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La reciente actuación de rectores y decanos de la mayoría de universidades privadas, así como de la Universidad de San Carlos, en el proceso de elección de magistrados de la Corte de Constitucionalidad (CC), del Tribunal Supremo Electoral (TSE) y del fiscal general y jefe del Ministerio Púbico (MP), ha dejado al descubierto un profundo deterioro institucional. La omisión deliberada de las tablas de ponderación, herramienta diseñada para garantizar objetividad y rigor académico, no puede interpretarse como un descuido menor, simplemente es la evidencia de un proceder marcado por intereses ajenos a la academia y al bien común.

El papel de la academia en los procesos de postulación no puede reducirse a una presencia decorativa ni a la repetición de prácticas políticas que socavan la confianza ciudadana. Las universidades deben ser garantes de rigor técnico, de transparencia y de ética pública. Su función es aportar criterios objetivos, basados en conocimiento y en la defensa del interés común, para que las decisiones sobre quienes ocupan cargos de tanta trascendencia se tomen con legitimidad y credibilidad.

La academia debe enviar mensajes claros, no oscuros. Cada participación en una Comisión de Postulación debería ser un ejercicio pedagógico para la sociedad, mostrando que el conocimiento y la investigación pueden guiar la construcción de instituciones sólidas. Cuando las universidades actúan con independencia y responsabilidad, transmiten a la ciudadanía que la justicia puede ser imparcial y que las reglas del juego democrático se respetan.

En lugar de ser cómplices de la opacidad, los rectores y decanos tendrían que convertirse en referentes de integridad, demostrando que la academia es capaz de resistir presiones políticas y económicas. Solo así se puede recuperar la certeza jurídica y ofrecer a las nuevas generaciones un país donde el desarrollo sea posible. La universidad no debe ser un espacio de negociación oscura, sino un faro que ilumine el camino hacia un futuro más justo y transparente.

La población guatemalteca esperaba de las universidades un papel de contrapeso, un ejercicio de responsabilidad que aportara credibilidad al proceso. Sin embargo, lo que se observó fue un alineamiento con agendas oscuras que han dejado un mal sabor de boca en la ciudadanía. Las Comisiones de Postulación, lejos de ser espacios de debate académico y técnico, se convirtieron en escenarios de negociación política disfrazada, donde la transparencia fue sustituida por la conveniencia

Este fiasco no solo erosiona la confianza en las instituciones educativas, sino que también golpea la legitimidad de los órganos que deben velar por la democracia y el Estado de Derecho. Cuando las universidades renuncian a su papel de guardianas del conocimiento y se prestan a maniobras que favorecen intereses particulares, el mensaje que envían es devastador: que la academia puede ser instrumentalizada y que la ética puede ser relegada y comprada.

La crítica no es gratuita ni caprichosa. La ciudadanía percibe que quienes debieron actuar con rigor y responsabilidad se acomodaron a un juego de poder que compromete el futuro del país. Las Comisiones de Postulación, integradas por estos actores, han demostrado que su trabajo no fue académico ni técnico, sino político en el peor sentido de la palabra. Y esa traición a la confianza pública no puede quedar sin señalamiento.

Guatemala necesita universidades que se comporten como faros de ética y conocimiento, no como cómplices de la opacidad. El descrédito que hoy cargan los rectores y decanos que participaron en este proceso es un recordatorio de que la academia, cuando se desvía de su misión, deja de ser un motor de cambio y se convierte en parte del problema. La ciudadanía merece instituciones que defiendan la transparencia y la justicia, no que las negocien en silencio.

Lo ocurrido con las Comisiones de Postulación debe servir como advertencia y como punto de inflexión. Si queremos que este país cambie, es indispensable que se establezcan mecanismos claros y obligatorios que impidan la discrecionalidad de quienes integran estos procesos. La aplicación estricta de las tablas de ponderación, la transparencia en cada votación y la rendición de cuentas pública de los rectores y decanos son pasos mínimos para garantizar que la academia no vuelva a ser cómplice de intereses oscuros.

Esta falta de garantías afecta directamente a las nuevas generaciones, que crecen en un país donde el desarrollo personal y profesional se ve truncado por la arbitrariedad y la corrupción. No se trata solo de un problema institucional, sino de un obstáculo para el futuro de miles de jóvenes que merecen un país con reglas claras y oportunidades reales.

Para que esto nunca vuelva a pasar, las universidades “patito” deben desaparecer porque su papel como guardianas del conocimiento y de la ética pública ha dejado mucho que desear. Es urgente que se reformen los procesos de postulación, que se fortalezcan los mecanismos de supervisión ciudadana y que se sancione a quienes traicionan la confianza depositada en ellos. Solo así podremos construir un sistema de justicia que inspire respeto y credibilidad, y un país que ofrezca a las nuevas generaciones un horizonte de desarrollo y dignidad.

Marco Tulio Trejo

mttrejopaiz@gmail.com

Soy un periodista y comunicador apasionado con lo que hace. Mi compromiso es con Guatemala, la verdad y la objetividad, buscando siempre aportar un valor agregado a la sociedad a través de informar, orientar y educar de una manera profesional que permita mejorar los problemas sociales, económicos y políticos que aquejan a las nuevas generaciones. Me he caracterizado por la creación de contenido editorial de calidad, con el objetivo de fortalecer la democracia y el establecimiento del estado de derecho bajo el lema de mi padre: “la pluma no se vende, ni se alquila”.

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