Creo que, a la fecha, la historia de Guatemala ha sido clara: la independencia fue el instrumento que permitió a políticos y burgueses de aquellos tiempos coligarse para alcanzar un mismo objetivo: poder y riqueza para la mayoría de ellos. Y, en todo el camino recorrido desde entonces, ambos unieron fuerzas, aunque de vez en cuando, y cada tanto, forcejearon un poco, la última vez, ya hace más de 80 años.
En resumidas cuentas, la pugna entre políticos y burgueses siempre ha sido la misma y se ha visto acompañada de un pueblo cargado de dilemas ante ella y sin dirección única para atacarla. En consecuencia, los resultados han apuntado tácitamente a lo mismo: políticos y empresarios capitalistas, magnates, salen con poder y enriquecidos de esas pugnas, desgastándose apenas entre ellos y bajo un absolutismo muy preciso: un sistema de gobierno fundamentalmente controlado por ambos bandos.
En tal contienda, los medios y las posibilidades son propiedad de ellos y gracias a su libre intervención y libertinaje en los órganos administrativos, legislativos y judiciales, consiguen contienda tras contienda electoral, saldo tan provechoso, pues no tienen por qué esforzarse en sostener un sistema diseñado por y para ellos.
Bajo ese panorama, la actual campaña electoral —insisto, ya iniciada— es, para esos bandos, un proceso de mutua ayuda y conveniencia, en el que el pueblo queda como un tonto útil —así lo es también el voto—. No está desatinado quien vislumbra que, quede quien quede —no gane, porque en esto no hay ganador—, como bien decían nuestros antiguos, se nos seguirá dando atol con el dedo soterrando derechos a quien más los necesita y padece.
¿Qué cabe esperar de las contiendas electorales ante tal panorama y trayectoria histórica? ¿Usted qué piensa?
Yo creo que, en estos momentos, esas élites —de siempre las mismas— están ya proporcionando a los políticos que ya se lanzaron a la palestra electoral para ocupar cargos públicos locales y nacionales, el caudal de recursos materiales y humanos, el dinero, técnicos y tecnología que precisan para su empresa política, buscando con tal actitud sostener sus privilegios.
Industriales, comerciantes y financistas —al cabo, los mismos en todo ello— se unen con profesionales para hacer posibles magnas empresas de beneficio y rédito de todo tipo. Léase, entre comillas: muchas veces más ilícitas que lícitas.
La historia electoral sigue siéndolo y, aparentemente lo seguirá siendo en nuestro medio por buen rato, una empresa político y económico-financiera, formulada para mantener un claro absolutismo de provecho personal. El Gobierno y el gobernar como mecanismos de amplios réditos para políticos y elite, seguirá dejando al pueblo y sus problemas en manos del migrante y sus remesas, como amortiguador del descontento social y solucionador parcial a sus necesidades diarias. Y, ante tal tipo de politiquería, lo único que se ha desencadenado, independientemente de la clase y grupo político a que se pertenezca, es la ambición desmedida de un individualismo que ya raya en la intransigencia, lo y que ha echado a la basura principios éticos y comportamientos morales.
Ante tal comportarse de pueblo y políticos, no extraña entonces que cada día se sepulte más hondo a las religiones, sus principios y sus normas, precipitando a la sociedad hacia la formación y el ejercicio de consumados maestros en el engaño, el soborno, la simulación y, en muchos casos, el robo de todo tipo. A tal punto estamos llegando que toda ética, o cae bajo la “razón de Estado”, o debe desecharse y atacarse como contraproducente al bienestar del sistema, dejando en segundo plano al individuo.
En medio de tal caos, de tarde en tarde se escucha la protesta que, al igual que el invierno, se torna caprichosa y, más camina a un “dejar pasar” con cuya actitud, el sistema años tras años elección tras elección, vuelve a vestir ante el respetable público lo indecoroso con ropaje decoroso obligando a preguntarnos: ¿en aras de qué va todo/ ello?







