Edgar Villanueva
¿Ha llegado finalmente el punto de quiebre en Venezuela? Quisiera pensar que sí. Quisiera pensar que los millones de venezolanos que han visto como su democracia, su economía y su bienestar han sido destrozados por la farsa bolivariana, están viendo una luz al final del túnel. Quisiera pensar que los presos políticos serán liberados, que pronto se celebrarán elecciones verdaderamente libres y que Venezuela está en camino de la reconstrucción. Lamentablemente no todos los elementos que se mueven en el contexto venezolano son alentadores.
Por ejemplo, Maduro sigue controlando las fuerzas de seguridad y las fuerzas armadas, las pocas instituciones capaces de ponerle un alto, a través de pactos de corrupción e impunidad. Asimismo, todavía tiene el oxígeno para usar válvulas de escape populistas, como la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente, que a pesar de ser son poco sostenibles, les han funcionado a los chavistas en el pasado. Para terminar de imposibilitar un cambio inmediato, percibo poco consenso internacional, especialmente entre las grandes potencias, para motivar un cambio en Venezuela y veo con lástima que todavía hay países que defienden al Gobierno de Venezuela y apoyan a Maduro escudados en laberintos de la práctica diplomática y del “hoy por ti, mañana por mí”.
Con intervencionismos o sin intervencionismos, la defensa de Maduro, sus funcionarios (secuaces) o su Gobierno (régimen/dictadura) es insostenible. Lo que está sucediendo en Venezuela es condenable desde donde lo veamos, es un atropello democrático en pleno siglo XXI. Todos nos enteramos en vivo y a todo color de lo que está sucediendo en ese país y todavía hay algunos que se atreven a apoyar el régimen venezolano y otros que cobardemente callan. Algunos son los mismos que en otros países, como el nuestro, han pedido respeto a la democracia, los derechos humanos y que han condenado la persecución política y la represión, pero no lo hacen cuando el perpetrador es uno de los suyos.
El tiempo para aquellos que creemos en la democracia, en la división de poderes y el respeto a la ley se está acortando para ser determinantes en un posible cambio en Venezuela. No podemos quedarnos callados. Nadie puso las barbas en remojo cuando Chávez expropiaba propiedades desde Caracas hasta Barquisimeto. Tampoco cuando modificó la Constitución para “darle vida a la revolución bolivariana” y cuando posteriormente se perpetuó en el poder. Hoy, todas las preocupaciones que se veían lejanas son una realidad: desabastecimiento, inflación, desempleo, violencia.
En el caso de los guatemaltecos, deberíamos de poner más atención a la situación en Venezuela, pues las causas subyacentes que llevaron a estos sátrapas al poder, también existen en nuestra Guatemala. Al mismo tiempo que izamos la bandera democrática por Venezuela y denunciamos los ultrajes a la democracia que ocurren en ese país, empecemos a cerrar las escotillas de la corrupción, la desigualdad, la falta de oportunidades y la debilidad institucional para evitar que en un futuro sea nuestro barco el que se vaya a pique. Los chavistas por ahí entraron y no se han ido.







