Por Adolfo Mazariegos
Carmen no lo vio venir. Le sucedió cuando conducía su vehículo nuevo por la 7ª. avenida en dirección a la Torre del Reformador, rumbo al centro de la ciudad. Había adquirido el automóvil un par de meses atrás y apenas empezaba a pagar las letras del crédito: “cuarenta y ocho meses”, pensó, al tiempo que encendía la radio para escuchar uno de esos programas de chistes y música juvenil en los que suelen realizar concursos y parodias de casi cualquier cosa. Pasó una mano suave por su cabello negro y sedoso, y observó en el retrovisor las facciones de su rostro recién maquillado, fresco, lozano, con esa chispa de vida que sólo pueden dar la juventud y las horas párvulas de cada mañana.
En las calles, los transeúntes corrían de un lado a otro, tratando de alcanzar un autobús, un taxi, o simplemente apresurando el paso porque ya estaban cerca del sitio de su destino -y el tiempo apremia-; todos embebidos en su propio mundo, muchos ajenos al constante devenir de la vida humana en una ciudad de ruidos y altos contrastes como esta: una metrópoli cosmopolita que no ha llegado a serlo realmente y que se niega esa realidad a sí misma; una ciudad que se convierte en punto de llegada y punto de partida al mismo tiempo; un libro complicado de leer, escrito con base en simplezas y a dolores lejanos, a metas no alcanzadas, a sueños, a profundas desigualdades que no acaban y que parecieran haberse instalado para quedarse.
De pronto, un golpeteo insistente y brusco en la ventana del carro saca a Carmen de su ensoñación matutina. Quiere hacerse a la idea de que lo ha imaginado, de que ha sido solamente algún efecto de sonido realizado con ingenio en la parodia que está escuchando en la radio. Pero no es así, no lo ha imaginado. Lentamente y con angustia infinita voltea el rostro hacia la izquierda, como negándose a saber lo que ya sabe, como negándose a ver aquel cañón que le apunta amenazadoramente desde el otro lado del cristal. No entiende lo que el hombre de la moto le grita salpicando de saliva el vidrio. Ella simplemente deduce que le está pidiendo algo, que baje el vidrio inmediatamente quizá, o que le entregue el bolso y el celular…, quién sabe.
Desde la esquina próxima, en lo alto, un semáforo impávido lo observa todo con la luz en un rojo eterno. Mientras un oficial de tránsito, de espaldas y sin inmutarse, observa con parsimonia su reloj de pulsera dando vía perenne con la otra mano, soplando con denodada insistencia un silbato descolorido apenas audible entre tanto bocinazo y rugidos de motor.
Carmen no vio en qué momento se acercó la moto. No vio al sujeto detenerse a la par suya y «calcularlo todo». No supo nada ni escuchó nada, hasta que empezó a sentir que el cuerpo le temblaba con espasmos de impotencia y angustia. Visiblemente nerviosa, hurgó en aquel viejo bolso imitación de Gucci que parecía viajar de copiloto en el asiento contiguo. E instantáneamente pensó en su pequeño Mateo: pronto cumpliría dos años. También pensó en los cuarenta y ocho meses para pagar el auto; pensó en su madre, y en su padre que había fallecido tiempo atrás; pensó en el tramo que aún le faltaba recorrer para finalmente llegar a su lugar de trabajo…
Bajó despacio el vidrio de la ventana, y con los ojos llenos de lágrimas, pidió perdón en voz baja por lo que pensaba hacer. Temblaba inevitablemente, con el corazón galopando y golpeándole el pecho a punto de salírsele por la boca. Sin pensarlo dos veces, cerró los ojos y estiró la mano. Y sin titubear, disparó repetidamente sobre la humanidad del asaltante, hasta descargar por completo el arma que había sacado de aquel viejo Gucci de imitación. Luego, como en una película reproducida en cámara lenta, notó cómo el hombre caía al suelo sin comprender qué ocurría, sin haber imaginado, en ningún momento, que aquello podría sucederle algún día.
El tiempo se detuvo de pronto. El ruido callejero cesó de golpe, y el policía de tránsito volvió la vista hacia atrás con el silbato a punto de resbalarle de la boca. Nadie se movió por un instante. Nadie supo qué decir, aunque todos sabían perfectamente lo que estaba sucediendo. Váyase, aquí no ha pasado nada. Ese tipo se lo merecía, no sea tonta, escuchó que alguien dijo. Pero fue incapaz de asimilar el momento y de articular cualquier pensamiento. No supo quién había dicho aquello. Dejó caer al suelo la pistola que nunca pensó que llegaría a utilizar y se llevó las manos a la cabeza, echándose a llorar, desconsoladamente, sobre el timón del auto que se acababa de apagar en mitad de la atestada avenida.
Quiere hacerse a la idea de que lo ha imaginado, de que ha sido solamente algún efecto de sonido realizado con ingenio en la parodia que está escuchando en la radio.







