Luis Enrique Pérez
Es un acto meritorio del Comité de Desarrollo Campesino haberse abstenido de transgredir el Artículo 26 de la Constitución Política de la República, sobre libertad de locomoción, que incluye la libertad de transitar, “sin más limitaciones que las establecidas por la ley.” Presuntamente ayer mismo el comité obstruiría carreteras, es decir, transgrediría el derecho a la libertad de locomoción, como uno de los medios para plantear, a las autoridades del Organismo Ejecutivo y del Organismo Legislativo, múltiples y heterogéneas demandas. Si hubo alguna obstrucción en algunas carreteras principales, por lo menos no fue catastrófica.
El ejercicio del derecho de petición, y también el ejercicio del derecho de manifestación pública y el derecho de reunión “pacífica y sin armas” (como advierte el artículo 33 de la Constitución Política de la República), no deben ser incompatibles con el derecho a la libertad de locomoción. Inversamente, el derecho a la libertad de locomoción no tiene que ser incompatible con el derecho de petición, o de manifestación, o de reunión “pacífica y sin armas”.
Es un acto meritorio del comité haberse abstenido de provocar una transgresión catastrófica de la libertad de locomoción; pero reconocer ese mérito no implica reconocer que está legalmente constituido; que posee una legítima representación de los campesinos; que su finalidad es patriótica; que se financia con recursos propios, y no con recursos de entes extranjeros o internacionales que tienen ocultos propósitos maléficos; y que no es una nueva ficción de organización campesina, o étnica, o popular. Reconocer ese mérito solo significa que el comité intentó actuar sometido a la ley, cuando, con espléndida holgura, pudo haber transgredido impunemente el derecho a la libertad de locomoción, y perjudicar a millones de guatemaltecos pacíficos, honrados y productivos.
Reconocer ese mérito tampoco implica reconocer que todas las demandas que plantea el comité deben ser satisfechas. Por ejemplo, la demanda de eliminar la exoneración de impuestos de las llamadas “grandes empresas” debería ser satisfecha; pero es mejor demandar que sea eliminada cualquier exoneración fiscal de todas las empresas. En general, exonerar a una empresa de pagar impuestos es otorgarle un privilegio, y ninguna empresa debería tener privilegios tributarios. Empero, por ejemplo, la demanda de nacionalizar la distribución de energía eléctrica no debería ser satisfecha, y tampoco la demanda de nacionalizar la generación o el transporte de esa clase de energía. En general, el gobierno no tiene que ser empresario. No es su función propia. La demanda de cese de la persecución de defensores comunitarios de derechos humanos debería ser satisfecha si la víctima de la persecución no ha delinquido; pero si ha delinquido, tiene que ser sujeto de acción pública penal.
Hay una demanda extraordinaria del comité: la renuncia del Presidente de la República, Jimmy Morales. Hay indicios de que una indeterminada y hasta creciente proporción de ciudadanos no están satisfechos, en ningún sentido, con el gobierno del presidente Morales. Inclúyense ciudadanos que le otorgaron su voto. En nueve meses de gobierno, su impopularidad parece ser su mayor éxito.
El motivo de esa insatisfacción es, por lo menos parcialmente, que el presidente Morales no cumple con las funciones primordiales que le ordena cumplir la Constitución Política de la República; pero en ningún caso el motivo es que él no satisface las demandas del Comité de Desarrollo Campesino. Y evidentemente esos ciudadanos insatisfechos no parecen haber otorgado a ese comité, autoridad alguna para que los represente en demandar la renuncia del presidente Morales. No afirmo que ese mismo comité no tiene derecho a demandar esa renuncia. Por supuesto, tiene tal derecho; pero tal derecho no implica representatividad popular para plantear tal demanda.
Post scriptum. Es imposible que nuestro país pueda ser más próspero con frecuentes, infernales, delictivas y económicamente destructivas obstrucciones de las carreteras de nuestro país, que el pueblo mismo, miserablemente resignado, repudia y sufre como si fueran una injusta maldición.







