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Hay amores que curan y hay amores que enferman. Amores en el sentido amplio de relaciones que se tejen en prácticas sociales, permitiendo o impidiendo el crecimiento emocional de quienes las viven. Aunque el amor romántico domina nuestra cultura –desde los trovadores medievales hasta las películas de Hollywood con sus amores imposibles o las telenovelas latinoamericanas con el cliché del patrón enamorado de la empleada doméstica o viceversa–, el amor es mucho más profundo y expansivo.

El amor vivido en carne propia es una energía vital que nos hace renacer. Trasciende la pareja romántica y se expande a todas nuestras relaciones: familiares, amistosas, comunitarias, incluso a las diversas formas de amar en parejas no tradicionales. Pero el amor más fundamental es el amor a uno mismo, un amor relacional, no el narcisismo patológico que nos hace creernos el centro del universo.

Este amor propio nace de las interacciones tempranas, especialmente con quienes jugaron roles maternales y paternales en nuestra infancia. Como explica John Bowlby en su teoría del apego, estos cuidadores nos modelan el primer amor, marcándonos para bien o para mal.

En mi caso, el amor que me dio papá se expresó en el ejemplo del trabajo honesto: no con discursos grandilocuentes, sino levantándose al alba para proveer con dignidad. Mamá, por su parte, me transmitió el amor a la poesía, a las letras, a la lectura y a la docencia, no mediante consejos, sino viviendo esa pasión diaria. Ese amor, permeado de abrazos matutinos, llamadas de atención éticas y respeto hacia hermanos, vecinos y ancianos, es el que cura, el verdadero amor.

El amor no es un encuentro mágico con el alma gemela. Erich Fromm, en El arte de amar, nos recuerda que el amor es un arte que se aprende, no un capricho del destino. Biológicamente, los humanos nos asociamos primariamente para reproducirnos, un mecanismo dominante que explica la atracción inicial intensa. Pero esa fase pasa en un año o dos, y lo que queda es la compatibilidad emocional: no solo el gusto físico efímero, sino una madurez comparable que permite crecer juntos.

Como dice el viejo refrán: «cada oveja con su pareja». Esto significa que personas con subdesarrollo emocional –heredado de infancias marcadas por miedos, celos o traumas no resueltos– se atraen mutuamente, creando relaciones tóxicas que perpetúan el dolor. Piensen en Guatemala, donde el machismo cultural y la violencia heredada de conflictos pasados pueden enredar amores en ciclos de control y dependencia.

Sin embargo, no todo es binario. Hay amores ambivalentes, donde el conflicto inicial –si se trabaja con honestidad– puede evolucionar hacia el crecimiento. La compatibilidad no siempre es tóxica; incluso en etapas tempranas, puede ser sana si se nutre con empatía y reflexión.

Una persona que busca crecer emocionalmente transformará el amor romántico idealizado en una decisión racional de mutuo desarrollo. Como propone Bell Hooks en su libro Todo sobre el amor, este amor es acción: Elegir diariamente el respeto, la vulnerabilidad y el apoyo recíproco. No es eterno por decreto, pero puede perdurar si se cultiva, reconociendo barreras como la pobreza o el machismo, pero no imposibilitan este camino.

Este amor que cura se aplica también a amistades y lazos no románticos: Un amigo que te confronta con cariño para superar miedos, o una comunidad que te sostiene en crisis. En última instancia, es una elección: Revisar nuestros apegos infantiles, trabajar herencias emocionales y optar por relaciones que nos hagan crecer. Este es el amor que cura, no el amor que enferma y menos el amor que mata.

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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