Tío Marto González era una persona que no guardaba rencores para nada ni con nadie. No tenía motivos para quejarse de los faltantes de la vida. Hacía como 50 años que formó un hogar con doña Eduviges y de ese apareamiento procrearon dos hijos, un varón y una hembra, que cuando les extendieron la cédula de vecindad, se largaron sin que se supiera su paradero. De repente recibían una que otra carta; pero, como nunca ponían remitente, era como seguir en la misma olvidadera. Doña Eduviges se entretenía con un sencillo comedor para los comerciantes ambulantes que llegaban a vender ropa desde las verdes colinas del Quiché, pues, como cosa rara, aquí nunca llegó un chino a poner una tienda, como sucede en todos los lugares. Tío Marto ocupaba el tiempo atendiendo unas seis cuerdas de tierra en las faldas del Cerro Quemado y como allí la tierra es fértil, porque tiene azufre, la cosecha de café siempre era abundante para vivir con pequeñas comodidades. Cuando recibían una correspondencia, pedían a la profesora de la escuela que se las leyera y como llegaban con meses de retraso, se enteraban de noticias que ya no lo eran. Una mañana de diciembre, según la costumbre, llegó el circo ambulante que recorría las aldeas cada año, con un elenco formado por un payaso, un trapecista que solo se elevaba tres metros del suelo dando vuelta de gato y una bailarina que se tapaba sus vergüenzas con un calzón bordado de lentejuelas. La llegada del circo era para el tío Marto una novedad, pues siempre anunciaba que traían recientes presentaciones del espectáculo circense, aunque lo único que cambiaban eran los payasos; pero, el trapecista era el mismo, sólo que la última vez que apareció esta diversión, hacía maromas a regular altura y con una red de pita cerca del suelo, por aquello de las caídas. Ahora, la bailarina era la misma, solo que ahora deleitaría al público moviendo los hombros y las caderas al ritmo de una conga o un mambo de Pérez Prado. El dueño del circo anunció cómo llegó de novedad la adquisición de un megáfono y un pequeño motor de gasolina, que no solo daba iluminación sino que permitía difundir música ranchera. Y es que uno de los gustos de tío Marto era entonar corridos mejicanos y charlear una guitarra que había comprado en la Placita Quemada, la única vez que vino a la capital. Por eso siempre tenía a la mano el cancionero Picot, para saber la letra de las nuevas canciones, que a veces tío Marto criticaba al que compuso la letra porque el porfiaba que no hay cuatro caminos en la vida, sino muchos por donde agarrar. Cuando se presentó la primera función de la temporada, antes de iniciar la función se anunció por medio del megáfono que deleitarían al público con una canción de moda, que interpretaba un tal Luis Pérez Meza y que se llamaba La calandria. Tío Marto, que estaba en la primera fila de la concurrencia, puso atención para escuchar la música y la letra de la canción y se inquietó cuando escuchó la tonada inicial:
“En una jaula de oro pendiente de un balcón se hallaba una calandria cantando su dolor; hasta que un gorrioncillo a la jaula llegó, si usted puede sacarme con usted yo me voy; y el pobre gorrioncillo, que ya se enamoró, el pobre como pudo los alambres rompió y la ingrata calandria después que la sacó, tan luego se vio libre, voló, voló y voló”.
Tío Marto, de manera imprudente, interrumpió la función, le arrebató el megáfono al dueño del circo y arengó a la concurrencia para que despreciara a la calandria ingrata, pues el pobre gorrioncillo no solo se quebró el pico al romper los barrotes de la jaula, sino que también se quedó burlado por una promesa de amor incumplida. Así que tío Marto, que no había tenido contrariedades en la vida, se quedó con el tormento de despreciar a la calandria, tormento que demostraba cada vez que tenía oportunidad de comentar el suceso. Sólo la Nía Eduviges no le hacía caso, pues eso de la calandria ingrata eran ocurrencias de un viejo chocho.







