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Cuando uno revisa los informes oficiales y la prensa escrita a lo largo de la era democrática (1986-2026), obtiene siempre la misma letanía: “mejoras en alimentación, control de aguas, reducción de las infecciones”. Lo curioso es que jamás se observa la desaparición real de ninguno de esos problemas sanitarios que causan el mayor daño a la población. Simplemente, el problema se transforma en logro político, y eso deja satisfechos a todos.

De tal manera, las intenciones de cada nueva administración apuntan a enfrentar la crisis sanitaria con la misma visión: “mejoraremos la salud del pueblo… contamos con las herramientas científicas, técnicas y la voluntad política para atacar el problema, e implementaremos ritmos más eficaces de intervención institucional y comunitaria”. La realidad es que son —como decía el viejo salubrista Carlos Estrada Sandoval— nuevos arreglos de viejas ideas y fórmulas funcionalistas que terminan siendo, al decir del maestro Rosignon, “vestidas con el ropaje seductor de la tecnología de punta”.

¿Qué resulta de todo ello? Está claro: una mejor atención a la desnutrición y las infecciones, no de prevención. El error de políticos y funcionarios radica en tratar este fenómeno como una paradoja matemática, dejando de lado que la persistencia patológica es una consecuencia directa de la multicausalidad y de la dinámica de los componentes que sostienen a una enfermedad en una población.

¿Por qué se deja de atender el origen fundamental del problema sanitario? O lo que es lo mismo: ¿por qué los programas de gobierno no logran el cometido deseado sobre la disminución de los flagelos que siguen afectando, no a miles, como cabría esperar, sino a millones de guatemaltecos? Esta es una realidad imposible de ocultar y la historia no miente ni engaña. Desde que formamos Nación, la vida social, política y, por ende, la económica se reproduce bajo una cada vez más extrema polarización social. Ese es el principio y el origen de nuestros problemas sanitarios y del mal desarrollo humano; hoy, la encrucijada que de ello se deriva (la polarización social) resulta cada vez más violenta.

El peso estadístico nos revela que el 90% de las fuentes de agua no son aptas para el consumo humano, y que la biomasa (principalmente la leña) sigue siendo el pilar de la matriz energética nacional y el combustible predominante en el interior de la república. Esta contaminación hídrica y aérea, sumada a deficiencias nutricionales múltiples, propicia el terreno para generar el tercer problema: las infecciones. Las investigaciones clínicas en el país demuestran que un niño con desnutrición crónica (condición que afecta a casi la mitad de la población menor de cinco años) presenta el doble de probabilidades de desarrollar infecciones respiratorias y gastrointestinales severas o letales a causa de agentes patógenos ambientales que en entornos saneados serían controlables.

Lamentablemente el combate a todo lo anterior descansa en un mal ejercicio político también. Estamos amarrados por un poder privado y público ejercido con el fin primordial de alcanzar conquistas personales, no de servir y solucionar. Funcionarios, agricultores e industriales permanecen enfrascados en una lucha política de intereses individuales, completamente alejados de las contradicciones sociales que afectan la vida y la salud humana.

Es en medio de tal situación histórica, que cada nuevo gobierno lanza a la opinión pública el consuelo de que: “Vamos por buen camino, la lucha es larga y no hay que desesperar”. Esa es una esperanza que abarca ya a generaciones de guatemaltecos; mientras tanto, los millones se invierten en medidas paliativas, y eso sí y solo si generan excedentes gananciosos a una burocracia nacional e internacional y a una iniciativa privada enquistada en lo político.

Debemos dejar de engañarnos: la negligencia del accionar político en el combate a estos problemas sanitarios no es de ahorita, es de siempre. El control de las desigualdades, inequidades e injusticias, apenas queda en denuncias.

En conclusión, los problemas sanitarios volverán a ser parte de las campañas electorales sin que eso signifique que vayan a ser conectados a su verdadera solución. Se seguirá haciendo frente a la casuística y atendiendo la demanda, pero dejando abierta la verdadera fuente de perturbación, la fuente de origen de esos males: la polarización social. Y como decía mi maestro Rothman: mientras existan vías alternas para completar un pastel causal, la enfermedad nunca desaparecerá, aunque los números globales apunten a la baja. De esa cuenta, las condiciones de base que completan el resto del pastel causal permanecerán intactas.

Alfonso Mata

alfmata@hotmail.com

Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.

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