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De qué sirve que los alumnos reciban contenido tras contenido y más contenido si al final no aprenden ese tumulto de información mal estructurada. La lección más grande de PISA es que la escuela se debe enfocar en menos contenidos, menos información y más formación. Las escuelas deben ser menos superficiales y más profundas. Para eso los investigadores en educación en ciencia, matemática y tecnología hemos avanzado, desde hace décadas, investigación sobre cómo se aprende la ciencia, la matemática y la tecnología. Lo mismo han hecho colegas en aprendizaje de la lectura como Macarena Silva Trujillo en América Latina y Rebecca Silverman en Estados Unidos.

Así que la primera lección es curricular: reorganizar el Currículo Nacional Base, CNB, alrededor de ideas clave, utilizando la investigación guatemalteca e internacional sobre cómo aprende la gente. Hay abundante investigación en aprendizaje de la ciencia, la matemática y la lectura, áreas clave para PISA y las áreas curriculares de interés nacional. Lo que se quiere ahora es que los niños aprendan de todo y al final no aprenden nada. Hay que recrear entonces el CNB.

La segunda lección es la mejora de los programas de formación docente. Las universidades que no hacen investigación en aprendizaje no deben formar docentes. Se debe buscar la forma de diseñar científicamente programas de formación docente piloto, capaces de ser validados científicamente. Son muchas las variables detrás del diseño de un programa de formación docente, pero hay que identificar a los buenos maestros, a los maestros ejemplares, para que escriban sus experiencias y sirvan de ejemplo de los nuevos maestros y programas de formación.

La tercera lección es entender que el declive reportado en las pruebas PISA es parte del uso de nuevos sistemas tecnológicos que aún estamos aprendiendo a usar. Parece ser que los estudiantes se están entreteniendo demasiado y no usan sus artefactos digitales para aprender ciencia. Aquí hay mucho más que entender.

La cuarta lección es que los exámenes de PISA siguen siendo exámenes escolares que intentan llevar al aula situaciones reales. Son exámenes escolares que tienen todos los problemas que lleva la transposición didáctica. La verdadera ciencia no se hace resolviendo problemas fingidos. Se trata de romper las paredes escolares y llevar a los estudiantes al mundo real. Eso ni siquiera lo plantea PISA y ese es el salto más importante que como sociedad tenemos que dar. Esto lo vengo documentando en mis artículos científicos en diferentes revistas indexadas del mundo (https://bit.ly/3TN0yOJ).

Ese salto ya lo estudió, con otra mirada, Wolff-Michael Roth. Físico de oficio, empezó dando clase en pueblos de Canadá y descubrió lo que la escuela de la repetición no quiere ver: el alumno no guarda la ciencia en la cabeza como quien guarda una lista; la produce cuando discute un experimento, pelea un gráfico con sus compañeros y sube de lo que toca con la mano a la tabla, al número y a la ecuación. Roth mostró que hasta los científicos fallan cuando el gráfico no es de su oficio. No es que sean brutos. Es que el dibujo viajó sin el fenómeno. Eso hace PISA cuando pone frente al joven de 15 años un lago, un eje y una “evidencia” que nunca midió ni discutió. El puntaje no fotografía al niño. Fotografía un sistema que sembró repetición y cosecha silencio. Si el aula no es comunidad de indagación —si no se rompen las paredes, como vengo insistiendo—, PISA no mide alfabetización científica. Mide el abandono de la práctica.

Me preocupa los indicadores de acoso porque creo que aún no entendemos qué significa acoso en PISA. Naciones Unidas recientemente dio el triste dato de que 1 de cada 4 alumnos en América Latina sufre de acoso. Britta Baer de OPS lo define como: «El acoso durante la infancia y adolescencia es una forma de violencia entre pares que puede tener consecuencias importantes para la salud física, sexual, mental y emocional”. Para mí, el acoso también debe reflejar lo autoritario de las clases magistrales, la repetición, el querer aprender contenido extenso, tener tareas escolares larguísimas y sin sentido, de tal forma que los alumnos no están motivados para aprender ni para hacer ciencia de verdad. Siguen haciendo ciencia de mentira aun en el mejor de los casos de PISA.

Los malos resultados de PISA en Guatemala —y el descenso que también reportan países ricos— no se explican por alumnos vagos ni por maestros que “no quieren”. El puntaje es el retrato de un sistema que sigue tratando el aprendizaje como acto privado de una cabeza, cuando es un fenómeno social: ocurre entre personas, con el mundo a la mano, o no ocurre. Transformar eso no será un decreto ni un simulacro de examen. Es un cambio complejo y lento: menos listados y más ideas clave, universidades que investiguen cómo se aprende antes de formar docentes, aulas que dejen de ser espejo de la repetición y se vuelvan comunidades donde se mide, se discute y se corrige juntos. Roth y la investigación en didáctica coinciden en lo mismo que vengo escribiendo aquí: nadie aprende solo frente a un gráfico fingido. Se aprende participando.

Mientras la escuela, el ministerio y las facultades no organicen esa participación, PISA nos va a volver a poner el espejo delante. El espejo no es el niño. Somos nosotros. Hasta la semana entrante queridos lectores. 

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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