De las cestas brotaban innumerables panes y peces; surgían de la nada. Fue un milagro patente que se realizó a la vista de multitudes. ¿Peces? Muchos lectores podrían entender que los peces estaban frescos o recién sacados del agua (en algunas representaciones hasta se les ve brincar en los canastos). Pero no, el concepto de “pez” en el contexto es el de un pescado, pero ya listo para comer. En ese entonces no se habían comercializado las comidas empacadas, enlatadas o al vacío, los sándwiches o tortillas. Tampoco había, antes, ventas en el camino. Los campesinos o los viajeros alistaban el alimento de la jornada o del viaje. En cambio hoy día todo se conserva, desde golosinas y chucherías hasta barras energéticas.
El viático es, literalmente, el alimento que acompañaba en el camino y que se llevaba dentro del morral. Sólo se podían llevar productos secos o no perecederos que no necesitan preparación. Caben en esa lista las nueces, las frutas desecadas (especialmente higos y dátiles), aceitunas, tasajo (carne desecada, salada o ahumada) y quesos.
Los peces frescos (“pescados”, en sentido literal), había que destriparlos, salarlos y curarlos al sol o al fuego. Por lo mismo no tendría sentido que a la multitud se le hubieran entregado pescados frescos. ¿Qué provecho tendría? Para un judío de Galilea del siglo primero, «pez» para comer casi siempre significaba pescado ya preparado y, en esta zona, era casi siempre pescado pequeño del lago de Tiberíades, secado al sol, salado o ahumado. Era la “comida rápida” e inmediata de la época. El campesino llevaría en su “lonchera” un pan y un pescado, ambos dispuestos para la primera mordida.
La multiplicación de los 5,000 panes es tan importante que es el único milagro de Jesús que narran los cuatro evangelios. El texto asignado a la celebración de este domingo es de Mateo 14; pero también lo contienen Marcos, 6; Lucas, 9 y Juan, 6.
Por otra parte, es menester aclarar que hubo dos ocasiones de multiplicación de panes y peces, ambas cerca del lago de Genesaret: a) la primera (de 5,000) se realiza en territorio judío, en Betsaida, donde consiguen 5 panes y 2 peces, y se multiplican para alimentar a 5,000 y b) la segunda (de 4,000), se dio frente a un auditorio básicamente pagano, no judío, en la Decápolis (las “diez ciudades”, hoy Jordania), donde empiezan con 7 panes y unos pececillos y es menor el número de los beneficiados, 4,000 hombres. (Mt 15:32-39 y Mr 8:1-10). Acaso el contraste entre ambas multiplicaciones lleva un mensaje teológico que consiste en que en la primera Jesús alimenta a las 12 tribus de Israel (por eso 12 canastas, una para cada tribu) y en la segunda multiplicación brinda alimento para los gentiles (7 canastas, número de plenitud universal). En todo caso nos recuerda la misericordia de Dios siempre dispuesto a darnos alimento. “Danos hoy nuestro pan de cada día”. En ese sentido, estos milagros de la multiplicación son un eslabón, un enlace, que conecta entre el maná del Antiguo Testamento (que caía listo para comerse) y la sacratísima Eucaristía –pan de ángeles– que pronto habría de instituir.
Al sólo escuchar la lectura o darle una lectura rápida, pueden pasarse por alto algunas notas:
– En primer lugar Jesús estaba muy triste porque le acaban de informar de la muerte de Juan el Bautista. El rey Herodes Antipas lo había mandado a decapitar a instancias de su esposa, Herodías y su hija Salomé. Jesús lo quería mucho, después de todo era su primo.
– El liderazgo de Jesús era indiscutible, la gente lo seguía; en el segundo milagro se indica que “hace ya tres días están conmigo”. Es claro que el hambre espiritual supera con creces a las necesidades físicas. Jesús “tuvo compasión de ellos” y no quería mandarlos de regreso por cuanto, estaban tan débiles que podían “desmayar en el camino”.
– También sintió compasión porque parecían “ovejas sin pastor”.
– El número de quienes comieron los panes y peces, es mayor de los 5,000 porque la estadística sólo registra a los varones adultos; las mujeres y niños no entraban en las estadísticas demográficas de esa época.
– Jesús insistió en que no sobrara nada. Recogieron los doce cestos llenos de sobra.
– Los apóstoles se convirtieron en los camareros.
Pero hay dos aspectos muy relevantes: Cuando los apóstoles indicaron que no tenían qué comer, la respuesta de Jesús fue tajante: “Denle ustedes de comer”. Ese mandato trasciende los escenarios del Evangelio, van más allá de las agraciadas colinas ribereñas del lago y se trasladan al día de hoy; ya no va dirigida a los apóstoles, va dirigida a usted, a mí, a cualquiera que siga a Jesús: alimentemos a los necesitados.
Otro mensaje relevante es que, antes de empezar a comer, Jesús da gracias y bendice los alimentos. Una costumbre que se repite en casi todas las mesas cristianas.
El evangelista Juan continúa en su capítulo 6, con la visión del alimento consagrado. Justo después de narrar la multiplicación, pone todo el discurso del Pan de Vida en Cafarnaúm: «Yo soy el pan de vida… el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna» Juan 6:35-58. Para Juan, la multiplicación es la señal que prepara la Eucaristía.







