En un mensaje en X –antes Twitter– la ministra de Educación, Anabella Giracca, comparte la creación o renovación de un instituto de secundaria en San Luis Jilotepeque, Jalapa. La acompaña el Presidente. El mensaje inicia con entusiasmo: “hay una escuela pública que habla por sí sola. ¡Y como esta hay más de 100!”. El error ortográfico de la ministra de Educación no es menor, no por la falta en sí, que es el autocorrector, sino porque simboliza algo más profundo: en educación, forma y fondo rara vez están separados.
La noticia, sin embargo, es buena. Venimos de años en los que la infraestructura educativa fue abandonada o utilizada como mecanismo de corrupción, como ocurrió con las fallidas escuelas Bicentenario. En ese contexto, construir o recuperar institutos es motivo de reconocimiento. La actual Ministra ha mostrado, además, una voluntad política que contrasta con la inercia y el desinterés de administraciones anteriores.
Pero reconocer lo positivo no debe impedir ver lo esencial: el problema central de la educación en Guatemala no es la infraestructura, es el aprendizaje.
Hoy, apenas el 15% de los estudiantes que egresan del nivel medio aprueba evaluaciones básicas de matemática, y solo el 35% alcanza niveles mínimos en lectura. Dicho de otra manera: la gran mayoría de jóvenes no domina operaciones elementales ni comprende lo que lee. Frente a esta realidad, la construcción de institutos, por sí sola, no transforma nada sustantivo. Puede mejorar condiciones, pero no resuelve el problema
La pregunta, entonces, no es cuántos edificios se construyen, sino qué ocurre dentro de ellos.
Y ahí aparece el primer vacío estructural: la formación docente. No hay reforma educativa posible sin maestros bien formados. No basta con tener aulas, laboratorios o talleres si quienes enseñan no cuentan con una preparación sólida, actualizada y pertinente. El docente sigue siendo el corazón del sistema educativo, pero paradójicamente es también su eslabón más débil.
A esto se suma una inconsistencia preocupante en la política pública. En noviembre de 2025 se anunció la habilitación de más de 500 institutos de educación secundaria para el 2026. Hoy se habla de cien. La pregunta es inevitable: ¿qué ocurrió con los otros cuatrocientos? La planificación educativa no puede sostenerse en anuncios cambiantes o populistas; requiere coherencia, continuidad y transparencia.
Pero el problema más profundo no está en la cantidad de institutos, sino en su orientación. Se ha planteado que estos espacios incorporarán educación técnica. La intención es correcta. La ejecución, en cambio, es incierta. Porque aquí surge una pregunta fundamental: ¿dónde se están formando los docentes de educación técnica?
La educación técnica no es simplemente “aprender un oficio”. No es enseñar a cambiar llantas o reparar motores sin contexto. Tampoco es una vía de segunda categoría para quienes “no logran” insertarse en la educación académica. Esa visión –todavía dominante– reduce su valor y reproduce desigualdades.
Una educación técnica moderna implica: Formación por competencias complejas, integración con ciencia y tecnología, articulación con el sector productivo, trayectorias educativas que no cierran puertas, sino que las abren, pero principalmente desarrollo de pensamiento crítico. Nada de eso puede lograrse sin docentes especializados. Y esos docentes no aparecen por decreto: se forman en universidades. Aquí encontramos otro punto crítico. La universidad pública, que debería liderar este proceso, atraviesa una crisis institucional profunda. Mientras tanto, no existe una política clara que articule al sistema universitario con la formación docente técnica
El resultado es evidente: se construyen o anuncian institutos sin tener resuelto quién enseñará, qué enseñará y con qué enfoque lo hará.
A esto se suma la ausencia de una Política Nacional de Educación Técnica. No hay lineamientos claros, no hay modelo definido, no hay visión de largo plazo. Se actúa al revés: primero la infraestructura, luego –si acaso– el contenido y jamás la formación docente del profesor de educación técnica. Es, en términos simples, poner la carreta delante del caballo. El riesgo es alto Ministra. Sin una política sólida, la educación técnica puede terminar reproduciendo lo peor del sistema actual: baja calidad, baja pertinencia y valoración social. Y entonces, lo que hoy se presenta como esperanza, mañana será otra frustración.
En mi siguiente entrega analizaré la importancia de la formación docente en general y del profesor de educación técnica en particular en el contexto de una enorme transformación en nuestras concepciones de aprendizaje y la emergencia de nuevas tecnologías que piden a gritos universidades públicas que hagan investigación en aprendizaje y no que se queden abandonadas cuando son usurpadas ante el silencio de una Ministra indiferente al lugar donde deben formarse los docentes. El Presidente la acompaña porque él, el Presidente, no dice nada para defender a una de las instituciones más importantes del país: La Universidad de San Carlos de Guatemala, otrora nacional, otrora autónoma, pero, hoy cooptada, porque Mazariegos no es rector, Presidente, Mazariegos es un usurpador.







