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En la película “The Big Short” (que trata sobre la burbuja inmobiliaria de 2008) hay una escena donde corredores hipotecarios le están contando a los personajes titulares cómo es que aprueban irresponsablemente préstamos a cualquier persona, sin importar su récord crediticio (siendo esta la práctica que dio lugar a la crisis). Al terminar la conversación, uno de los personajes principales dice: “No entiendo, ¿por qué están confesando?” Y otro responde: “No están confesando, están presumiendo”.

Esa escena me vino a la mente cuando en redes sociales compartieron una imagen donde “Miguelito” celebraba su cumpleaños. También recordé los TikToks de Curruchiche, donde mandaba “saludos a mis amigos en el extranjero”, la visita de Porras al Minfin para exigir su pensión, o los reconocimientos que se entregan entre abogados y empresarios corruptos. 

Esta gente ruin ha sido directa o indirectamente responsable por un sufrimiento incalculable: muertes causadas por servicios públicos desmantelados, por la creciente presencia del narcotráfico que han invitado o por catástrofes climáticas causadas por su abuso de los recursos naturales; la perpetua pobreza y migración a causa de la falta de oportunidades para el desarrollo; las constantes injusticias que sufren las poblaciones más vulnerables al no contar con un Estado que les proteja.

Y, a pesar de todo esto, a pesar de haber intentado un golpe de Estado, ahí están, felices, tranquilos, y hasta luciendo accesorios de lujo y gozando de vidas que sólo podrían pagar con dinero de alguien más.

Lo más sensato después de haber cometido un crimen sería mantener un bajo perfil, algo que la gran mayoría de corruptos hacen bien. Entonces, ¿por qué llamar la atención? ¿por qué aparecer públicamente ante un inminente escarnio? Creo que la respuesta es la misma que en “The Big Short”: están presumiendo.

Están presumiendo que se salieron con la suya. Que, a pesar de las protestas en todo el país, las sanciones internacionales y los altivos discursos de una “época oscura que se acaba”, siguen libres y con suficiente dinero para múltiples generaciones. Y no sólo escaparon del castigo legal, sino también social. Con el poder y recursos que han acumulado, podrán mantener su estatus y “asiento en la mesa”, rodeados de cobardes y oportunistas, quienes prefieren ver hacia otro lado antes de aceptar que se están rodeando con gente vil y corrupta.

Esta gente presume porque la realidad es que “ganaron”. Sí, quizá no se hayan mantenido en el gobierno, quizá no puedan ir a un centro comercial un fin de semana, quizá les cueste conseguir ciertos trabajos, pero lo que querían lo consiguieron: dinero, poder e impunidad. ¿Quién dice que el crimen no paga?

Y creo que no dimensionamos lo profundamente insultante que es esto. La democracia se fundamenta en un reconocimiento colectivo y recíproco de la dignidad inherente y equivalente entre cada uno de sus miembros. El crimen es un ataque a esta dignidad, y la justicia la forma en que lo corregimos. En consecuencia, la falta de justicia es la ruptura de este contrato social. 

Si la impunidad es problemática en cualquier caso, ¿cuánto más no lo es para crímenes que nos afectan colectivamente? No puedo imaginar una forma más clara de desconocimiento de la dignidad colectiva que la corrupción y aquellos crímenes contra los bienes públicos. 

Entonces, cuando esta gente presume su impunidad, se está burlando de todos nosotros. Nos está diciendo que no tiene que jugar con las mismas reglas, que nuestra “dignidad” no merece el mismo respeto que la de ellos, que están arriba de “el pueblo”.

La democracia requiere una verdadera justicia. No me cabe duda que esto es extraordinariamente complejo de alcanzar, y que es inevitable que algunos “se salgan con la suya”. Pero si los corruptos se sienten tan cómodos, al punto de presumir su impunidad, es porque los “democráticos” no están haciendo lo suficiente, y no les estamos exigiendo lo suficiente.

Javier Urizar

Abogado guatemalteco, se dedica a las ramas de derecho constitucional y derechos humanos.

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