Por Sergio Valdés Pedroni
-I-
Existe cierta equivalencia entre “alteridad” y “otredad”, para significar todo aquello que no es lo propio. Personas, cosas, gestos, creencias, valores, etc. que no son “yo» ni pertenecen a mi grupo.
La concepción del otro explícita en el título de esta nota, remite al concepto de civilización, y por ende, al de cultura. Al choque y confrontación que se produce en el encuentro de «unos» con los «otros».
-II-
La alteridad u otredad cinematográfica es el conjunto de signos (personas, objetos, colores, acontecimientos, discursos, elementos culturales) inscritos en la película que en principio no son «yo» ni pertenecen de manera evidente a «lo mío», pero que en el proceso de fruición o percepción, producen ideas y sentimientos singulares que si me pertenecen.
La alteridad forma parte del núcleo del cine como arte e industria, medio de representación y mercancía. La alteridad se inscribe en la película, se manifiesta en la sala e influye en todos los discursos sobre (el) cine. No obstante, no es automática y no todas las películas son centro de una dinámica plural, como tampoco todas las salas ni todas las proyecciones, por alternativas que parezcan, son necesariamente –en razón de factores “de clase”, por ejemplo– un espacio de sociabilidad e intercambio democrático.
-III-
El cine conlleva en su materia, en su dispositivo y en su historia, un fuerte poder intrínseco imaginario -como todo en el cine- que nos remite al “otro”. Hoy nadie dudaría que una parte importante del valor de una película se mide, precisamente, por el grado de expresión de esa alteridad u otredad, que a la vez refleja el grado de honestidad intelectual y artística con la cual un realizador asume en pantalla el lugar -político, estético, ideológico- desde el cual emprende la representación audiovisual de la vida.
-IV-
Nunca se hará suficiente hincapié en la heterogeneidad semiótica de una película. La multiplicidad de códigos propios de la imagen cinematográfica es impresionante, comparada con la materia significante de las artes visuales que la preceden. El cine, se ha dicho hasta la saciedad, es una mezcla de fotografía, teatro, novela, música, pintura, etc. Visto a la distancia, el cine es todo eso y más, puesto que comprende una especificidad imposible en otras artes (aunque hoy las tecnologías digitales la incorporen en su registro): la imagen móvil sonora, sea esta figurativa y narrativa o abstracta y poética, de ficción o de no-ficción. Ahora bien, la conciencia de ese «algo más» es lo que hace de la teoría sobre cine una esfera reflexiva fecunda, cuyos resultados alcanzan con frecuencia las fronteras de otras disciplinas, no sólo artísticas sino propiamente teóricas (filosofía, lingüística, psicoanálisis, etc.).
La historia del cine puede interpretarse como el desarrollo de esta pluralidad de códigos, y al menos hasta previo al cine digital, las técnicas de montaje, el sonido cinematográfico, el color y los efectos ópticos, condicionaron parcialmente su evolución a este flujo irregular de códigos y tecnologías. Claro que ello no se produjo de manera mecánica, porque siempre han existido y siempre existirán cineastas empecinados en una propuesta propia y arbitraria en el manejo de los códigos y las tecnologías, más allá de las modas y las determinantes mercantiles. No obstante, es innegable que el cine contemporáneo aplica en su forma de representación, esa heterogeneidad, esa riqueza.
*Este texto fue publicado originalmente en el Blog arteNativas
La concepción del otro remite al concepto de civilización, y por ende, al de cultura. Al choque y confrontación que se produce en el encuentro de «unos» con los «otros».