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Ayer publicamos dos notas que debieran hacernos reflexionar a los guatemaltecos respecto a la pobreza existente, la falta de oportunidades y cómo la corrupción ha hecho que esos problemas se agraven en vez de ir disminuyendo, como debiera ser la meta esencial de la función del Estado. Primero fue el Secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Paroin, quien en la homilía de la misa que celebró en la Catedral dijo que la pobreza, la injusticia y el sufrimiento de nuestro pueblo son consecuencia de la corrupción, dura realidad que se nos evidencia día a día.

Luego fue la publicación del informe Quality of Life 2026, de la firma canadiense Visual Capitalist,  en el que mientras Suecia es reconocida con 100 puntos en cuanto a la calidad de vida, nuestro país está en los últimos lugares con una calificación de 9.1 puntos lo que, según el informe es producto de la debilidad de las instituciones que debieran promover mejores oportunidades a nuestra población. La causa, tal y como lo explicó claramente el emisario del Papa León XIV en su homilía, está en que la enorme mayoría de la institucionalidad guatemalteca está al servicio de la corrupción y la obligación de promover el bien común pasó a segundo plano.

El cardenal Parolin hizo un llamado a la ciudadanía para que mediante acciones de solidaridad podamos mitigar ese sufrimiento que se deriva de tanta injusticia y pobreza que crece en vez de disminuir porque los funcionarios, desde hace décadas, se centran únicamente en robar el dinero público sin poner la menor atención a las necesidades de nuestra gente. Y por solidaridad debemos entender las acciones que nos hacen conscientes de las realidades que otros viven y que si tomamos conciencia de lo que pasa, podremos ejercer mejor ciudadanía para promover cambios. Los actores más influyentes de la sociedad deben dar un paso al frente.

Es preciso reconocer que los guatemaltecos logran subsistir no porque haya un Estado que se ocupe de ellos, sino por lo que miles se atreven para generar oportunidades y por la solidaridad de millones de personas que han emigrado para buscar en Estados Unidos las oportunidades que su país no les puede dar en cantidad y calidad y envían remesas que constituyen el pilar de nuestra economía.

La solidaridad es indispensable dadas esas condiciones apremiantes que se viven en el país, pero también es urgente que la ciudadanía salga de la zona de confort que se genera mediante la indiferencia ante esa realidad que todos sabemos, que todos sufrimos, pero ante la cual nos hemos resignado por la certeza del control absoluto que se ejerce en todas las instituciones públicas. No es simplemente que aquí no hay obra sin sobra, sino que ya ni siquiera simulan hacer obra porque todo está en cómo embolsarse la mayor cantidad de dinero. 

La mezcla entre la política y el narco es brutal. Y cuentan con políticos, jueces, servidores públicos y toda una calaña que se entregó a la mafia para ser parte de ella porque saben lo rentable que eso puede ser. Los servidores que no son parte de ese esquema nadan contra la corriente y muchas veces se preguntan si valió la pena arriesgar tanto.

Más claro no canta un gallo; dos mensajes en un mismo día nos dejan claro cómo estamos y por qué hemos llegado a vivir por debajo de lo que Guatemala y su gente puede lograr. Si no reaccionamos, después no podremos quejarnos.

 

Redacción La Hora

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