Desde que aparecieron las redes sociales como tal, las vidas de todas las personas han cambiado, la comunicación se volvió mucho más rápida, más fluida. Cada persona tiene a la mano con solo presionar una tecla digital el acceso de la información. Esta información puede crearse criterios o bien opiniones personales de lo que cada uno recibe y lee en su pantalla de los móviles y aparatos electrónicos. Para analizar correctamente —especialmente cuando hablamos de política y redes sociales— conviene clasificarla, porque no toda la información que circula tiene el mismo grado de confiabilidad ni la misma intención, pero veamos qué es lo que cada uno de nosotros recibe a diario en las redes sociales, dentro de los cuales podemos identificar: 1. Información periodística, es la información producida por medios de comunicación y periodistas: Noticias nacionales e internacionales, Investigaciones periodísticas, Entrevistas y reportajes, Crónicas, Análisis y columnas de opinión, y Cobertura de acontecimientos en tiempo real, pero en la mayoría de veces los mismos usuarios se han convertido de reporteros de tiempo real, que transmiten en vivo los hechos y situaciones de la vida diaria. 2. Información oficial e institucional, proviene directamente de instituciones y organismos: Comunicados gubernamentales, Leyes y decretos, Resoluciones judiciales, Estadísticas oficiales, Informes institucionales, Conferencias de prensa, Comunicados de partidos políticos, Declaraciones de funcionarios y notificaciones varias de hechos y acontecimientos de hechos que nos interesan y del diario vivir.
Esta fuente puede ser muy valiosa, aunque que una información sea oficial no significa automáticamente que sea imparcial. Una institución también puede presentar los hechos desde su propia perspectiva. 3. Opinión y análisis: Acá encontramos: Editoriales, Columnas de opinión, Blogs, Podcasts, Videos de análisis, Comentarios de periodistas, Análisis de expertos y Opiniones de ciudadanos. El problema aparece cuando una opinión se presenta como si fuera un hecho. 4. Información generada por los usuarios, que es una de las características principales de la era digital: Publicaciones de Facebook, Tweets o publicaciones en X y Videos de TikTok, Historias de Instagram, Facebook y Redes Sociales, Comentarios, Fotografías, Memes y Testimonios personales y Videos grabados por ciudadanos. Esta información puede ser extraordinariamente útil —por ejemplo, cuando un ciudadano graba un acontecimiento que está ocurriendo—, pero también puede estar fuera de contexto, manipulada o ser completamente falsa. 5. Publicidad y propaganda. Aquí entramos directamente al terreno político. Podemos encontrar: Publicidad comercial, Publicidad política, Propaganda electoral, Campañas de imagen, Campañas de desprestigio, Contenido patrocinado, Mensajes de influencers, y Publicaciones aparentemente espontáneas que podrían tener detrás un interés económico o político.
Acá la pregunta fundamental es, y ¿Quién está pagando para que yo vea esto?
- Desinformación Es información falsa o engañosa que puede circular como verdadera: Noticias falsas las llamadas fake news, Fotografías manipuladas con Inteligencia Artificial, Videos editados, Citas inventadas, Estadísticas falsas, Titulares engañosos, Audios falsificados, Información antigua presentada como actual. Aquí también debemos distinguir entre desinformación intencional y personas que simplemente comparten algo falso porque creen que es verdadero 7. Información manipulada. Esta es particularmente importante para entender la política moderna. No necesariamente se inventa toda la información. A veces se toma un hecho verdadero y se presenta de manera selectiva para producir una determinada interpretación. 8. Contenido emocional Las redes están llenas de contenidos diseñados para provocar una reacción: Miedo, Ira, Indignación, Patriotismo, Esperanza, Odio, Solidaridad, Vergüenza, Mensajes llenos de Racismo o discriminación. Este tipo de contenido tiene enorme capacidad de viralización porque la emoción suele viajar más rápido que la comprobación de los hechos. 9. Información generada mediante inteligencia artificial Cada vez encontramos más: Imágenes creadas artificialmente, Videos deepfake, Voces clonadas, Textos generados por IA, Fotografías inexistentes, Declaraciones falsas atribuidas a personas reales. Esto introduce un nuevo problema: ya no podemos asumir que una fotografía, un audio o un video constituye por sí mismo una prueba de que algo ocurrió.
Por ello la política dejó de librarse únicamente en las plazas públicas, en los congresos, en los tribunales o en los medios de comunicación tradicionales. Hoy, buena parte de la batalla política se libra en la pantalla de un teléfono. Y en esa nueva arena, muchas veces no gana quien tiene los mejores argumentos, sino quien consigue imponer la narrativa que millones de personas terminan repitiendo. Las redes sociales transformaron la manera de hacer política. Democratizaron la comunicación y permitieron que cualquier ciudadano pueda expresar una opinión, denunciar un abuso o cuestionar al poder. Pero también crearon un terreno fértil para la manipulación, la desinformación y la construcción artificial de realidades políticas. El problema no es que existan diferentes opiniones. El problema aparece cuando una opinión cuidadosamente diseñada comienza a presentarse como un hecho; cuando una mentira repetida miles de veces adquiere apariencia de verdad; cuando una acusación sin pruebas se convierte en una condena social y cuando una persona termina siendo juzgada no por lo que hizo, sino por la narrativa que se construyó sobre ella.
La política de la repetición
Una de las herramientas más poderosas de la propaganda política no es necesariamente la mentira sofisticada. Es la repetición, una misma frase, un mismo calificativo, una misma acusación o una misma interpretación puede aparecer cientos o miles de veces en Facebook, TikTok, X, Instagram, YouTube y WhatsApp. El ciudadano recibe el mismo mensaje desde diferentes cuentas y puede llegar a creer que está frente a una opinión generalizada y espontánea. Pero la aparente espontaneidad puede ser engañosa.
Detrás de determinadas campañas digitales pueden existir equipos de comunicación, operadores políticos, páginas coordinadas, cuentas automatizadas, influencers, grupos organizados y personas cuya función consiste precisamente en amplificar un determinado mensaje.
Así nace una ilusión peligrosa: hacer parecer que una idea surgió naturalmente de la sociedad cuando, en realidad, pudo haber sido diseñada para producir una determinada reacción social.
El algoritmo tampoco es neutral
Las redes sociales no muestran necesariamente aquello que necesitamos saber. Nos muestran aquello que probablemente nos mantendrá mirando. El algoritmo aprende qué nos indigna, qué nos emociona, qué nos provoca miedo y qué confirma nuestras propias ideas. Si una persona consume contenido contra determinado político, recibirá probablemente más contenido contra ese político. Si consume contenido favorable, recibirá más contenido favorable. Poco a poco, el ciudadano puede quedar encerrado en una especie de burbuja informativa en la que casi todos parecen pensar igual. Y entonces ocurre algo preocupante: la percepción sustituye a la realidad. No importa necesariamente qué ocurrió. Importa qué versión del acontecimiento logró mayor difusión.
El nuevo tribunal de las redes
Las redes sociales también han creado un tribunal sin jueces, sin expediente y muchas veces sin derecho de defensa. Una fotografía fuera de contexto, un video de pocos segundos, una conversación incompleta o una acusación anónima pueden desencadenar una condena pública. En cuestión de horas, una persona puede ser convertida en héroe o villano. La sentencia puede llegar antes que la investigación. Y cuando posteriormente aparecen nuevos datos que contradicen la primera versión, el daño ya está hecho. La rectificación rara vez alcanza la misma velocidad que la acusación. Ese es uno de los grandes peligros de la política digital: la velocidad de la indignación es mucho mayor que la velocidad de la verdad.
La emoción es el arma preferida
Las campañas políticas más eficaces suelen comprender una regla elemental: las personas no comparten únicamente información; comparten emociones. Por eso funcionan especialmente bien los contenidos que provocan miedo, indignación, odio, orgullo o esperanza. Una publicación que dice «esto ocurrió» puede tener determinado impacto.
Pero una publicación que dice «nos están engañando», «nos quieren quitar nuestros derechos», «ellos son los culpables» o «solo nosotros podemos salvar al país» puede movilizar emociones mucho más profundas. La política entonces deja de discutir propuestas y comienza a fabricar enemigos. El adversario deja de ser alguien que piensa diferente y se convierte en una amenaza. Y cuando el adversario es presentado como una amenaza, cualquier ataque contra él puede llegar a justificarse.
Guatemala no está fuera de esta realidad
Guatemala también enfrenta esta transformación de la política. Las redes sociales tienen una enorme capacidad para influir en la conversación pública, especialmente en un país donde millones de ciudadanos reciben buena parte de la información política directamente desde sus teléfonos. Esto obliga a periodistas, políticos, ciudadanos e instituciones a asumir una responsabilidad mucho mayor.
No podemos convertir cada publicación viral en una noticia.
No podemos confundir tendencia con verdad.
No podemos creer que miles de comentarios necesariamente representan a la mayoría de los guatemaltecos. Y tampoco podemos aceptar que la popularidad digital sea utilizada como sustituto de la evidencia. Una democracia saludable necesita ciudadanos capaces de preguntar: ¿quién está contando esta historia?, ¿qué intereses tiene?, ¿qué información falta?, ¿existen pruebas?, ¿quién se beneficia de que yo crea esto?
El peligro de las «verdades prefabricadas» Quizá uno de los mayores peligros de nuestra época sea que ya no necesitamos censurar la información para controlar la conversación.
Basta con inundarla. Cuando existen miles de publicaciones, videos, comentarios, memes y mensajes circulando simultáneamente, distinguir la información verdadera de la manipulada se vuelve cada vez más difícil. La saturación informativa puede convertirse, paradójicamente, en una forma de desinformación. No necesariamente se pretende que el ciudadano crea una mentira específica. A veces basta con generar tanta confusión que termine pensando que nadie dice la verdad. Y una sociedad que deja de creer en la verdad queda extraordinariamente vulnerable a la manipulación.
El ciudadano tiene también una responsabilidad
No todo es responsabilidad de los políticos, de los medios o de las plataformas. El ciudadano también tiene una obligación. Antes de compartir una acusación debemos preguntarnos si es cierta. Antes de condenar debemos conocer el contexto. Antes de convertir un video viral en prueba debemos saber quién lo produjo, cuándo fue grabado y qué ocurrió antes y después de los segundos que estamos viendo, esto sobre todo cuándo el mismo es sobre la desnudez o intimidad de personas que se graban teniendo relaciones sexuales o intimas, y por alguna y otra razón se hizo viral. Y, sobre todo, debemos aprender a desconfiar de aquello que confirma exactamente lo que ya queríamos creer. Porque la manipulación más eficaz no es aquella que nos obliga a creer algo que rechazamos. Es aquella que nos ofrece exactamente la historia que queremos escuchar.
La democracia necesita ciudadanos difíciles de manipular
Las redes sociales no son enemigas de la democracia. Pueden ser una extraordinaria herramienta para fortalecerla. El problema aparece cuando dejamos de utilizarlas para informarnos y comenzamos a utilizarlas únicamente para confirmar nuestras posiciones.
La solución tampoco es silenciar las redes ni establecer controles políticos sobre lo que los ciudadanos pueden decir. La solución es mucho más difícil: crear una sociedad con mayor educación mediática, mayor capacidad crítica y menor disposición a compartir información sin verificarla. En una democracia, la libertad de expresión incluye el derecho a equivocarse.
Pero una democracia madura también exige el deber ciudadano de verificar. Porque cuando la política consigue que dejemos de preguntar «¿es verdad?» y nos conformemos con preguntar «¿esto favorece a los míos?», la manipulación ya ganó. La batalla política del siglo XXI no se libra solamente por conquistar votos. Se libra por conquistar la percepción de los ciudadanos. Y quien controla la narrativa no necesariamente controla la verdad. Por ello usted analice y tome las cosas de donde vienen y quién las publica, cuestiónese usted primero.







