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Existe un género literario que se le conoce como cuento corto, que en pocas palabras se da una obra completa. Así sucede con frases de los reconocidos escritores. En la reciente feria FILGUA, en una entrevista al escritor novelista Adolfo Méndez Vides, Premio Nacional de Literatura, dijo: “No llevo una vida que contar; llevo historias que inventar”. No sé cuán cierta sea esa frase; pero, sí sé que hay una realidad inventada, y en esa realidad inventada, sin querer queriendo, van apareciendo nuestras lecturas y los aconteceres de la vida, sobre todo cuando se tiene el vicio de las lecturas que han pasado por nuestra vista, cuando se tiene la pasión de la lectura; y entonces aparecen “las historia que inventar”. Recuerdo aquella frase de don Marcelino Menéndez Pelayo, cuando dijo: “Qué lástima tener que morir, cuando me falta tanto por leer”. Hay muchos libros adocenados en las libreras, que solo por algunos subrayados uno se da cuenta ya los leímos. En mi última estancia en San Juan del Obispo, aldea de la Antigua Guatemala, estuve hojeando algunos libros que tendré que releer como aconsejaba Tito Monterroso en “La Letra E”. Así lo haré con “Confieso Que He Vivido” de Pablo Neruda o “Tiempo Viejo” de don Ramón A. Salazar. Pues espulgando como dicen, me encontré con un libro de un gran cuentista mejicano de nombre Edmundo Valadés, con el título “El Libro De La Imaginación”. Yo recordaba otro libro de este escritor de nombre “La Muerte Tiene Permiso”, que es una crítica de la burocracia en todas sus expresiones, que no entiende ni conoce ni resuelve los problemas de “los de abajo” ni tampoco de quienes viven en quinto patio. En este libro, como dice la contraportada, Valadés formó una antología de más de cuatrocientos textos breves, en los cuales “refulge el talento inventivo, versátil y sorprendente de tantos escritores, de todos los tiempos…” Y es que entre la realidad y la fantasía “persevera lo que la imaginación de múltiples autores que han tratado de explicar o fundar… lo que está más allá de lo visible o comprobable”. Creo que esta reflexión confirma lo que dijo Méndez Vides: “Llevo historias que inventar”. Por eso el título de “El Libro de la Imaginación” nos sorprende que la imaginación no tenga fronteras. Veamos algunos ejemplos de esta antología; y aunque algunos no son tan breves, transcribo lo más brevísimos. Con respecto a El Dinosaurio de Tito, Carlos Antonio Castro escribió el cuento la “Parodia Siniestra: Cuando Nicaragua despertó, Somoza todavía estaba allí”. Hay otro, no tan breve, de Ramón Gómez de la Serna, que trata de dos vecinos que vivían uno en el primer piso y el otro en el segundo. Un día el del primer piso, que tenía sueños cruentos, se dio cuenta que de repente ya no los tenía. Entonces el del segundo le dijo que como los sueños son una especie de humo, se había subido al segundo piso que así sus sueños cruentos se los había endosado. Y ante la pregunta del vecino de abajo, que qué podían hacer, el de arriba encontró la solución: cambiemos de piso y que esos sueños estén con su dueño original. Lo hicieron y los sueños se posesionaron en su legítimo dueño. Hay otro cuento de imaginación del escritor Hugo Lindo que se llama “La ciudad y el fósforo”. Resulta que en un extenso desierto hay una ciudad que no tiene luz eléctrica y entonces la llenaron de espejos y para iluminar la obscuridad, como los espejos están contrapuestos, basta con encender un fósforo y la luz se va reflejando en todos los espejos y “La noche más oscura desaparece bajo el poder de un fósforo”. Hay uno de humor negro de Mosivais, en donde cuenta de un niño que había matado a sus padres y le pedía al juez que lo absolviera porque era huérfano. También está un cuento de Cortázar, de un libro que costaba encontrarle la página tres y el que la encontraba se moría. Esta imaginación ya la había leído en otro cuento de él, pero era una silla y el que se sentaba en ella se moría. El cuento que sí no pude encontrar fue el de Sherezade, que cuando le narró al Sultán el último cuento, que era su recurso para que no la decapitara, levantó la vista y resultó que el Sultán ya era una momia. Así, pues, la imaginación no tiene fronteras. 

 

René Arturo Villegas Lara

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