La banalización de las redes sociales afecta de distintas maneras a las infancias, adolescentes y adultos. Imagen La Hora: Roberto Altán.
La banalización de las redes sociales afecta de distintas maneras a las infancias, adolescentes y adultos. Imagen La Hora: Roberto Altán.

Cada día me asombro más al ver en redes sociales y en todo el internet, una verdadera industria de producción masiva donde miles de videos diarios, sistemáticos e hiperproducidos, nos muestran una infancia reclutada en audio y video para opinar, juzgar y pontificar sobre absolutamente todo lo que compete al mundo adulto: política, economía, relaciones de pareja, crisis sociales, moda y estilo de vida.

Cuando un formato se masifica de esta manera, los expertos en educación y psicología advierten que deja de ser una diversión para convertirse en un síntoma cultural profundo, que acarrea impactos preocupantes, de los cuales quiero destacar tres.

El primero de ellos tiene que ver con la banalización de la complejidad social:

Cuando un niño actor, de pocos años, repite un guion sofisticado sobre temas complejos (inflación, polarización política y desamor), el mensaje implícito para la sociedad es que los grandes problemas del mundo pueden reducirse a un eslogan gracioso, a un meme o a una ocurrencia estética a tomarlos no tan en serio. Se vacía el debate público de rigor y se reemplaza por el entretenimiento puro. El niño y el adolescente deforman la importancia y el contexto de los problemas, abasteciéndose de protoimágenes que consolidan su interpretación de lo que son y de cómo deben atenderse las dificultades de la vida cotidiana. En el adulto, estos formatos le permiten restarle importancia a la realidad de su propia problemática.

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El segundo tiene que ver con la fábrica serializada de «gracia prestada»:

Detrás de esos miles de videos diarios hay una maquinaria de repetición. El niño ya no expresa una chispa espontánea; cumple una cuota de contenido repetitivo. El niño y preescolar observador de esos videos, que a la vez es espectador y compañero del que escenifica, sufre una distorsión en su autoimagen y en sus expectativas de conducta. Al consumir amigos y compañeros ficticios hiperreales que operan bajo guiones prefabricados, el niño interioriza que el valor personal y la aceptación social dependen del rendimiento ante la cámara, sustituyendo el juego libre y la exploración espontánea por la búsqueda precoz de validación externa.

De esto tampoco se salvan el adolescente y el adulto. En el primero, este fenómeno actúa como un moldeador de la identidad digital y la socialización vicaria. La exposición constante a plantillas de comportamiento altamente estetizadas, pero vacías de contenido genuino y parcialidad de realidad, fomenta la ansiedad comparativa, la mercantilización de la propia intimidad y la fatiga por sobreexposición a estímulos homogéneos que prometen una falsa cercanía. En el adulto, consolida una anestesia empática y una normalización de la explotación institucionalizada de la vulnerabilidad. El consumo pasivo de este flujo serializado, alimenta una demanda automatizada que desensibiliza al espectador maduro, convirtiéndolo en cómplice involuntario de un sistema de consumo donde la inocencia ajena es el combustible de su propio entretenimiento cotidiano.

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En todos los casos, se establece una línea de montaje donde la inocencia es la materia prima que se procesa a diario para mantener vivo el apetito insaciable del consumo de este producto.

El tercer elemento se relaciona con la saturación del paisaje digital:

Al volverse omnipresentes, estos videos normalizan de forma absoluta la vulneración. Ya no extraña verlos; al contrario, la sociedad los consume como un contenido más de la dieta diaria, logrando que la explotación sutil de la infancia pase desapercibida bajo el barniz de la «creatividad moderna».

La saturación continua del paisaje digital con la «gracia prestada» normaliza la vulneración hasta convertirla en paisaje cotidiano, alterando la percepción ética del observador según su madurez y edad:

  • En el niño: Distorsiona los límites de la privacidad y el consentimiento desde el origen de la vida. Al observar que la exposición íntima es el estándar de la vida social y digital, el menor asume como natural que su propia intimidad carece de valor intrínseco y que ser observado y comercializado es un requisito de la convivencia moderna.
  • En el adolescente: Anula el juicio crítico frente a la mercantilización de la vulnerabilidad. Envuelto en un entorno donde la sobreexposición es sinónimo de relevancia, el adolescente normaliza dinámicas de vigilancia y consumo donde el bienestar emocional propio y ajeno, queda subordinado al aplauso digital y la viralidad.
  • En el adulto: Produce una habituación perniciosa y una disociación moral colectiva. El consumo automatizado de este flujo vacía de indignación al espectador maduro, quien termina por convalidar la explotación como simple entretenimiento inofensivo, incapacitado para reconocer la erosión ética que ocurre bajo la fachada de la modernidad tecnológica.

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En la actualidad, este fenómeno ha dejado de ser una colección de anécdotas aisladas, para convertirse en una producción masiva e institucionalizada de miles de videos diarios, cuyo impacto sacude los cimientos de la ética, la moral y el compromiso social.

Debemos tomar conciencia de que la asimilación de este entorno digital de «gracia prestada» transforma profundamente el sustrato formativo en las distintas edades, erosionando las bases conceptuales desde las cuales el individuo comprende su lugar en la comunidad y el de esta en él. Al subordinar el bienestar emocional al aplauso y la viralidad, el impacto en la persona se manifiesta en dimensiones críticas:

  • La mutación del vínculo social en transacción mercantil: Los niños y los adolescentes, principalmente, dejan de concebir la alteridad y la convivencia como espacios de reconocimiento mutuo o solidaridad, reinterpretándolos bajo una lógica estrictamente utilitaria de diversión. El otro deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en una métrica, un espectador o un recurso de validación, vaciando de contenido ético el tejido comunitario.
  • La colonización de la subjetividad y el «yo»: La lectura superficial y masiva de la intimidad que transmiten estos videos, fragmenta la identidad en todas las edades. Al asumir como normal que la propia vida sea consumida y reducida a un estereotipo rápido, la identidad de la persona ya no se construye mediante la reflexión personal, la convivencia real o la libertad de conciencia, sino que se amolda a lo que las plataformas y las pantallas exigen para mantenerse en el flujo continuo del entretenimiento.
  • La atrofia de la ciudadanía reflexiva: La superficialidad del contexto y la rapidez de respuesta que se imponen en las pantallas, erosionan la profundidad del análisis. Esto reduce los problemas complejos a reacciones automáticas que debilitan la capacidad de juicio frente a la realidad y disuelven la aptitud para procesar proyectos colectivos de largo aliento o tensiones sociales complejas. El niño y el joven se forman bajo el paradigma de la inmediatez efímera, incapacitados para articular una conceptualización crítica de las problemáticas de la vida diaria y de las estructuras de poder que mercantilizan su propia existencia.

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No obstante, lo señalado, la escasez de investigación empírica profunda sobre este fenómeno es sintomática de la velocidad con la que los mediadores tecnológicos han reconfigurado el espacio público, dejando a las ciencias sociales y a la salud mental corriendo detrás de una maquinaria de mercantilización que opera a escala masiva.

La producción ininterrumpida de contenidos triviales no solo satura el presente, sino que imposibilita la acumulación de evidencia científica a largo plazo, sobre el desgaste cognitivo y afectivo en las nuevas generaciones. Sin embargo, esto no es excusa para omitir la acción; ante la falta de datos consolidados, urge realizar un esfuerzo conceptual para desmantelar cómo el sistema de pantallas procesa la intimidad humana y transforma la vulnerabilidad en un insumo más de la economía digital.

Alfonso Mata
Médico y cirujano, con estudios de maestría en salud publica en Harvard University y de Nutrición y metabolismo en Instituto Nacional de la Nutrición “Salvador Zubirán” México. Docente en universidad: Mesoamericana, Rafael Landívar y profesor invitado en México y Costa Rica. Asesoría en Salud y Nutrición en: Guatemala, México, El Salvador, Nicaragua, Honduras, Costa Rica. Investigador asociado en INCAP, Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubiran y CONRED. Autor de varios artículos y publicaciones relacionadas con el tema de salud y nutrición.
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