René Leiva
(Si, en efecto, el dinero es dios y el mercado su profeta e ideólogo, entonces la santa muerte, la política de albañal, los emprendedores de variado pelaje y plumaje, la moral protestante, la inversión extranjera operadora bajo leyes casuísticas, los altos mandos castrenses mafiosados, la justicia lerda e incumplida (vendida), el Organismo Ejecutivo cooptado crónico, el Congreso Nacional parasitario y depredador, los sindicatos estatales extorsionistas, el periodismo mercenario u oligarca, etcétera obligado, devienen sectas de la fe y el culto al glorioso mercado, misioneras del dinero, todas en confrontada armonía del reparto en la sociedad guatemalteca del siglo XIX, perdón, XXI.)
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Don José ignora y acaso sólo intuye que fue escogido, entre los espectros de algún insomnio clarividente, por un autor ciertamente respetuoso ante lo quebradizo del ánimo, de ética comprometida con el imperativo social, templado entusiasmo por la dignidad humana, celebrador sin redundancias del lugar modesto en la colectividad, él mismo cauto retenedor de su linaje campesino, que delega en don José juicios de valor sobre su propio proceder, motivaciones de añejo hilván, intuitivas decisiones, consecuencias sin conclusión.
Con tal temple, en tal tesitura, la escritura discurre con la sapiente elocuencia de lo omitido. Síntesis seminal, persuasiva dosificación de la palabra. Bonsái expresivo, fecundo en su contenida germinación, elección de ajustados vocablos para referir lo relatable.
El laborioso significado de lo eludido cuya sombra se amolda en gestos, parpadeos, ademanes… para la adivinación de mañana en el ayer. Todo lo no dicho. Todos los nombres. Todas las palabras. Ningún desvío hacia el adorno que desaliña o la tentación del ornamento en volutas sin siquiera ceniza. Simplicidad nunca simplista. Austeridad de la medida que si se desmide cae en el vacío. (Algunos signos de puntuación ausentes sin que se resienta demasiado su ausencia física, gráfica, pero su espíritu ciertamente permanece, se adivina aquí y allá.)
Afanado entre polvo, penumbra y telarañas de la buhardilla escolar, en revisión de fichas pretéritas casi como réplica burlesca de su trabajo en el Registro Civil, parecería que don José ha encontrado una suerte de condenación pasajera que, cabalmente, podría ser su purgatorio anticipado. ¿O deseado? Quién sabe. Porque escribiente eficiente no significa satisfecho. Más bien resignado por la mecánica necesidad/costumbre, sometido por su fidelidad cero revisionista ni contestataria a lo establecido. Hasta ahora. Hasta que, precisamente, entre todos los nombres apareció el de ella, la desconocida, de cuya vida escolar ya encontró todas las fichas que podía encontrar y que ignora para qué diablos le servirán en esta su vida secreta, como otro paso falso de la aventura, pues cada avance lo lleva a ninguna parte o es un tramo del regreso. En posesión de esos retratos de la desconocida cuando niña y adolescente, don José ha incursionado en verde ramal de aquella vida incógnita, ahora un engarce de perla, accidental, en su propia existencia de madera desgastada. ¿Y no es extraño que – -percepción de don José- – en los ojos de la niña una mirada trágica atraviese las fotografías?







