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Carlos Vásquez, un periodista quetzalteco, me escribía ayer diciendo: «Bueno, el fortalecimiento de las élites criollas lo explica muy bien Juan Alberto Fuentes Knight en La Economía Atrapada. Los criollos no pagaban impuestos como ahora y recibían contratos y tratos preferenciales…»

Ah, dije para mis adentros. Voy a releer a Fuentes Knight para ver lo de la economía capturada y también a Fernando Rodríguez Ángel, un excelente profesor e investigador del CUNOC, quien recientemente publicó un libro sobre el sistema financiero nacional, ambos, Fuentes Knight y Rodríguez Ángel, me pueden ayudar a entender la cooptación financiera económica y yo luego desarrollo la cooptación política y la cooptación cultural de nuestra Guatemala. Ese es el plan. Hoy me enfoco en Fuentes Knight y mañana en Rodríguez Ángel: La economía, la política y la cultura capturada.

Juan Alberto Fuentes Knight, en su libro La economía atrapada, le pone nombre económico a lo que Taracena y González Alzate describieron como invención criolla y pesadilla indígena, pero sueño ladino. No habla de “clase” en abstracto. Habla de tratos, malos tratos para la mayoría, buenos tratos para ellos. Estos eran acuerdos cerrados entre consorcios familiares y la élite política —con dictadores, con militares, luego con civiles y ahora parece, pareciera, que con el narco— que encadenaron al Estado para que no pudiera hacer otra cosa que servirles. Castillo, Herrera, Gutiérrez, Novella y otros apellidos que la escuela recita como “empresarios visionarios” no esperaron a que el mercado los premiara. Estos, como los «próceres» de la independencia falsa, se aseguraron de que el mercado no pudiera premiar a nadie más si no a ellos. Eso es captura, no es competencia. Eso es de todo, menos libre mercado del que tanto habla Dionisio Gutiérrez en su programa Razón de Estado, programa que debería llamar «mercado capturado, sin razón de Estado».

La economía capturada se reconoce en un dato frío: la inversión privada en Guatemala es de las más bajas de América Latina. No porque les falte dinero, de hecho, les sobra. Hay consorcios con ganancias extraordinarias que reinvierten poco en maquinaria, en planta, en universidad tecnológica. Estos ricos guatemaltecos compran empresas afuera, carísimas, por cierto, especulan, colocan ahorros en cuentas externas y, aquí, levantan centros comerciales. Usan el agua a diestra y siniestra, tanto en sus fincas donde desvían ríos y abren pozos sin pagar nada de nada, así como en sus centros comerciales, enormes, por cierto. Ensamblan con franquicia y publicidad masiva. Cobran caro al consumidor, pagan barato al proveedor y no toleran sindicato alguno. Fuentes Knight es preciso: invierten en un mall, centro comercial, y no en una universidad tecnológica. Raramente exportan a mercados que exijan calidad de verdad porque realmente no cumplen normas de calidad.

Mientras tanto, cada año unos 200 mil jóvenes cumplen dieciocho años y apenas 40 mil encuentran empleo. Quedan más de 150 mil sin lugar. La mitad ya abandonó el diversificado. Esa no es “falta de cultura del trabajo”. Es el diseño para que no exista gente crítica. Lo mismo pasa con la desnutrición, y parece un diseño.

Estos dueños de la finca viven del mercado interno sin competencia seria —cerveza, cemento, gaseosas, bebidas, finanzas, energía, telecomunicaciones— y el Estado no le exige casi nada. La infantería, de la que habla Fuentes Knight y el Pueblo que llaman otros, yo entre ellos, sí compiten.

La política capturada es el otro lado del mismo trato. El Reglamento de Jornaleros, una ley para justificar la esclavitud, negociado bajo Justo Rufino Barrios con exportadores de café, no fue una ley de “orden”. Fue la cristalización del racismo emprendedor del siglo XIX: mano de obra indígena con poca o nula remuneración, camino y ferrocarril que pasaban por el ingenio del amigo. Este es un país de tratos donde los poderosos arrancan condiciones al Estado.

Después vino la época neoliberal, esto es, vinieron las privatizaciones de los noventa, que se presentan como «modernización» y luego, ya en este Siglo, viene el cinismo, la democratización del robo y la corrupción para que funcionarios públicos se hagan ricos con el dinero de nuestros impuestos y el manejo solapado del narco. A eso le llamaron la «nueva modernidad». Eso lo analizaré en la próxima entrada. Hasta entonces queridos lectores.

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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