Raúl Molina

Para quienes aún no creen en que Guatemala sea un Estado fallido, les traslado cuatro titulares del 4 de mayo en elPeriódico: “Organizaciones señalan falencias en proceso de elección de PDH”, lo mismo que ha sucedido en todas las “elecciones” recientes en el Congreso; “Agenda de Acuerdos incumplidos de Paz se concluyó cuatro meses tarde”, sin que nadie rinda cuentas; “Sin gobernadores, departamentos reprograman obras”, lo cual significa que el país funciona sin gobernantes, particularmente en la presidencia y vicepresidencia, cuyos funcionarios brillan por su ausencia; y “Reformas constitucionales se estancan en el Congreso”, lo cual demuestra que para romper con una Constitución que ya no sirve, es imprescindible convocar a una Asamblea Nacional Constituyente Incluyente. Sabemos bien lo que debemos cambiar y más o menos bien el tipo de medidas a tomar; pero no llegamos todavía a organizar el proceso que lleve a la transformación del Estado. Vemos, no obstante, algunos embriones de movimiento transformador, aunque caracterizado por el fraccionamiento y cierto dogmatismo; cada corriente funciona como poseedora de la verdad. Es este el primer reto que debemos superar; hay que lograr la “unidad en la diversidad”, lo que nos obliga a promoverla en función de los objetivos nacionales y no de los intereses particulares de una u otra corriente.

Planteo una amplia unidad de centro-izquierda, porque la derecha ha demostrado en 63 años de gobierno ininterrumpido y 493 años de ejercicio del poder económico-político que los intereses de las masas y capas medias no son los de ella. No obstante, si algunos de sus sectores entran en la “Ilustración” también pueden sumarse. Lo que sí es cierto es que si se lograra la unidad de la izquierda política, y aun de un conglomerado de partidos políticos de centro-izquierda, tampoco sería posible un triunfo electoral con base a elecciones determinadas por el sistema electoral vigente. Para lograr un triunfo, además, la unidad debe darse también, en condición de iguales, con el movimiento popular y el movimiento social. Esta gran unidad será necesaria para erradicar el sistema político que controla al Estado y para construir el Pacto Social del siglo XXI, y ojalá que pueda capitalizarse para lograr después un triunfo electoral que lleve al Ejecutivo y al Congreso a las personas más probas y capaces que acepten sacrificarse en aras de la transformación del Estado. Suena a utopía; pero sin tener esta, resultará difícil “mover montañas”. Está enfrente la alianza de los ricos, por negocios tanto lícitos como ilícitos, el enquistado y corrupto sistema político, los instrumentos represores, particularmente las fuerzas armadas, y los intereses propios de Estados Unidos. Es una alianza con dinero y sin escrúpulos; pero relativamente vulnerable, en especial después de la lucha ciudadana de 2015. Es la hora de abrir espacios de encuentro y reflexión, no para fines electorales, sino que con el objetivo fundamental de la transformación del Estado. Era una necesidad en 2015 y se ha acentuado en la práctica, al tenerse un Estado fallido y neocolonial.

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