Luis Fernandez Molina

luisfer@ufm.edu

Estudios Arquitectura, Universidad de San Carlos. 1971 a 1973. Egresado Universidad Francisco Marroquín, como Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales (1979). Estudios de Maestría de Derecho Constitucional, Universidad Francisco Marroquín. Bufete Profesional Particular 1980 a la fecha. Magistrado Corte Suprema de Justicia 2004 a 2009, presidente de la Cámara de Amparos. Autor de Manual del Pequeño Contribuyente (1994), y Guía Legal del Empresario (2012) y, entre otros. Columnista del Diario La Hora, de 2001 a la fecha.

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Luis Fernández Molina

El nuevo soberano rey del Reino Unido adoptó, siguiendo la tradición y el protocolo, el mismo nombre que usaba como príncipe: Carlos, al que se le adiciona el número que en orden le corresponde respecto a los anteriores monarcas de igual denominación. De esa forma desempolva un nombre que había estado reposando en los registros históricos por casi 350 años. Los dos Carlos anteriores tuvieron vidas muy interesantes.

La historia de Carlos I de Inglaterra constituye un capítulo obligatorio en los libros que analizan el devenir constitucional y la conformación de los estados modernos. Nació Carlos I en 1600 y accedió al trono cuando tenía 25 años. Era hijo del rey Jacobo I (James), aquel enfermizo rey hijo único de la desventurada María Estuardo de Escocia, la rival de Isabel I (quien ordenó su ejecución). Jacobo es conocido por haber impulsado la primera Biblia en idioma inglés, la “Biblia del rey Jaime” (o de King James). Su hijo, Carlos I, no logró cristalizar sus pretensiones matrimoniales con la hija de Felipe III de España, la infanta doña María Ana; es que Madrid exigía que Carlos se convirtiera al catolicismo. Para evitar tantos requisitos se casó finalmente con la hermana del rey de Francia Luis XIII, Enriqueta María de Borbón, también católica, consolidando de esa forma una alianza anglo-francesa que se enfrentaba al entonces enorme y temido poderío español, coalición que cuajó a pesar de la diferencia de religiones entre los países aliados.

El reinado de Carlos I estuvo ocupado, en lo externo, por las constantes guerras europeas y en lo interno por los enfrentamientos religiosos. Pero había algo más en la agenda de sus preocupaciones: asomaban los primeros signos de un poder incontenible que se atrevía desafiar a la misma Corona: el poder del parlamento.

Curioso, pero cuando pensamos en la osadía, casi sacrílega, de un pueblo que decapita a su rey, se nos viene a la mente a un Luis XVI con la cabeza debajo de la cuchilla de la guillotina durante la Revolución Francesa; sin embargo, Inglaterra, el país más monárquico del mundo occidental, esconde entre los pliegues oscuros de su historia el hecho de que fue la primera nación en juzgar y condenar a un soberano instituido por Dios, y ello más de cien años antes que el desafortunado Capeto francés perdiera la testa coronada. Por eso la vida de Carlos I de Inglaterra puede sintetizarse como la expresión de la lucha de los poderes internos: del ejecutivo (representado por el rey) contra el emergente poder de los representantes del pueblo. Este segundo poder estaba asentado en el parlamento, el que trató de crear espacios populares pero a costa de los poderes absolutos del monarca.

En cierta forma podemos decir que todo empezó por las necesidades financieras de las guerras. De allí la exigencia de impuestos. En 1625, para la Guerra de los Treinta Años el rey exigió fondos, pero le fueron negadas por ser muy elevadas las tasas, entonces el rey disolvió el parlamento. Al año siguiente se convocó por segunda ocasión al parlamento y como reiteró la negativa de fondos; se volvió a disolver y Carlos siguió con un gobierno absolutista. Dos años después se volvió a integrar el parlamento por tercera vez y se discutieron algunas propuestas y condicionantes: se autorizaban los fondos si sancionaba algunas reformas contenidas en la “Petición de Derechos”. Carlos las rechazó de plano y por lo tanto el parlamento quedó definitivamente disuelto. De esa forma Carlos I siguió gobernando despóticamente, sin parlamento, y confiado en la fortaleza de sus alianzas con potencias europeas y en esa línea impuso impuestos muy duros, tasas, comisiones, etc.

Pero había más problemas en casa. Los escoceses se rebelaron porque no aceptaron la liturgia anglicana que Carlos impulsaba, pues la gran mayoría de su población era presbiteriana. En suelo británico había fricciones entre 5 grupos religiosos: los anglicanos que era la oficial y que estableció Enrique VIII; los católicos que eran perseguidos; los presbiterianos que Juan Knox llevó a Escocia; los Calvinistas que seguían la línea doctrinal del ginebrino Juan Calvino y los grupos puritanos de orientación calvinista pero que mantenían sus propias asambleas de culto (donde surgió Cromwell) y que por ser también acosados muchos optaron por emigrar a América (los “pilgrims”). (Continuará).

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