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Me contaba mi tía que hace muchos años, en este pueblo, sucedieron escaramuzas entre liberales unionistas, como parte del movimiento que quería derrocar al presidente. Y como ya no se atinaba si eran de un banco o del otro, unos sujetos saqueaban las pulperías y llegaban al grado de abusar de las mujeres. El esposo de mi tía, español de origen, aprovechando el desnivel de su propiedad, fue de la idea de construir un gran caserón y en la superficie de abajo, apartó unos metros cuadrados a una bodega que serviría para guardar las pipas de madera para procesar vino. Cuando los protagonistas de la escaramuza andaban cometiendo fechorías, mi tía le pidió a su esposo, don Antonio Martínez, que refugiara en la bodega a su familia, para resguardarla de las atrocidades que andaban cometiendo los soldados, que después se supo que eran del gobierno. Don Antonio estaba seguro que a su casa no llegaría el saqueo, porque estaba protegida por la bandera española, que él colocó en lo alto de uno de los horcones del corredor norte. Esa protección dio resultado, porque los soldados tenían instrucciones de no crear un conflicto internacional; aunque el jefe de los unionistas sugirió que las personas se concentraran en la bodega, porque tenía informes que el gobierno enviaría un cañón y podía ser que se volaran de un cañonazo los dos pisos de arriba. Casi todos los familiares y empleadas se sentían seguros y protegidos por la ubicación de la bodega, con la única incomodidad de los murciélagos, que no solo hacían allí sus necesidades, sino que se la pasaban volando a toda hora, pues la oscuridad los confundía y creyendo que era de noche no dejaban de volar de un lado a otro. Cuando le pregunté a mi tía que para qué sirvió esa bodega, me contó que su esposo fabricaba vino a base de uvas cimarronas que se daban en los bejucales de Piedra Grande; pero, cuando yo conocí la bodega, solo estaban las pipas y gran cantidad de trebejos que ya no servían para nada. También me contaba mi tía que al siguiente día del inicio de la escaramuza, llevaron a tres heridos de bala, y no había otro lugar donde tenerlos, pues el padre Gaspar no quiso recibirlos en el convento, porque temía que los liberales podían asaltar el edificio de la iglesia, ya que no se les había quitado la inquina para con los curas y que venía desde 1871. Durante los días que duró la balacera, los heridos se quejaban del dolor de las heridas, quizá porque se les infectaron por los meados de los murciélagos; pero, en la madrugada del tercer día, fallecieron y los refugiados tuvieron que velarlos obligadamente, pues en las calles aún había peligro como para llevarlos al cementerio.  Nunca se supo con certeza de qué bando eran los muertos y cuando terminó la buruca, los de la familia salieron de la bodega y se fueron a sus casas, mientras los muertos, al fin, los llevaron al cementerio ya en estado de descomposición. Cuando mi tía me contó esa historia, empezó mi miedo a la bodega y sólo porque mi sobrino José Antonio me acompañaba a entrar al cuartón húmedo y oscuro, hediondo a meados y a guano de murciélago, yo me atrevía a entrar en la bodega, pues no fuera a ser que me aparecieran los espíritus de muertos, porque los enteraron sin que les rezaran un responso o una oración de despedida, que es la ayuda para irse para siempre. Como en el caserón de mi tía funcionaba una pensión, muchos años después de la escaramuza, yo me desempeñaba como conserje del negocio, con el encargo de dormir con un ojo abierto para abrirle la puerta a los huéspedes que iban al cine o al circo, y cabal que regresaban a media noche, que es cuando empiezan a salir los espantos. Para ajuste de penas, en una casa vecina que tenía ventanas en el segundo piso, les servían de nido a las lechuzas y a los tecolotes, que decían los antiguos que eran las brujas y los brujos de Guazacapán que se convertían en esas enigmáticas aves nocturnas que venían a anidar a Chiquimulilla. A consecuencia de esos miedos, yo me imaginaba que había diversos espantos. En el tercer piso, como era de madera, se oía que se arrastraban unos caites, como si alguien caminaba; pero, allí no estaba nadie. O, a veces empezaba a temblar la tilichera y se caían los tenedores y los cuchillos; pero, ya en la madrugada los tenedores y los cuchillos estaban en su lugar. Para ajuste de penas, en la pensión ocurrió que se envenenó una gringa y un huésped temporal mató a otro por estar jugándose bromas con un rifle calibre 22. Esos hechos vinieron a aumentar mis miedos a los espantos que yo tenía que soportar en las prolongadas noches de insomnio y de calor. Cuando me fui a estudiar la secundaria, me sentí liberado de los espantos, que de seguro son ficciones, pues dejé de servir de conserje de la casa donde estaba la bodega y los murciélagos. 

René Arturo Villegas Lara

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