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   Al cruzar el puente sobre el río Suchiate, con una pesada tristeza en el pensamiento, Alejandro cumplía la orden de su padre, don Porfirio Centeno, propietario de una farmacia en Guazacapán, quien prefería que su hijo se fuera a otro Estado, a cambio de que no contrajera matrimonio con Evangelina, solo por ser vecina de Chiquimulilla. Esa era la única razón de su oposición. Don Porfirio, primero recurrió a los brujos para lograr que mediante sus conjuros del inframundo se lograra que Alejandro desistiera de casarse con Evangelina, porque no era oriunda del pueblo de las flores. Alejandro le contestó que su novia ya estaba pedida y que en la iglesia se habían leído las amonestaciones. Pero, el padre, porfiado, insistía al decirle: “Aquí nos casamos tu madre y yo; y aquí naciste vos y todas tus hermanas; de manera que cuando a cada uno le llegue la edad de merecer, deben buscar pareja en este pueblo, para que yo pueda conocer nietos y por las tardes del verano sentarme con ellos en la banqueta para contarles cuentos de don Chevo”. Además, le advertía que podía desheredarlo si no le obedecía, pues un abogado que llegaba a escriturar los sábados, le dijo que ese era motivo para no dejarle nada, pues así estaba previsto en la ley. Las advertencias lograron que en Alejandro pudiera más la ambición por la herencia, que el amor añejo que tenía con Evangelina. Entonces, sin decir agua va, decidió largarse a México, aunque allí no conociera a nadie. Sin saber lo de la partida de Alejandro, la familia de Evangelina había organizado una gran fiesta, pues la fecha del enlace sería en el mes de diciembre, cuando en todos cunde una sensación de alegría. Los padrinos estaban apalabrados; el novillo estaba encorralado y listo para sacrificarlo, para que en el almuerzo se sirviera carne asada. A doña Matías, la cocinera famosa de todos los alrededores, se le contrató para que preparara unos chompipes rellenos y, para que todo estuviera acorde a la costumbre, la marimba doble de don Lencho Colindres estaba contratada y pagado el adelanto. Evangelina había ido a la capital a comprar su vestido blanco en las tiendas del pasaje del Portal del Comercio y como allí hay joyerías, aprovechó para comprar las argollas y que les grabaran la fecha del casamiento, que sería el ocho de diciembre. En los días anteriores a la boda, había que hacer los preparativos de rigor y lo raro era que Alejandro no se asomaba ante la novia. Todos ignoraban la razón de su ausencia, menos Evangelina, pues tenía una leve sospecha de que Alejandro fuera hombre sin palabra. Mientras tanto, él ya vagaba por las calles y avenidas del Distrito Federal, en busca de un tal chino Castañás, pues don Porfirio le dijo que él le podía conseguir alguna chamba, pues le debía unos favores que los debía de aprovechar porque su futuro era la de un ilustre desconocido que había llegado sin autorización de Migración. Cuando ya había entrado en la desesperanza, al fin localizó al tal chino, resultando que tenía un puesto de venta de tacos en los alrededores del teatro Blanquita. Al presentársele como hijo de don Porfirio Centeno, el chino se recordó que ese señor le había prestado doscientos pesos para irse a México, cuando lo acusaron de fabricar guaro clandestino, un delito tan grave como es hoy traficar mariguana; y como presumía de ser una persona agradecida y responsable de cumplir con sus obligaciones, esa era la oportunidad de pagar la deuda protegiendo al hijo de don Porfirio. Para principiar, le preguntó si podía hacer tacos; pero, Alejandro respondió que lo que hacía en Guatemala era estudiar para farmacéutico. Bueno, le contestó el chino, eso aquí no te sirve para ni miércoles, así que ponte este delantal y a repartir los tacos que pidan los clientes. Eso sí, los tratas con cortesía y educación, porque los mejicanos son protestones como la chingada. Así que, Alejandro, de estar mezclando polvos en los morteros para fabricar pastillas, pasó a caminar de mesa en mesa repartiendo tacos y agua de tamarindo. Mientras eso sucedía en México, Evangelina principió a inquietarse por la ausencia repentina de Alejandro, pues a pocos días la boda, ni visto ni oído. Pero, pensó que tal vez andaba en la capital comprando el casimir y buscando sastre que le confeccionara el terno negro que luciría en la ceremonia, ignorando que su prometido estaba en México, por razones que no tenían nada que ver con sus promesas de amor. Como esos son hechos que en los pueblos se riegan como quemar un zacatal en verano, una hermana de Alejandro le contó la verdad a Evangelina, con el ruego que no dijera que ella se lo había contado; pero, que lo cierto era que su hermano se había ido a México. Entonces Evangelina comprobó su sospecha sobre la timidez de Alejandro y su ambición por la herencia, que lo convertía en un hombre débil de carácter, que carecía de fuerza de voluntad para desobedecer lo que le exigía don Porfirio. En esos días se hizo popular el bolero de Elena Valdelamar “Mucho Corazón”, que Evangelina repetía: “Yo para querer no necesito una razón, me sobre mucho, pero mucho corazón”. Y cuentan que al comprobarse la verdad, la familia también se enteró de lo que le sucedía a Evangelina, pues era cierto que Alejandro se había largado al extranjero, para no contraer matrimonio, pues pudo más la razón de la ambición que la promesa de amor de hacía muchos años. Entonces, Evangelina entró en depresión, al grado que el papá escondió la escopeta y la mamá guardó los cuchillos, no fuera a ser que se quitara la vida. Semanas después, el estado anímico de la novia frustrada se fue agudizando; no probaba bocado ni bebía las infusiones de azahares de naranjo que le preparaban. Sólo se mantenía llorando, encerrada en su cuarto escuchando en un tocadiscos el bolero “Mucho Corazón”, hasta que el disco terminó rayado. Al final, dicen que enfermó de dolencias difíciles de diagnosticar, aunque se creyó que la tristeza le causó la muerte. Treinta años después, al fallecer don Porfirio, Alejandro regresó de México, para encontrar que la farmacia la había clausurado Sanidad Pública y la casa donde estaba el negocio la habían rematado por una deuda con una droguería. Entonces quiso buscar consuelo con Evangelina y decidió buscarla para pedirle perdón por su cobardía. Pero, cuando llegó a Chiquimulilla, los vecinos le contaron que ella había muerto hacía muchos años. Entonces agarró camino al cementerio, con un ramo de rosas y de siempre vivas que colocó sobre la tumba, en donde derramó un río de lágrimas que ya no servían para nada. Después, Alejandro se dedicó al aguardiente, se largó de Guazacapán, sin darle explicaciones a la familia, para que nadie supiera de su paradero, pues su destino se había torcido desde hacía muchos años. Una mañana, los barrenderos del parque central lo encontraron muerto en una banca debido a una congestión alcohólica y se le identificó como Alejandro Centeno, porque en la bolsa de la camisa, toda deteriorada, portaba su cédula de vecindad.

René Arturo Villegas Lara

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