Pluribus es una nueva serie de televisión cuyo nombre se inspira en la frase en latín E pluribus unum (“de muchos, uno”), presente en el sello oficial de EE. UU. Sin dar muchos detalles de la trama (pues vale la pena que la vean), la premisa se puede resumir más o menos así: si pudiéramos deshacernos de todas las diferencias entre humanos, todos compartiéramos las mismas ideas, sensaciones y deseos, seguramente desaparecería el egoísmo, la discriminación y el conflicto. El mundo se volvería, objetivamente, mucho mejor. ¿Es esto a lo que debemos aspirar? ¿Sería mejor si nos deshiciéramos de la diversidad y la individualidad en aras de la paz?
No sé si fue la intención del creador, pero estos temas son particularmente relevantes en nuestra era de la IA.
Las generaciones de la IA se han vuelto ubicuas: en el material publicitario, especialmente de individuos o pequeñas empresas, los afiches generalmente tienen ese extraño tono amarillezco, la misma tipografía (con letras grandes y rellenas de color, pero de una forma imperfecta, con puntitos o rayas “no pintados”), y una composición saturada: llenos de información, símbolos y texto en diferentes tamaños y subrayados. En redes sociales vemos cientos de fotos “profesionales” con el mismo fondo, iluminación y ángulo. Cada vez aparecen más escritos con el signo de puntuación de la raya (—), las construcciones antitéticas (“no es X, sino Y”), y las cursivas.
Debo admitir que esto no es completamente nuevo. Es incuestionable que las redes sociales dieron lugar a cierta homogeneización cultural, pues ser “exitoso” en estas plataformas siempre ha requerido “cumplir” con ciertas reglas sobre las ficciones que creamos: la estética de los “feeds” o los audios de las “stories” en Instagram (no conozco a una sola persona que haya viajado a NY sin subir una historia con la canción de Alicia Keys), la optimización de texto para los buscadores, o las plantillas de Canva.
Pero encajar en la monocultura requería esfuerzo: alterar las fotos, escoger la mejor canción, reescribir el texto para Google, modificar los colores de la plantilla. La intencionalidad humana con la que tratamos de encajar y, a su vez, destacar, hacía que, consciente o subconscientemente, le agregáramos nuestro toque único a cada publicación, párrafo o afiche.
Esto está dejando de pasar. Ya no es necesario un fotógrafo o un poco de creatividad para obtener una foto profesional, solo se lo pides a la IA. Ya no es necesario revisar tu texto para asegurar que sea accesible y entendible, solo se lo pides a la IA. Ya no es necesario usar Canva para hacer un anuncio para tu negocio, solo se lo pides a la IA. La producción cultural se vuelve homogénea por defecto, no por esfuerzo.
Claro, en paralelo existe una discusión importante sobre cómo la IA también puede servir como “igualadora”: ahora no sólo quienes puedan pagar tendrán fotos o afiches “profesionales”. Pero la democratización de la producción no elimina el problema de la homogeneización de lo producido.
¿Y quienes no usan la IA?
Imagino que algunas personas que leen esta columna se sentirán satisfechas por no usar IA, pensando que están manteniendo su identidad y que, si la usan, nunca es para la autoexpresión. La mala noticia es que tampoco están a salvo.
A los humanos nos encanta la imitación. Tendemos a asemejarnos a aquellas personas (y cosas) con las que tenemos contacto: nuestros artistas y equipos favoritos los solemos adoptar de nuestros padres, nuestra ideología política y sentido de la moda los encontramos en los salones de clases. Mientras más frecuente es la interacción, más probable es que imitemos.
Hoy en día, la interacción más frecuente de muchas personas es con la IA. Sin mencionar a quienes han caído en la psicosis autoinfligida de tratarla como amiga o terapeuta; pensemos en quienes sólo la usan como herramienta: ¿Cuántas veces al día le “hablan” a ChatGPT o Claude? Para quienes no la usan activamente: ¿Cuántas veces han Googleado y encontrado la respuesta en el AI Overview que ahora aparece al inicio de cada búsqueda? ¿Cuántos correos, publicaciones y mensajes han leído sin saber que fueron escritos con IA? El texto generado artificialmente se está volviendo la fuente principal de texto en internet.
Todos estamos entrando en contacto frecuente con la misma forma de escribir y de expresarse: las rayas, la antítesis, las cursivas, los colores cálidos pastel, las imágenes con el punto focal perfectamente centrado.
Esta exposición masiva a creaciones artificiales nos influenciará. Subconscientemente adoptaremos esos estilos de escritura que vemos tan frecuentemente, o las paletas de colores que sean más comunes; la estética de cómo se debe ver una foto “profesional”; o el estilo argumentativo de esa pequeña aplicación que lo sabe todo. El problema ya no es que la IA escriba como nosotros, es que nosotros estamos escribiendo como la IA.
La cultura se está homogeneizando. Todo está empezando a verse igual, sonar igual, leerse igual. Peor aún, esto ni siquiera nos está llevando a un mayor entendimiento, empatía o solidaridad entre humanos, sino simplemente a un mundo más monótono, cómodo e insincero.







