Autor: Cynthia Cholotío
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Editorial: youngfortransparency@gmail.com


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Hay cambios que ocurren frente a nuestros ojos y que, precisamente por suceder poco a poco dejamos de cuestionar. Una propiedad que cambia de dueño, un terreno que se vende, una nueva construcción que aparece frente al lago. Cada operación puede parecer un asunto privado. Pero cuando esas operaciones se multiplican, terminan transformando la relación de una comunidad con su propio territorio.

Eso es lo que deberíamos estar observando alrededor del lago de Atitlán.

Para quienes hemos crecido en sus alrededores, el lago no es únicamente un destino turístico ni una de las postales más conocidas de Guatemala. Es parte de nuestra historia. Es el lugar donde nuestras familias han vivido, trabajado y construido sus comunidades durante generaciones. Por eso resulta difícil mirar con indiferencia cómo la tierra cercana al lago adquiere cada vez más valor y, al mismo tiempo, se vuelve menos accesible para quienes han vivido allí toda su vida.

La llegada de compradores extranjeros forma parte de una realidad más amplia. Personas con una capacidad económica considerablemente mayor pueden encontrar en estas propiedades una inversión, una vivienda de descanso o una oportunidad inmobiliaria. Para una familia local, en cambio, ese mismo terreno puede representar el patrimonio que recibió de sus padres o abuelos.

La diferencia no está únicamente en quién compra y quién vende. Está en la desigualdad de las condiciones en las que ambas partes participan en ese mercado.

Una familia puede vender porque necesita dinero para resolver una emergencia, pagar una deuda, financiar la educación de sus hijos o mejorar sus condiciones de vida. Sería demasiado fácil juzgar esa decisión sin conocer las circunstancias que la motivaron.

Pero una pregunta permanece: ¿qué sucede después?

El dinero puede resolver una necesidad inmediata, mientras que la tierra puede representar un patrimonio durante generaciones. Un terreno puede convertirse en vivienda, cultivarse o heredarse. Una vez que sale del patrimonio familiar, recuperarla puede resultar prácticamente imposible.

Por eso la discusión no debería limitarse a si una venta fue voluntaria o legal. También debemos preguntarnos qué está provocando que las familias necesiten convertir su patrimonio en dinero para poder acceder a oportunidades básicas.

Si una persona tiene que vender un terreno para pagar la universidad de sus hijos, el problema no es únicamente la venta. También existe una sociedad que no ha logrado ofrecer suficientes alternativas económicas para que esa familia pueda mejorar su situación sin desprenderse de un bien que podría haber sostenido a las siguientes generaciones.

Ahí es donde la cuestión deja de ser individual.

El crecimiento turístico ha traído beneficios importantes a las comunidades del lago. Ha generado empleos, negocios e ingresos para muchas familias. Sería absurdo negar esa realidad o plantear que el turismo y la inversión son, por sí mismos, negativos.

El problema comienza cuando el éxito turístico de un territorio provoca que sus propios habitantes tengan cada vez menos posibilidades de permanecer en él.

Un lugar puede convertirse en un destino internacional y, al mismo tiempo, volverse inaccesible para quienes nacieron allí. Puede aumentar el valor de sus propiedades mientras disminuyen las posibilidades de que un joven local pueda comprar una vivienda. Puede generar grandes ingresos y, sin embargo, mantener a parte de su población en condiciones económicas precarias.

Ese es el tipo de desarrollo que deberíamos cuestionar.

Porque desarrollo no puede significar únicamente que aumente el valor económico de un territorio; también debe significar que las personas que lo habitan puedan mejorar su vida sin tener que abandonarlo.

El problema adquiere una dimensión todavía más profunda cuando hablamos de comunidades indígenas. Para ellas, el territorio no puede entenderse exclusivamente desde la lógica de la propiedad privada. La tierra está vinculada con la memoria, la identidad, las relaciones comunitarias y una historia que antecede por mucho al auge turístico de la región.

Convertir ese territorio únicamente en un producto inmobiliario significa reducir una realidad mucho más compleja a una cifra.

Y existe otro riesgo que deberíamos mirar con atención: el generacional.

¿Qué posibilidades tendrá un joven que nació alrededor del lago de construir allí su propia vida dentro de veinte años?

Si los precios continúan aumentando y las propiedades pasan progresivamente a personas con mayor capacidad económica, es posible que las nuevas generaciones locales tengan que abandonar sus comunidades para encontrar vivienda y empleo en otros lugares.

Entonces el territorio seguirá siendo hermoso, pero la relación de sus habitantes con él habrá cambiado.

Los jóvenes podrían terminar trabajando en los mismos lugares donde sus familias alguna vez fueron propietarias.

Ese escenario debería preocuparnos.

No porque debamos cerrar las puertas a quienes vienen de otros países, sino porque la bienvenida al extranjero no debería implicar la expulsión económica de quien ya estaba aquí.

Guatemala puede recibir inversión y proteger a sus comunidades al mismo tiempo. Puede desarrollar su turismo sin convertir la tierra en un privilegio exclusivo para quienes tienen mayor capacidad de compra. Puede generar actividad económica sin sacrificar la posibilidad de que sus habitantes permanezcan en sus territorios.

Para ello se necesita algo que pocas veces resulta atractivo políticamente: planificación.

Necesitamos discutir seriamente el ordenamiento territorial, el crecimiento inmobiliario, la protección ambiental, el acceso a vivienda y las condiciones económicas de las comunidades. Necesitamos información que permita conocer cómo está cambiando la propiedad de la tierra y cuáles son las consecuencias de ese proceso.

También necesitamos preguntarnos qué papel están teniendo las municipalidades, el Estado y las propias comunidades en la planificación del futuro del lago.

Porque no basta con proteger el agua si las personas que han construido su vida alrededor de ella no pueden permanecer.

Tampoco basta con promocionar Atitlán internacionalmente si quienes viven allí no pueden beneficiarse de manera justa del valor económico que genera su territorio.

Y quizá aquí está la responsabilidad más grande de nuestra generación.

Durante mucho tiempo hemos recibido tierras como parte de una herencia familiar. Ahora estamos tomando decisiones sobre ellas en un contexto completamente distinto: un territorio convertido en atractivo turístico internacional, con precios inmobiliarios crecientes y con una diferencia enorme entre el poder adquisitivo de quienes venden y quienes pueden comprar.

No podemos actuar como si esas decisiones solo afectaran al presente.

Cada generación tiene la responsabilidad de decidir qué entrega a la siguiente.

Una generación puede vender una propiedad para resolver una necesidad. Otra puede vender la siguiente. Después otra. Y cuando finalmente nuestros hijos pregunten dónde

están las tierras que alguna vez pertenecieron a sus abuelos, quizá descubramos que ya no existe una respuesta.

Por eso el título de esta reflexión no pretende señalar únicamente a quienes han vendido ni culpar a quienes han comprado.

“Una generación bastó para ceder nuestras tierras a extraños” es, sobre todo, una advertencia sobre lo rápido que puede cambiar la relación de una comunidad con su territorio cuando las decisiones individuales ocurren dentro de un sistema marcado por profundas desigualdades.

No debemos preguntarnos solamente cuánto vale un terreno frente al lago.

Debemos preguntarnos qué valor tiene para una comunidad la posibilidad de seguir viviendo en él.

Porque una propiedad puede tener un precio. Un territorio tiene historia.

Y si queremos que el lago de Atitlán siga siendo un hogar y no únicamente un destino, el desarrollo debe permitir que quienes lo han habitado durante generaciones también tengan un lugar en su futuro.

El lago no necesita que lo encerremos al mundo.

Necesita que no olvidemos a quienes ya estaban aquí cuando el mundo comenzó a descubrirlo.

Jóvenes por la Transparencia

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