Jorge Santos

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Defensor de derechos humanos, amante de la vida, las esperanzas y las utopías, lo cual me ha llevado a trabajar por otra Guatemala, en organizaciones estudiantiles, campesinas, de víctimas del Conflicto Armado Interno y de protección a defensoras y defensores de derechos humanos. Creo fielmente, al igual que Otto René Castillo, en que hermosa encuentra la vida, quien la construye hermosa.

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Por Jorge Santos

La lucha social y popular tiene fases y estas suelen definirse a partir de la maduración y entendimiento de los Pueblos de la opresión, explotación y exclusión a la que son sometidos.  También estas fases van de la mano de la mayor o menor posibilidad de entablar diálogos con resultados efectivos.  En 2015 por ejemplo, el amplio y masivo despliegue de movilización ciudadana estuvo condicionado a la actuación de la CICIG y de lo que en aquel entonces era la FECI, así como de las renuncias de funcionarios.  Estas movilizaciones eran como un círculo virtuoso entre movilización ciudadana, identificación y persecución contra las mafias y renuncias de funcionarios implicados en las mismas.

Luego de esta expansión de la movilización social que llegó a su máxima expresión en septiembre de 2017, la misma ha ido decayendo con algunas muestras importantes de querer volver a manifestarse en su esplendor.  Sin embargo, la represión ha logrado hacer retroceder este impulso popular.  Lo que la sociedad guatemalteca ha atestiguado desde ese momento, es una especie de péndulo que se mueve entre la pasividad y el activismo extremo, que nos mantienen en un estado de anomia social.  De ahí que necesitamos, para afrontar este contexto de autoritarismo, desarrollar un pensamiento estratégico que nos conduzca a acciones determinantes en la derrota de las mafias enquistadas en el Estado.

Carlos Aldana refiere que, en la pasividad encontramos un autoexilio personal de los procesos que afectan a la persona o su colectividad, una renuncia a protagonizar la propia conformación, una falta de participación en la construcción de la sociedad y del mundo.  La persona pasiva no expresa interés por la paz en la vida, “deja hacer, deja pasar” lo que sea, no importa si atenta contra los valores que permiten la convivencia pacífica, tal cual la estamos viviendo en el país.  En su extremo contrario está el activismo a ultranza el cual se convierte en una actitud permanente de “siempre estar haciendo algo”, sin el tiempo necesario para reflexionar qué se hace, por qué se hace, para qué se hace, a qué o quiénes sirve esa frenética sucesión de acciones.  El activismo a ultranza es una actitud que anula la compresión, la reflexión y, por consiguiente, el compromiso personal e interior de las personas.

El actual contexto de deterioro de las condiciones de vida y de la democracia, nos demanda el uso de método que nos lleve a la reflexión profunda, tanto en términos individuales como colectivos, incluso sobre el contrato social que requerimos.  Esta reflexión nos debe de llevar infaliblemente hacia la comprensión del momento histórico que vivimos y la necesidad del compromiso que requiere la gran transformación y de ahí la definición de la participación que eleve cualitativamente la lucha y la lleve hasta alcanzar la derrota de las mafias en el país.  Esta importante tarea, debiese de ser conducida por los movimientos sociales y populares, por los partidos políticos democráticos, progresistas y de izquierda.

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