Quizá la revolución social más dramática del presente siglo sea la internet y dentro de ella las redes sociales, capaces de proporcionarnos rutas para comunicarnos con personas que, de otra forma, no podríamos conocer. Pero ¿es necesaria, es útil, es indispensable esa intervención? ¿Qué aporta la relación? Aquí es dónde la investigación se muestra de utilidad.
Un estudio realizado por Bruno Gonçalves y colaboradores usando millones de conversaciones en Twitter, midió cuántas relaciones sostenidas en el tiempo mantenía un usuario promedio. Aunque los usuarios seguían a miles de personas, el número de contactos interactivos estables (aquellos con los que mantenían una conversación bidireccional recíproca al año) se estabilizó entre 100 y 200 personas. En un estudio previo de 2016, Robin Dunbar había concluido que existe una limitación cognitiva en el tamaño de las redes sociales que ni siquiera las ventajas comunicativas de los medios en línea pueden superar. Los participantes tenían un promedio de aproximadamente 155 y 183 amigos en Facebook.
En ambos estudios, al preguntarle al cibernauta cuántas de esas personas consideraban amigos genuinos, la respuesta promedio fue de aproximadamente el 28%. Los dos niveles más internos de la red, lo que la literatura denomina el grupo de apoyo y el grupo de simpatía, arrojaron promedios de 4.1 y 13.6 personas, respectivamente. Estas cifras apenas variaron con la edad.
¿Cómo explicar esos resultados? Algunos autores afirman que en ello va implícito una limitación del cerebro, pero otros basándose en un intervalo muy grande estadístico de esos estudios (Los intervalos de confianza estadísticos que abarcaban desde 2 hasta 500 personas) concluyen que la sociabilidad humana depende mucho más de factores culturales, tecnológicos y de organización social, que de una limitación anatómica del cerebro y argumentan que: tener miles de seguidores o amigos virtuales en plataformas digitales, no se traduce en un aumento de «amigos reales» o soporte emocional auténtico. Múltiples disciplinas que han estudiado el fenómeno, coinciden en que el número de personas a las que acudimos en situaciones de crisis o con quienes mantenemos empatía profunda permanece inalterado por la tecnología (en torno a 5 y 15 personas).
Entonces la pregunta se vuelve: ¿por qué invertimos tiempo y atención en interacciones que no nos reportan un beneficio práctico o un vínculo íntimo inmediato? En esto hay posiciones interesantes que demandan más estudio. Los contactos periféricos o superficiales, los fuera de la empatía profunda, actúan como puentes hacia otros mundos sociales. Es a través de estos conocidos lejanos, que podemos encontrar históricamente las mejores oportunidades laborales, las ideas novedosas, las recomendaciones o los conocimientos a los que el grupo íntimo no tiene acceso. El deseo de mantenerlos responde a una intuición adaptativa de exploración y aprendizaje. Aunque esto es solo una hipótesis respaldada por modelos teóricos, aún es difícil de explicar empíricamente.
Entonces mantener relaciones en los círculos exteriores se puede decir que funciona como una reserva de capital social. Si bien estas personas no nos ayudan a diario, son las que forman nuestra «red de seguridad» en situaciones de crisis extrema o necesidad colectiva. Mantener un número elevado de conexiones visibles (algo que las redes sociales han potenciado al máximo) emite señales de estatus social, popularidad y adaptabilidad, al mismo tiempo que proporciona un sentimiento de pertenecer a una comunidad más amplia, reduce el estrés y la sensación de aislamiento, incluso si la interacción con la mayoría de los miembros es esporádica. La investigación ha demostrado de forma consistente que, el mero hecho de saberse y sentirse parte de una entidad social más amplia, produce beneficios fisiológicos y emocionales directos, independientemente de que no se hable a diario con sus miembros.
Finalmente, en término de costo beneficio, los conocidos de los niveles exteriores requieren un mantenimiento mínimo (un saludo ocasional, responder a una publicación o cruzar unas palabras) sin costo alto. La mente humana gestiona estos contactos periféricos sin agotar la energía reservada para el núcleo íntimo, por lo que la persona no percibe que esté «perdiendo tiempo», sino diversificando su atención.
En definitiva, pareciera que las relaciones no íntimas no son un fallo de cálculo del cerebro ni un desperdicio de tiempo: cumplen la función estratégica de expandir nuestras oportunidades, protegernos ante eventualidades y reforzar nuestro sentido de pertenencia en el entramado social. ¿Qué piensa usted?







