Por: Adrián Zapata

El domingo pasado se produjo en México una consulta sobre revocatoria del mandato al Presidente de la República, hecho inédito que impacta en el ambiente político latinoamericano. “El pueblo pone y el pueblo quita” fue la consigna de los seguidores del Presidente, quien promovió esta controversial iniciativa. La popularidad del Presidente AMLO se mantiene de manera sorprendente a nivel nacional, después de tres años de mandato y habiendo enfrentado el dramático problema de la pandemia. Por eso, el respaldo en la consulta era esperable. Esa realidad hacía obvio el llamado de las derechas (empresariales y clasemedieras) al abstencionismo. La mejor manera de disminuir la legitimidad que se derivaría de ella para AMLO era la menor participación posible. Si el rechazo popular fuera significativo, las derechas habrían promovido la consulta.

Los resultados del evento pueden ser interpretados de distintas maneras, en correspondencia con la polarización ideológica existente. Las izquierdas esgrimen el 91,85% de votos que apoyaron la continuidad del Presidente, obteniendo 15.15 millones de votos. Por cierto, hay que recordar que el derechista Felipe Calderón, cuando ganó las elecciones presidenciales logró 15 millones de votos.

Las derechas argumentan el alto abstencionismo (votó el 17.77%). Para que los resultados de la consulta sean vinculantes se requiere una participación del 40%.

AMLO afirma que el 40% de participación que exige la ley para hacer una consulta vinculante, en el caso de la legitimidad de un presidente para continuar ejerciendo su cargo, es una cifra muy alta y que debiera reducirse a un 30%.

El período presidencial en México es largo, se elige al primer mandatario de la nación por un sexenio. Por eso, la institucionalización de este mecanismo de revocatoria de mandato hace que quien gobierna sepa que no tiene un cheque en blanco por ese período. Pero, en contraposición, se debe considerar que las políticas públicas deben tener un nivel de estabilidad para que efectivamente impacten en el logro de sus objetivos y no depender de veleidades coyunturales, propias de las encuestas de opinión.

En términos de la política mexicana, el resultado electoral fortalece la legitimidad que el gobierno necesita para continuar impulsando la 4T (su proyecto político transformador antineoliberal y nacionalista). Y, seguramente, repercute en la posibilidad de continuidad de dicho proyecto más allá del mandato finito que tiene AMLO y que él afirma cumplirá.

Pero lo que me parece fundamental es tener conciencia sobre el deterioro de la política en general y en América Latina en particular. El “anti estado” propio del neoliberalismo y la corruptela de los políticos la han deslegitimado y pervertido. Por eso, rescatar la democracia pasa, necesariamente, por rescatar la política, por relegitimarla. Y para ello, todo indica que la dimensión representativa de la democracia es insuficiente, debiendo transitarse a formas más frecuentes de ejercer su dimensión participativa. En este propósito, las consultas de revocatoria de mandato podrían ser herramientas muy útiles, a pesar de los problemas que ello implica.

En Guatemala, si hoy hubiera una consulta de revocatoria de mandato Presidencial, Giammattei sin duda tendría que abandonar el cargo (su índice de aceptación es dramáticamente bajo, según las encuestas). Su altanería no le serviría de nada ante un rechazo masivo de la ciudadanía, expresado institucionalmente.

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