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El palenque se abrió a las nueve de la mañana del día de la inauguración de la feria de mayo, cuando se celebra el Día de la Cruz. El palenque era improvisado. Incluso el redondel de la pista de las peleas los estaba circulado con palmas traídas de los llanos del Papaturro y el piso era de tierra. No había mariachis, ni mujeres que cantaran corridos mejicanos, solo una venta de cervezas y tostadas que la Mela las untaba con salsa casera y las adornaba con queso seco de Zacapa hecho en Taxisco y les ponía perejil picado, sin siquiera lavarse las manos después de estar tocando pisto. Los galleros fueron llegando como a las diez, luego que el capitán Archila, pistola al cinto, abriera la puerta del patio donde hacía funcionar el palenque. En verdad no se sabía por qué le decían capitán, pues nunca prestó servicio militar ni trabajó en la policía; pero, todos le decían capitán. Él era el empresario de ese negocio improvisado de poner a pelear gallos. Cada gallero y algunos del público, apostaban dinero a su gallo preferido, con la esperanza de ganar unos cuantos quetzales si el olfato de jugadores les decía que vencerían al gallo contrario. En el fondo del palenque estaban apiñadas las jaulas donde los galleros tenían prisioneros a sus gallos, alimentándolos con chiles chiltepes para que agarraran furia y enojo y tiraran a matar al contendiente. Los patojos sólo mirábamos el espectáculo, pues eso de poner a pelear gallos y que se mataran con arma blanca, era cosa de gente grande, que ya pasaba de los cuarenta de edad. Con mi amigo Otoniel nos habíamos colado al graderío, pues el capitán Archila no dejaba entrar a nadie si no pagaba veinticinco centavos; y nosotros solo teníamos diez centavos para montar dos veces en la rueda de caballitos. Cuando llegó el turno del agarre del gallo de don Chepe, papá de Otoniel, los colados pusimos atención en la forma de pelear del gallo de don Chepe. Era un gallo de buen porte y tenía un plumaje raro, algo obscuro, con plumas verdes como de quetzal, azules como de las urracas, rojas como de tucanes, amarillas como de chorchas y negras como de zopilotes. En verdad, era un arcoíris exagerado y de un plumaje poco común. Al principio, el gallo de don Chepe se plantó con mucho garbo frente al gallo de don Mundo y después que los auxiliares les atusaron las plumas de la cola, como diciéndoles calma, calma…tranquilo, tranquilo… los soltaron y empezaron a brincar pegándose en el pecho, por donde las navajas, el que logre hundirla, cabal traspasa el corazón y uno de los dos entierra el pico. La pelea fue reñida y no se podía vaticinar quien ganaría; pero, un vendedor de bebidas gritó: “Cervezas Gallo bien frías”, y entonces el gallo de don Chepe, volteó a ver al gritón, y en ese instante el de don Mundo le ensartó la navaja en un costado, que casi le desgajó el ala derecha. Y ya no pudo seguir peleando, se agachó tendido de lado y ya no se movió. Don Chepe le dio dos pescozadas al gritón de las cervezas, pues por el grito, su gallo se había destanteado; pero el cervecero se defendió diciendo que él no tenía culpa que su gallo fuera pajarero. Terminada la jugada, don Chepe me dijo que me lo regalaba y que me lo llevara para comerlo en chicha. Pero, yo no me lo llevé para eso. En mi casa, todavía saliéndole sangre, lo guardé en el cuarto de escusado y lo mantuve vivo curándolo con ceniza caliente, recién salida del pollo, y con polvo de sulfatiazol. Además, lo alimenté con maicillo y le di agua usando un gotero que le metía en el buche. Y se curó; solo que le quedó gacha el ala de la herida. Ya restablecido, se quedó en el patio para chinastear a las gallinas de mi abuela y lo llamaban: “alas quebradas”. Cuando llegó la feria del año siguiente, me aconsejaron que lo llevara al palenque, por aquello de que la segunda es la vencida; pero, yo sabía que es la tercera y no la segunda. Así que no hice caso, no fuera ser que esta vez sí le ensartaran la navaja en el mero corazón. Era más prudente dejarlo en el patio como machucador de gallinas, actividad placentera y feliz en la que vivió unos tres años como sultán del Medio Oriente, pues teníamos veinticinco gallinas, hasta que un día llegó la peste y ésta si se lo llevó definitivamente.     

René Arturo Villegas Lara

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