(Este artículo nace de mí lectura del artículo de Walter del Cid: Normalizar las irregularidades en la Usac, del 11 de agosto 2026 aquí en La Hora).
Hay una forma sutil y peligrosa de ejercer el poder: convertir lo irregular en costumbre. Hacer que lo que empezó como fraude o incumplimiento se vuelva “lo normal”, algo que ya no se discute y simplemente se hace. Eso es lo que ocurre hoy en la Universidad de San Carlos de Guatemala.
El 1 de julio de 2026, Walter Mazariegos apareció en un video anunciando el inicio de su segundo periodo como rector. En ese momento no tenía el finiquito de la Contraloría General de Cuentas. La Dirección de Asuntos Jurídicos de la universidad afirmó que ese documento no era necesario según la Ley Orgánica de la Usac. Sin embargo, la Ley de Probidad y Responsabilidades de los Funcionarios Públicos es clara: es de orden público, de observancia general y aplica también a las entidades autónomas. Solo después, por orden de una sala judicial, Mazariegos “obtuvo” el finiquito.
No se trata solo de un papel. Se trata de un intento de acostumbrarnos a que las reglas se interpreten a conveniencia. Cuando una irregularidad se repite y se defiende con argumentos jurídicos selectivos, deja de parecer un problema y empieza a parecer “la forma en que se hacen las cosas aquí”. Ese es el peligro real: que el fraude se vuelva rutina.
Este precedente no se queda dentro de la universidad. Si hoy se normaliza que un rector asuma sin cumplir requisitos básicos, mañana puede normalizarse que tribunales o salas decidan quiénes son las autoridades “electas”, dejando de lado el voto de la comunidad universitaria y de la ciudadanía. El mal ejemplo del Consejo Superior Universitario se convierte en amenaza para otras instituciones.
Para reforzar esa imagen de normalidad se organizan actos de legitimación. Se inaugura una sede de Humanidades en Escuintla y se le pone el nombre de Mazariegos. Se celebra un reconocimiento francés de “calidad institucional” (HCÉRES) otorgado en febrero de 2026. Ese sello, sin embargo, no homologa automáticamente títulos en Francia y contrasta de forma brutal con los rankings internacionales donde la Usac ha caído de manera sostenida en la última década hasta ocupar casi los últimos lugares de América Latina.
Estas acciones funcionan como rituales. Buscan crear la sensación de que todo está en orden, de que hay calidad e institucionalidad. Pero la realidad cotidiana desmiente el relato: restricciones absurdas de ingreso al campus, desaparición de registros académicos de estudiantes que se opusieron, amenazas a profesores y trabajadores, y un clima de intimidación que limita la libertad de expresión y de cátedra.
Si realmente todo estuviera normal, no harían falta controles tan duros ni el borrado de información académica. El hecho de que se necesiten medidas coercitivas revela que la normalización es incompleta. Todavía hay sectores de la comunidad universitaria que se resisten a aceptar como natural lo que es irregular.
Desde mi trabajo sobre prácticas sociales —incluido el análisis de cómo se construyen las rutinas en ámbitos técnicos y de ingeniería— he visto una y otra vez el mismo mecanismo: cuando una práctica irregular se repite lo suficiente y se rodea de justificación, termina por parecer inevitable. Pero ninguna rutina es irreversible. Las prácticas sociales siempre pueden hacerse de otra manera. Dependen de que las personas sigan reproduciéndolas.
Mientras exista una mirada crítica capaz de señalar la contradicción entre el discurso oficial y la realidad que se vive en los pasillos y aulas, la normalización del fraude en la Usac permanece incompleta. Fingir que todo está bien no es solo una estrategia política. Es un intento de robarnos la capacidad de indignarnos y de imaginar una universidad distinta.
Esa capacidad todavía existe. Y mientras exista, el fraude no habrá ganado del todo.







