José Luis Samayoa
Confieso que a mis 57 años, después de cientos de almuerzos, desayunos y cafés fuera de mi casa, siento la necesidad de escribir sobre algo que me tiene entre divertido y preocupado: la facilidad con que la gente habla sobre su vida, o la ajena, casi a gritos, en plena mesa de restaurante o hablando por celular, sin el menor cuidado de quién está a la par.
Y ojo, no es que uno o la gente sea metiche. El problema es el volumen. Mucha gente habla tan recio que es prácticamente imposible no enterarse del pleito, del secreto, del lío, del chisme político o de esa noticia que «nadie debía saber». En un restaurante la mesa de al lado está a no más de dos metros, y la acústica muchas veces ayuda a que todo se oiga todavía más. Sumale que aquí abundamos los chapines con la oreja parada, y ya sabemos cómo termina esto.
Porque Guatemala es un pañuelo. Aquí todo el mundo conoce a alguien que te conoce, y esa persona que está gritando su divorcio en la mesa de al lado probablemente está a un solo shute de distancia de vos. Lo que se grita hoy, mañana puede andar circulando en tu propia familia, o círculo de amigos. Y no es solo dicho popular: los estudios lo confirman. Stanley Milgram (1933–1984), psicólogo social estadounidense popularizó hace décadas la idea de que estamos conectados por pocos intermediarios; ya en este siglo, un análisis de Microsoft sobre 30 mil millones de conversaciones encontró un promedio de 6.6 grados de separación, y otro de Facebook, con 721 millones de usuarios, lo bajó a 4.74 grados. O sea: uno habla de alguien y, más seguido de lo que se cree, resulta que ese alguien conoce a alguien que te conoce a vos. Por eso, en público, es mejor bajarle al volumen cuando hablamos de la vida tuya, ajena o de quien sea. Aunque lo mejor es no hablar de nadie o como bien dice el dicho, no “pelar a nadie” si no está al frente.
(Nota: Un grado es un amigo en común; dos, el amigo de un amigo. 6.6 es, en promedio, la cadena de conocidos que te separa de cualquier persona en el mundo).
Y no lo digo en teoría. Va con ejemplos, todos muy recientes
Hace poco llegué a desayunar a un restaurante donde las mesas están separadas por una tabla de madera; en la práctica, uno queda a un metro de la espalda del de atrás. Me senté, pedí, y al rato, sin la más mínima intención de escuchar, me fue imposible no oír cómo dos hijas le reclamaban a su mamá que ella, a sus 60 años, «ya no debía meterse» en sus vidas ni aconsejarlas sobre su futuro, ya que no había estado casi nunca en su niñez. La señora, con la voz quebrada, trataba de explicarles lo duro que le había tocado sacarlas adelante trabajando más de doce horas al día. Ellas no parecían entenderlo. Y de pronto la madre cambió de tema: que la casa que estaban por vender no había que contársela al otro hijo (medio hermano), para que quedara solo entre ellas. Dijeron el nombre del muchacho. Resultó ser amigo del amigo con quien yo estaba comiendo. Comprometedor, y da pena, la verdad, oír cómo se sueltan al aire estas cosas en público.
En otra ocasión, igual de reciente, un empresario hablaba por celular mientras esperaba a alguien. Se soltó a contar, con lujo de detalle, el despido de un compañero de trabajo y el porqué. Como lo que decía era fuerte, nos dio la espalda a todos… solo que al voltearse se oía todavía más. En resumen: media clientela nos enteramos de que «fulanito», de tal empresa, había sido despedido por un problema de amores. Mencionó nombres, así, abiertamente. Éramos como cinco mesas escuchando, y aunque algunos disimulábamos, ya se veía a la gente comentando entre sí. Imposible no poner atención a semejante volumen.
Y como para cerrar la escalada: la última vez sí me levanté. Le dije con toda cortesía a la señora de la mesa de enfrente que todos en el restaurante estábamos oyendo su videollamada, y que tal vez le convenía bajarle un poco o ponerse audífonos, para ser más discreta.
Aquí ya escucho a más de alguno diciéndome: «el shute sos vos». Y lo entiendo. Pero hagamos la distinción, que es justo el punto: escuchar sin querer no es lo mismo que chismear. Oír es inevitable; repetir, ya es decisión de cada quien… seguro que a más de uno que lea este artículo, se ha dado cuenta de esto.
Porque al final, la bomba perfecta para que una noticia camine en Guate más rápido que la luz es sencilla: juntá a un shute con un gritón, sumále un chismoso… y la mecha ya está encendida. Así que, mi querido chapín, bajémosle un poquito al volumen. Nunca se sabe quién está a un solo shute de distancia.







