impacto es invisible. La pregunta inevitable es si estos viajes responden a una verdadera agenda de Estado o si son simplemente “regalos” personales disfrazados de representación oficial.

Para terminar de agravar la situación, los parlamentarios se preparan para tomarse un descanso y disfrutar del Mundial de Fútbol 2026, como si Guatemala no tuviera asuntos urgentes que atender. Mientras el país enfrenta crisis en salud, educación y seguridad, quienes deberían legislar y fiscalizar prefieren acomodarse en sus casas para ver un evento deportivo. Esa actitud refleja la desconexión entre las prioridades nacionales y los intereses personales de quienes ocupan un curul.

Si los diputados viajan en nombre de Guatemala, lo mínimo que se espera es que informen qué hicieron, qué resultados obtuvieron y cómo esos resultados se traducen en beneficios para la población. La democracia exige rendición de cuentas, y la falta de informes sobre estas giras es una muestra clara de cómo se incumple ese principio.

El pueblo guatemalteco merece saber en qué se gasta su dinero. Merece conocer si los viajes de sus diputados aportan algo más que fotografías en aeropuertos y hoteles. Merece instituciones que actúen con responsabilidad y que entiendan que cada quetzal invertido debe tener un retorno social. Mientras eso no ocurra, los viajes seguirán siendo vistos como privilegios opacos, ajenos a las necesidades reales del país. Y la política continuará acumulando un déficit de credibilidad que se paga, no en boletos de avión, sino en la desconfianza de los votantes que están cansados de promesas incumplidas y de ver 100 diputados que los traicionaron.

 

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