Pedro Pablo Marroquín Pérez
pmarroquin@lahora.com.gt
Hoy en Guatemala somos testigos del esfuerzo de algunos por derribar un muro de impunidad y corrupción a pesar de la resistencia y la lucha de un puñado que no desea que las cosas cambien porque estima que si el sistema sufre daños, se arruina su gallina de los huevos de oro.
Pero no podemos perder de vista los terribles efectos de ese muro de impunidad y corrupción, y con eso me refiero a que no podemos dejar de decir que la gente en general, pero en especial la gente más necesitada, es la pagana de lo que por años se ha venido practicando.
Por todo lo que ha pasado, nos hemos centrado en el día a día de los casos sin entender las dimensiones de los mismos, las consecuencias y peor aún, la forma en que se fraguó todo y los efectos con los que a futuro debemos lidiar.
Hoy por ejemplo, hablamos del grupo de Blanca Stalling y de sus esfuerzos por seguir controlando la Corte; vemos cómo una jueza ha maniobrado de forma extraña para tratar con pinzas a la ex consuegra del Presidente; vemos cómo, con la excusa de que la modernidad es necesaria, se fraguó toda una jugada para avalar el negocio del puerto porque “la obra es necesaria” y hace unos días amanecimos con la noticia de que algunos vivos que estuvieron en la PNC, aquella que tiene muchas carencias, erogaron millones para alquilar blindados.
Pero detrás de todos esos problemas, de esos ejemplos que nos muestra el sistema, está la gente. Esa gente de la que no hablamos porque como son “pobres”, algunos sienten que ya no vale la pena invertir en ellos y que ya no tienen derechos que hacer valer.
Hace dos días publicamos aquí en La Hora que al menos 2.5 millones de jóvenes no entraron al sistema educativo en el 2016 y si a eso le sumamos a los millones (no tenemos datos precisos) que han tenido que migrar para buscar oportunidades, debemos decir que nuestro caso es patético porque no solo tenemos un sistema que favorece al mafioso, sino que, además, tenemos un sistema que se asegura dejar tirada a su gente. No somos un país donde nos levantamos o nos caemos juntos.
Los casos que hoy vemos en el país nos deben forzar a seguir la discusión de cómo derribar el muro de impunidad, pero también a que debatamos cuál será la ruta para dar oportunidades a nuestra gente. Yo no vengo de una familia millonaria, pero mis papás me pudieron dar la más elemental de las oportunidades, salud y educación, y eso me ha permitido forjar un camino y luchar porque la gente que colabora con uno, tenga oportunidades para forjar su camino y el de sus familias, entendiendo que la suma de todos los esfuerzos puede y debe marcar la diferencia, pero que al día de hoy, no es suficiente porque sigue habiendo muchos sin oportunidades.
Con 2.5 millones fuera del ámbito educativo, nunca podremos aspirar a tener mano de obra calificada ni a pensar en mejores maestros, policías, médicos, abogados, ingenieros, financieros, economistas, etc. Siempre pongo el ejemplo que si logramos traer una planta de ensamblaje, quienes ocuparían los puestos serían las personas que actualmente son laboralmente activas y habrían muchas plazas que no se podrían llenar porque no hemos preparado a nuestra gente para lo que demanda el siglo XXI.
Quiero seguir aportando mi grano de arena para derribar el muro de impunidad, pero entendiendo que solo derribar un muro que tanta oportunidad ha negado no será suficiente para que nuestra gente, esa gente trabajadora y que pide a gritos una oportunidad, tenga un futuro aquí con el que cambie su vida y la de su familia.







