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El amor se presenta en una y ocho mil millones de formas. El amor entre humanos es, fundamentalmente, una práctica social mediada por la cultura del momento. El amor ágape —amor de amistad, amor basado en principios— es la capacidad humana de conectarse, de encontrarse, de complementarse, de construirse y de apoyarse sin caer en el idealismo de la perfección.

Eso lo escribí hace casi un año aquí en La Hora. Hoy lo repito porque los números confirman lo que ya se sentía: la amistad se está desmoronando y el mercado se apresura a venderla como lujo. Las redes sociales en general fingen amistades y el tiempo en nuestros celulares aumenta para quitarle el tiempo a la amistad de antes. Sí, la amistad parece algo de antes. 

En efecto, yo que nací en la década de 1960, con una infancia en escuelas públicas, recuerdo con claridad a mis amigos. Entonces, en la Colonia Molina de Quetzaltenango, justo a las faldas de una montaña llamada Baúl en frente de un campo lleno de viejos pinos y cipreses, que fueron los territorios de exploración y el espacio para hacer amigos. No había soledad, no había tiempo para eso. Los días eran muy cortos. Luego en la secundaria y el bachillerato en el INVO de Quetzaltenango, fue de las épocas más hermosas de mi vida, fue el despertar matemático y la amistad alrededor de las pocas tareas escolares y muchas tareas sociales que nos autoimponíamos. Fue la llegada del amor romántico y de las confidencias, fue el despertar en todo. No había tiempo para la soledad. 

Ya luego la universidad, si, la de San Carlos, fue el despertar total. Años de estudio y parranda, años de tener amigos capaces de guiarme, corregirme, mejorarme. Pero siempre había amigos, siempre. No había tiempo para la soledad. Luego el trabajo y los amigos laborales como en la transición de adolescente a adulto. Luego, en Panamá, en la universidad y fuera de ella, también encontré amigos del alma, mi sorpresa fue en Estados Unidos. Al ya tener un año estudiando, no percibía a amigo alguno. Había uno, y le dije, platiquemos. Él sacó su agenda y me dijo qué día y hora quería. Ya Estados Unidos se percibía como un lugar árido para la amistad nuestra, latinoamericana, nuestra. Los datos lo confirman ahora.

En Estados Unidos, según datos recientes de Gallup, entre el 18% y el 21% de los adultos dicen haber sentido soledad “gran parte del día de ayer”. Entre los jóvenes de 15 a 34 años, el 25% de los hombres reporta esa misma soledad diaria, una cifra más alta que la de las mujeres de su edad y una de las más elevadas entre los países de altos ingresos. La AARP (American Association of Retired Persons) señala que el 40% de los adultos de 45 años o más se siente solo, un aumento respecto al 35% de hace unos años.

¿Y los amigos? Un estudio de Pew Research Center muestra que el 8% de los estadounidenses declara no tener ningún amigo cercano. El 53% dice tener entre uno y cuatro, y solo el 38% afirma tener cinco o más. Hace tres décadas, en 1990, apenas el 3% decía no tener amigos cercanos; hoy esa cifra se ha multiplicado.

Entre los hombres sin título universitario —precisamente el grupo que el informe Nobody to Call de Sam Pressler y Soren Duggan analizó— casi un cuarto reconoce no tener ningún amigo cercano. En las 30 entrevistas en profundidad de ese informe, casi la mitad de los hombres no tenía ninguno y seis solo tenían uno. “No tengo a nadie que me haga sentir que soy importante para esa persona”, dijo uno de ellos.

El tiempo dedicado a los amigos también se ha reducido. Según la American Time Use Survey, el tiempo promedio diario de interacción social con amigos pasó de 60 minutos en 2003 a 34 minutos en 2019, y siguió cayendo. El promedio semanal de socialización con amigos y conocidos ronda las 6 horas (semanal). Muchos hombres reportan invertir apenas unas cuatro horas a la semana en mantener sus amistades, la mayor parte por mensaje o llamada, no en persona.

Estos números no son exclusivos de Estados Unidos. A nivel mundial, Gallup estima que alrededor del 24% de las personas se sienten “muy” o “bastante” solas. La Organización Mundial de la Salud calcula que una de cada seis personas en el planeta sufre de soledad. En Brasil, hasta el 50% de los adultos dice sentirse solo a menudo, siempre o a veces; en Turquía e India las cifras superan el 40%. En Países Bajos, Holanda, o Japón las tasas son mucho más bajas. La soledad no es solo un problema de países ricos: en las naciones de bajos ingresos la prevalencia puede ser aún mayor

En Guatemala no necesitamos importar todos estos datos para reconocernos, aunque sería bueno tenerlos si algún día despiertan los sociólogos guatemaltecos. La precariedad laboral, las horas en el tráfico en las ciudades, los horarios imposibles, la migración y el debilitamiento de las instituciones cívicas producen el mismo efecto: redes que se deshilachan hasta convertirse en silencio. La amistad, que debería ser el amor más libre y menos posesivo, se transforma en producto de pocos. En la siguiente entrada exploraré más detalles de esta triste pérdida: la amistad. 

Nota: Para escribir este artículo me he beneficiado del informe Nobody to Call y del artículo del New York Times del 19 de agosto 2026 de Christian Amba: Status defines friendship for too many Americans.

Fernando Cajas

Fernando Cajas, profesor de ingeniería del Centro Universitario de Occidente, tiene una ingeniería de la USAC, una maestría en Matemática e la Universidad de Panamá y un Doctorado en Didáctica de la Ciencia de LA Universidad Estatal de Michigan.

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